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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#21
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![]() , aunque yo por la Feria de Abril estoy mu perjudicao. Buena llegó, por fín, la penúltima.A ver como me ha salido : ![]() ![]() ![]() ![]() - ¡Un polizón esclavo! dijo Rui - Y ¿Como lo sabe? le dije a Pablo - Por las letras de las mejillas - ¿S y J ? y que son ¿las iniciales de su dueño? porque en Sevilla los he visto con una estrella o con su nombre en el brazo pero nunca en la cara. - Significa "sine iure" - Que en latín significa sin derecho, contesté recordando las clases de latín de los Jesuitas. - Ahora es extraño ese tatuaje... quizás no sea la primera vez que se escapa. Al esclavo le dimos de comer y beber, el contramaestre lo puso al pié del trinquete y llamó al navío de aviso que recorría la Flota de arriba a abajo para que comunicara a la Capitana del asunto. Al cabo de un rato volvió con la orden de llevárselo por lo que el esclavo abrió otra vez la boca cuando bajaba la escala: - Muito obrigado. Foram vocês muito amáveis .Desejo-vos boa sorte e boa viagem - Demasiado cortés para ser un "sine iure" le dije entredientes a Pablo. Al sonar las siete campanadas de la guardia de alba el barco navegaba a velocidad constante de unos casi 4 nudos con un viento por la aleta de unos 15 nudos manteniendo un rumbo constante al sursuleste. Podríamos andar incluso un par de nudos más pero navegábamos en conserva de la Flota, dando un salto a las escotas. Lucas bajaba del palo después de hacer la descubierta ya que era obligado efectuar un reconocimiento del horizonte a la salida y puesta de sol para a continuación dar cuenta al piloto para que lo reflejase en el diario de abordo. Lucas tenía la habilidad de un mono y lo demostraba subiendo a la cofa por los caminos más raros y tortuosos. No lo por hacía por los obenques que es el camino más directo y que es la cómoda culminación natural a la canasta, si no que lo practicaba por las arraigadas, que van desde las jarretas del palo hasta las chapetas en el borde de la gavia, pero colgando de espaldas en una posición que balanceaba su cuerpo verticalmente ignorando totalmente la boca de lobo que es el orificio redondo que accede a la cofa. En honor a la verdad diré que yo tampoco utilizaba esta abertura. Nadie lo utilizaba excepto quienes nunca han navegado. El cielo todavía tenía el típico color en el que no sabes si está cubierto con nubes muy altas o totalmente despejadas; pero la mar ya no tenía tonalidad lóbrega de la noche, se había vuelto más nacarada, incluso más brillante cuando reflejaban las claras velas de nuestro barco. El crujir de las poleas al tirar de los cabos y las velas acompañaba nuestro trabajo de guardia que ahora era desmogelar unos cabos torcidos por el esfuerzo de una maniobra para después adujarlos convenientemente. Al cambio de guardia de mañana ya veíamos la línea dorada de la playa de Castilla con sus altas dunas de tonos rojizos. Al medio día ya estábamos frente a la amplia ensenada en forma de ancho embudo que forma la broa del Guadalquivir. Remontar el río era una de las faenas más fatigosas del viaje. Cansados tras tantas leguas a nuestras espaldas era irritable que tuviéramos que subir entre el laberinto de caños y brazos de un río al que nunca se le veía el inicio y con la ansiedad de que nos pudiera sorprender una avenida de agua que cubriera todos los meandros que hubiéramos podido sortear y que nos embarrancase contra ellos. La virazón del sudoeste, que casi todos llaman foreño, no nos ayudaba a superar los numerosos islotes llamados de Salmedina y de los Pilares que salpicaban la entrada desde las Arenas Gordas hasta la pequeña aldea de Chipiona por lo que hasta la noche no pudimos fondear ante los bajos de La Algaida, una vez pasado el caserío de Sanlúcar, para esperar la onda de marea diurna que nos ayudase a superar el punto negro de el Naranjal, repleto de naves hundidas, y al fín remontar el cauce. - ¿Has visto el faro? Me decía Pablo señalando la torre encendida. Pues ese que ves lo hicieron los romanos, por el procónsul Quinto Servilio Cepión. Turris Caepionis le decían. - La verdad es que hacen falta muchos más, le contesté, porque es difícil navegar por esta aguas. - Para ellos no tanto. Todos estos caños que ves, en su tiempo no existían. Esto era un golfo marino, el golfo Tartésico y se navegaba directo hasta el estrecho de Coria que una vez pasado se llegaba al lago Ligustino y en una isla dentro de ese lago estaba Sevilla, la antigua Híspalis romana que en los últimos tiempos ya había perdido su insularidad. - Pues si que ha cambiado. - No sé en qué siglo esto será ya un único río. Ahora de aquella albufera solo quedan las aguas que rodean a las islas Hernando, Menor y Mayor que forman los sinuosos tres cauces por los que podemos subir: el brazo del Este, que conforma la Isla Menor, el brazo de Enmedio y el Brazo del Noroeste que también llaman el brazo de la Torre que conforma la isla Mayor y que cada día tienen menos calado debido a los continuos sedimentos. Hoy ya no había dudas sobre el cielo cuando amaneció, tenía un purísimo color azul excepto en el oeste donde lucía donde lucía una entrelargada nube. Una sombra ligerísimamente violeta. Empezamos el penoso ascenso por medio del remolque de los más inverosímiles apoyos como fustas,tafurcas, pinazas, almadías y otros ingenios flotantes impulsados por remos y pértigas. Más tarde, cuando el cauce se estrechaba, tirando de las naves por medio de la sirga ;de un equipo de tiradores y mulas que halaban marchando sobre un camino preparado a propósito en las riveras de los caños. Este trabajo duraba varias ondas de marea superando a veces más de dos días con estaciones en los surgideros de Horcadas,Borrego,Puntal,Coria,las Muelas… por lo que no veíamos la hora de salvar el último meandro y ver al Giraldillo recién colocado en la torre de la inmensa catedral, con su dorado cáliz pintado en su escudo siempre reluciente al sol. Íbamos navegando como por un archipiélago porque las marismas anegadas dejaban aflorar las zonas altas, unas pequeñas islas que llamaban "vetas", en las se edificaban unas cabañas con techo de paja, los chozos. Tan someras eran estas aguas que los habitantes pasaban de una a otra en caballos cuando había marea baja, pero cuando subía, necesitaban los "cajones" que eran unas barcas de fondo plano que se impulsaban con una pértiga. Mateo y yo, estábamos acodados en la tapa de regala viendo desfilar el plano paisaje que se perdía en una lejana arboleda cuando en un recodo vimos una derruida torre con un fondo de pinos donde unos campesinos, embobados, contemplaban el desfile. Pablo se metió entre nosotros, como era su costumbre, echando sus brazos sobre nuestros hombros. - Si seguís mirando los pinos veréis aparecer Sevilla con sus imponentes murallas. - Pero las murallas de Sevilla,protesté,son más bajas que las de mi pueblo. ¡Las de Niebla si que son imponentes! - Son dos cosas diferentes, contestó, estas no tienen la función defensiva para la que se construyó la de Niebla. La de aquí se hizo en defensa del río y sus avenidas. Fuera de las murallas, cuando una avenida viene, arrasa con su fuerza todo lo exterior, los cultivos, las cosechas y las construcciones… Pero no hay nada perfecto porque sus embarradas aguas vienen a veces tan violentas que rompen incluso el puente de barcas que une Sevilla con Triana y penetran en el recinto amurallado dañando a las mercancías almacenadas. Pero si no existiesen, la avenida arrasaría la ciudad. Atacada como dijo Pablo por las aguas, a poniente por el río Guadalquivir y al sur por el Tagarete, Sevilla apareció en el recodo extendida como un luminoso óvalo o triángulo cuyos ángulos eran la Puerta de la Macarena, la Puerta del Sol y la Torre del Oro. Esta figura, encintada por una muralla de más de seis kilómetros traspasada por trece puertas y cuatro postigos estaba salpicada, cada 40 metros, por torres generalmente de planta cuadrada que en número superior a 160 daban a la ciudad un aspecto grandioso e imponente. Continuamos avanzando perezosamente. Una ingente multitud llenaba las riveras vitoreándonos y ondeando pañuelos. Cuando llegamos a la torre del Oro, con su cadena para interceptar el paso recogida, y que era una torre albarrana que estaba unida a la muralla por una coracha a la torre de Jerez que tenía un puente levadizo, entramos de lleno en el puerto. Todo el muelle del Arenal, por denominarlo de alguna manera porque que las naves se acostaban en la orilla arenosa o en unas rudimentarias plataformas de madera, estaba completo con hasta dos barcos abarloados, por lo que tuvimos que fondear para esperar turno frente a la puerta Real, junto al puente de Triana que estaba apoyado en 17 barcas, y que se decía que no se podía construir de piedra por la condición del lecho del río. Con todo arranchado para descargar y mientras esperábamos muestro turno, desembarcamos para hacer tiempo. Ahora deambulando junto a Mateo por las calles de Sevilla, me pareció una ciudad diferente a la que dejé hace más de un año. Nó por el número de habitantes que se estimaba en 140.000 y que era la más grande de España y que muy pocas en Europa superaba ,ni por sus monumentos que ninguna ciudad se lo podía comparar sino por que la veía más entrañable, más acogedora que cuando me embarqué y quizás Mateo tuviera culpa de ello. Paseamos por los pórticos plaza de San Francisco, llenos de tiendas donde se vendía de todo. El Ayuntamiento, la Cárcel Real, el convento de San Francisco imponentes edificios nos rodeaban y yo antes ni los había apreciado. De repente Mateo salió corriendo y tiró del jubón a un elegante caballero que pasaba y le dijo: - Don Telmo Pérez de Bañón - ¡Que descaro es esto, sucio mozalbete! ¡Como osáis! - ¡Padre! , replicó Mateo descubriéndose. - ¡Como! , pegó un salto hacia atrás con los ojos muy abiertos. ¡Vive Dios! ¡Leonor! Y los dos se fundieron en un abrazo. Te estoy buscando sin descanso desde hace medio año, dijo con el aliento entrecortado cuando se separaron, incluso he enviado agentes a las Indias en tu búsqueda. - ¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?, - exclamó ella alarmada El caballero, con los ojos humedecidos por la emoción, le contestó: - No hagas preguntas. Sígueme Leonor me cogió de la mano y siguió al caballero por un vericueto de calles hasta llegar a una imponente casa señorial con un escudo nobiliario fajado con seis bandas de plata y azur debajo de el cual se podía leer Tous. El arco de la puerta de forma apuntada con altas dovelas de sillería esta cerrada con una puerta de madera de dos hojas cubiertas con muchos remaches de latón brillante. Don Telmo tiró de una argolla dorada que asomaba por una abertura practicada en el dintel y una lejana campana sonó en el interior. Bibliografía: Lope de Vega – El arenal de Sevilla Rodrigo Caro – Antigüedades de Sevilla F.J. Barragán - Evolución Geológica del Estuario del río Guadalquivir
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| 4 Cofrades agradecieron a anboro este mensaje: | ||
Barranquilla (02-05-2009), capitan maxorata (09-05-2009), rookie (01-05-2009), VERYFLOW (02-05-2009) | ||
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