Re: Cuento para el invierno
En cualquier caso, y a pesar de que nos habíamos caído muy bien, los dioses no parecían haberme escuchado y el precio, que reconocí como justo dado el estado del barco, era inalcanzable para mí.
Le conté mis penas a mi hijo en uno de los mensajes que nos cruzábamos casi a diario y le pasé algunas fotos. Ése es tu barco, me respondió, algo habrá que hacer para que no caiga en malas manos. Me pidió los datos de contacto de George y dejé a su cargo el estudio de cómo llegar a reunir la cantidad que me pedían sin quedarme pelado como un junco.
Una tarde de sábado en la que paseábamos Grace y yo por el puerto, coincidimos con Geoge y Lin, que hacían lo propio. El próximo viernes, nos dijeron, será un día muy importante para nosotros y nos encantaría que viniesen a cenar a bordo. Celebraremos que hemos encontrado la que muy pronto será nuestra casa definitiva. Resultó que íbamos a ser casi vecinos allí, en lo alto del cabo.
No me atreví a preguntar si ya habían encontrado comprador para La Poule, pero me temí que así fuese y empecé a hacerme a la idea de que me iba a quedar, de momento, en tierra. Aproveché para contarle a Grace mis pensamientos y enseñarle el barco desde el muelle. Lejos de buscar un consuelo dulce, me preguntó, con un tono ligeramente malhumorado, para qué diablos quería yo un barco así a éstas alturas, después de haber pasado toda la vida en el agua. Creo, dije, y sinceramente así lo creí en aquel momento, que es mi destino.
¡El viernes a las siete! ¡No se olviden! Me gritó George desde el barco.
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