Partir era para mí un proceso mucho más fácil en un barco mercante que en un velero tripulado en solitario, al menos desde el punto de vista anímico. En la salida de un mercante el capitán está acompañado por una serie de actores que intervienen en un procedimiento marcado que te conduce, como por un túnel, a la orden de largar amarras. El primer oficial te notifica el fin de las operaciones de carga, cierre de bodegas y trincado; el agente te trae los papeles que hay que firmar; el Práctico sube al puente; el segundo oficial te confirma que la escala está a bordo y el jefe de máquinas responde a la orden de “atención a la máquina”. A partir de ahí, hecho ya a la idea, inicias la maniobra que te llevará de vuelta a la mar y a la rutina de tu vida.
En un velero con un solo tripulante la cosa es mucho más sencilla y bastante más difícil. ¿A qué hora sales, si tanto da qué hora sea? ¿Antes de comer? ¿Después de desayunar? ¿A media tarde? ¿De madrugada? Mi experiencia me ha conducido a una respuesta relativamente vaga: si nada ni nadie me espera, salgo después de haber dormido bien, ya sea tras la noche, la siesta o la cabezada esporádica.
La tarde anterior liquidé la factura de mi estancia en puerto y peregriné hacia la calle Boria para presentarme, según la tradición, ante la Virgen de la Guía, en la capilla de Marcús, pero la encontré cerrada. Dirigí entonces mis pasos a los vestigios de una sinagoga de la calle del Call (Call significaba ghetto en el catalán antiguo) y evoqué junto a sus piedras el recuerdo de mi madre cuando, rodilla en tierra, esperaba que posase su mano en mi cabeza y me bendijera antes de mis viajes. Mazel tov, Tahleb, mon petit.
Dormí maravillosamente, sin soñar, aquella noche y a las seis de la mañana largué amarras para embocar el primer tramo del “camí de Baracca”, que me conduciría por el norte de Menorca y el sur de Cerdeña hasta las inmediaciones del banco de Skerki. Viento del Sudoeste fuerza 3; aparente a un descuartelar; todo el trapo arriba; siete nudos y medio. El Sol salió por el Estenordeste iluminando un cielo inmaculado que me avisaba, sin traición, de que pronto me encontraría con la Tramontana de fuerza 5 o 6 que anunciaban los partes meteo.
Pensé que mi ruta me llevaba en dirección contraria a la que en su día emprendiera el poeta Ausiás March y que, por tanto, los vientos que para él hubieran sido contrarios eran eventualmente aliados míos. Él regresaba hacia su amor y hacia la vida. Yo estaba de vuelta. Pero ambos andábamos entre “veles e vents”
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