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Predeterminado Re: BATALLITAS, el cruce en "T".

sigo y termino a ver que os parece El combate
En el momento de avistar un barco enemigo, el zafarrancho de combate es tocado án de Navío cuando era un navío de línea) se colocaba en la toldilla junto con varios oficiales y guardamarinas. Estos últimos se ocupaban de observar continuamente las señales provenientes del buque insignia y comunicarlo inmediatamente a sus superiores. También eran los encargados de seleccionar las banderas de señales para izarlas cuando el Comandante lo ordenaba. El segundo comandante (un Capitán de fragata en un navío de línea) ocupaba su puesto en el castillo de proa, en el lado opuesto del buque, para evitar que el fuego enemigo matara a la vez a los dos mandos principales del barco. Si el Capitán de Navío moría, o tenía que dejar el mando por estar herido, entonces el Capitán de Fragata ocupaba el puesto de este en la toldilla, y así sucesivamente con la cadena de mando del barco. Podía pasar, como el caso del navío "Montañés" en Trafalgar, que por la muerte de los dos Capitanes se hiciera cargo del buque un Teniente de Navío.

Los botes eran bajados al agua, para preservarlos del combate y para utilizarlos en el trascurso del mismo, tanto para recoger supervivientes, reparar el casco en zonas de difícil acceso como para mover el navío en situaciones de falta de viento en alguna maniobra complicada.

Las hamacas entonces son retiradas de los puentes y colocadas en las batayolas de la cubierta superior para dar una pequeña protección contra la metralla, las balas de mosquete y las astillas de madera. Además se repartía entre la marinería armas blancas y de fuego, para los abordajes o para rechazar los del enemigo.

Los hombres de las baterías se protegen también la cabeza con turbantes de trapos para evitar astillas en la cabeza o se despojan de la camisa, para evitar que una herida por astilla o bala de fusileria se introduzca en el cuerpo con restos de ropa, lo que podía provocar una fatal infección.

Además se echaba arena por las cubiertas para no resbalarse con la sangre. Las portas son abiertas, y los cañones son cargados.


Tras el disparo los puentes se llenaban de humo que hacían irrespirable el ambiente.

Esta maniobra es la más compleja. La carga por la boca necesita retroceder los cañones. Un cartucho de pólvora es introducido en el interior del cañón, con la cantidad de pólvora ajustada a lo que se pretende, es decir, mayor carga para lanzar el proyectil más lejos o cuando había dos balas en vez de una sóla, luego una bala es deslizada allí, posteriormente se introduce un taco para sujetar la bala y que no se desplace con el balanceo del buque. El cabo de cañón ajusta la altura mediante una cuña que se encuentra en la parte inferior de la pieza, según el objetivo si era la arboladura o el casco se tenía más o menos inclinación. La mecha es encendida en el oído del arma, que contiene una pequeña cantidad de pólvora para poder hacer ignición en el cartucho del interior del ánima, con el botafuego (en el siglo XIX se sustituye este mecanismo inseguro por los tirafrictor o llaves de fuego, que consistían en unos mecanismos que aplicaban una chispa cuando se tiraba de un cordón, siendo más fiables y rápidos), y hace saltar la carga de pólvora, impulsando la bala al exterior. Una llama brota de la boca, una detonación fuerte resuena y la cureña retrocede con violencia, siendo detenidos por los aparejos, y los cables de cáñamo que retiene el cañón a cada lado de la porta. Dos sirvientes frenan el cañón, gracias a unas palancas llamadas espeques que ejercen en las ruedas, y se aprovecha esta inercia del disparo para cargar de nuevo.

La operación de carga es renovada después de la limpieza del interior y de las pavesas, con un escobillón mojado en agua para evitar que queden restos que puedan hacer explotar por accidente el siguiente cartucho de pólvora y ocasionar un grave desastre. Pajes y grumetes jóvenes (muchos de los cuales tenían sólo 10 u 11 años) corrían a la Santabárbara en busca de más cartuchos de pólvora, en un ir y veir continuo agotador. Tras la nueva carga el cañón es devuelto en batería gracias a los espeques y aprovechando el cabeceo del buque para poder mover tan pesado artefacto. Para el manejo de un cañón de 24 libras se necesitaban normalmente una decena de artilleros, que también se ocupaban del cañón opuesto de la otra banda. Los cañones de menor calibre necesitaban, proporcionalmente, menos sirvientes. En caso de disparar las dos bandas al mismo tiempo los artilleros se repartían, disminuyendo por tanto la velocidad de disparo. Pero el disparo a dos bandas sólo solía darse en contadas ocasiones. Había que tener cuidado cuando el cañón era disparado repetidamente, ya que podía llegar a reventar debido a la alta temperatura, por eso solía ser refrescado cada cierto tiempo con agua.

En otras ocasiones el estado de la mar hace que sea imposible utilizar las baterias más bajas, ya que el oleaje penetra por las portas, con el evidente peligro que ello supone, y hay que hacer uso de sólo la batería más alta (en caso de un navío de línea), con la pérdida de potencia de fuego que eso supone.

Mantener la cadencia de tiro supone a los artilleros conservar su sangre fría. El ruido, el calor, el humo, la proximidad del adversario, las astillas, los gritos de los heridos y de los agonizantes transforman las baterías en un infierno. Además el navío que se encuentra a sotavento sufre las incomodidades de llenarse las baterías con humo tras los disparos, y rescoldos a veces incendiados que tienen que ser apagados prontamente, mientras que el navío de barlovento encuentra sus baterias tras el disparo sin estos perjuicios.

Algunos infantes de marina y algunos marineros provistos de mosquetes se subían a las cofas o vergas del buque para tener una posición elevada y ventajosa a la hora de ejercer de francotiradores, en busca de oficiales y artilleros de la cubierta del navío enemigo. Otros infantes se organizaban para los trozos de abordaje de los marineros para darles cobertura, o bien bajaban a las baterías interiores para disparar por las portas de los cañones cuando estos se retiraban para cargar de nuevo, buscando acabar con los artilleros de las baterías del enemigo.

El trozo (grupo de hombres) encargado del abordaje solían ser marineros e infantes, que tras el despeje de la cubierta enemiga por medio de la artillería del alcázar o castillo y que batían con metralla, se lanzaban al buque contrario para intentar la rendición por medio del ataque cuerpo a cuerpo. Para ello se utilizaban granadas, picas, pistolas, mosquetes, sables y hachas de abordaje.

Cuando un buque, ya sea tras un abordaje o por el uso de la artillería sólamente, se rendía, el pabellón nacional era arriado y encima de el se colocaba la nueva bandera del apresador. El Capitán, o el oficial de mayor rango con vida, rendía su buque a un oficial enemigo, entregándole su espada como gesto simbólico de este acto. El buque apresado entonces pasaba a ser mandado por el oficial de presa, que solía ser un Teniente de navío u otro oficial de menor rango, más medio centenar de hombres para marinarlo a puerto amigo. Los prisioneros eran bajados a las bodegas del navío y selladas las escotillas, con vigilancia. Podía pasar que la tripulación prisionera, aprovechando alguna ventajosa circustancia, se apoderara de nuevo del navío, represándolo y tomándo como prisioneros a los antiguos captores. Por eso los oficiales prisioneros eran normalmente llevados al buque apresador, donde estarían más controlados.

Tras cualquier combate el oficial de mayor rango del buque debía hacer un informe indicando de forma precisa, siempre que fuera esto posible, cualquier incidencia en la batalla y su resultado, incluído el número de muertos como de heridos.

Para rendir un navío había que tener, por Ordenanza, una reunión de los oficiales principales para evaluar si el estado del navío y las bajas en la tripulación así lo exigían. La rendición de un navío debía suponer la última opción posible para un Capitán tras agotar todas las demás posibilidades y esfuerzos por no rendirse, ya que de no ser así podía enfrentarse a un consejo de guerra, tras la obligatoria investigación que se realizaba cuando un buque se había rendido, y costarle el cargo, con la deshonra que ello suponía, o penas privativas temporales. Si un Comandante de un buque se rendía tras la imposibilidad de sostener el combate, bien por falta de hombres o porque el estado del barco no daba para más, los oficiales no tenían nada que temer en el consejo de guerra. Por ello, normalmente, cuando un navío de línea se rendía quería decir que la mortandad en su tripulación era enorme y que el buque quedaba en muy mal estado.

Los combates pueden prolongarse durante más de diez horas. Son espantosos. La imposibilidad de huir hace que las batallas navales sean encarnizadas, intensas: hay que vencer o morir. Las balas enemigas que caen sueltan una mortífera y carnicera lluvia de astillas.


Vista de un estuche de un cirujano naval.

Las heridas que presentan los hombres pueden ser atroces. Pueden morir aplastados por el peso del cañón que retrocede tras el disparo y se suelta de sus amarres, atropellando a cuanto desprevenido encuentra a su paso; o reventados por la explosión de un cañón defectuoso o con mucho uso seguido. El contácto de la bala de cañón enemiga con el casco puede crear una "lluvia" mortífera de astillas, que puede dejar a un hombre desangrado en cuestión de minutos. O tuerto con alguna astilla perdida y con fatal destino. Una bala de cañón que impacte directamente en un hombre llega a tal velocidad que arrancará de cuajo la parte que encuentre a su paso. No es raro morir descabezado y tras la batalla se pueden ver despojos y miembros humanos por doquier, y no digamos el daño que puede ocasionar una palanqueta, el "Victory" de Nelson sufrió 9 muertos por el disparo de una sóla de estas palanquetas disparadas desde el "Trinidad". La metralla "fusila" a todo aquel que tenga la mala fortuna de ponerse a tiro. Si hubiera un abordaje las hachas, sables y demás armas blancas producen heridas tan terribles que muchos mueren desangrados tras cortes traumáticos de manos, gargantas y otros cortes en el cuerpo. Y por si el fuego enemigo fuera poco quedan los aplastamientos por caída de escombros, como vergas, cabos, y demás material de las arboladuras que caen a las atestadas cubiertas. Un mástil que se viene abajo en cubierta puede aplastar a una veintena de hombres en un momento y llegar a la primera batería del impacto.

Los muertos en pleno combate son lanzados por las portas para evitar que obstaculicen las baterías y los heridos son evacuados a la enfermería, apartada del puente y bajo el nivel del mar, para evitar para que sus gritos trunquen el espíritu de los combatientes. La cámara baja es pintada en rojo para que la sangre quede algo más disimulada. El cirujano se limita primeramente a cuidados urgentes en tanto que los heridos afluyen. En las horas que siguen, practica intervenciones en un lugar impropio a todo acto medical, con los limitados medios de a bordo. Estas intervenciones se efectúan por supuesto en ausencia de toda asepsia y sin anestesia. La pérdida del conocimiento del operado es a veces buscada gracias a una sangría o con empleo de alcohol, con el fin de ahorrarle sufrimientos. Las amputaciones son frecuentes, y las posibilidades de supervivencia de los heridos más graves escasas, debido a las terribles infecciones en tan insalubres condiciones. Tras el combate los muertos eran envueltos en sus hamacas y lanzados al agua con una bala de cañón como lastre, tras una breve ceremonia religiosa oficiada por el capellán.
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El fiero turco en Lepanto, en la Tercera el Frances, y en toda mar el Ingles. tuvieron de verme espanto. Rey servido y patria honrada diran mejor quien he sido, por la cruz de mi apellido y con la cruz de mi espada.
Lope de Vega: 1588
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