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#26
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Gracias por el relato Tahleb, me tienes enganchado...
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#27
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Si yo me ponía a leer, o a dormitar, reptaba sobre mí desde los pies, canturreando una melodía oriental y susurrando palabras casi inaudibles: aparta Isaac! Deja paso al ejército otomano, que va a conquistar dos enclaves de hermanos tuyos. Tras aniquilar con la lengua una supuesta guarnición atrincherada en mi ombligo avanzaba lentamente hasta atacar a mordiscos “los enclaves”, que no eran otra cosa que mis indefensas tetillas. Isaac, que ya seguía con interés el avance de los otomanos, enloquecía de contento cuando los enclaves se alzaban en armas. Yo me revolvía y le sujetaba las manos contra el colchón. Maldita turca traicionera, te voy a morder la yugular como Vlad Tepes! Y ella entonces, pensando en su amigo, fingía gritar. Huye Isaac! Escóndete en el lugar más profundo que puedas, que este griego cabrón no te encuentre!
No puedo precisar cuánto tiempo se nos fue en esas guerras. Los meros detalles quedan difuminados y nebulosos a la sombra del concepto principal, que es el del descubrimiento de la ternura. Llegó una madrugada en que, literalmente, el deseo nos había dejado agotados y pasamos largas horas en paz genital, mirándonos en silencio y dándonos besos pequeños, de la clase que se les suele dar a los bebés en la cabeza. Una tarde, el rumor lejano de los combates pareció hacerse más próximo y por allí donde se suponía que estaba el límite que separaba a las milicias de uno y otro bando, al norte de Varosha, no lejos del hotel, empezó a oírse el tableteo de armas ligeras. Estábamos en el bar “verandah”, en el primer piso del hotel, cuya terraza estaba cubierta por un característico techo en forma de arcos. En mitad del salón había un piano que nadie había tocado desde nuestra llegada. Iulia se sentó en la banqueta y, trenzando las notas con el crepitar de las armas –y dejándome boquiabierto- acometió los acordes de Imagine, de John Lennon. No sé de donde salieron, pero al llegar al primer estribillo, aquello de “you may say I’m a dreamer” nos acompañaba un grupo de cinco o seis soldaditos, muy jóvenes, de la Guardia Nacional. Ese fue el primer momento estelar de mi Iulia. Inicio de una larga cadena de sorpresas que me condujeron, con el tiempo, al orgullo y a la admiración. El momento lo cerró la fuerza aérea turca, que a mitad del primer bis le atizó un bombazo al hotel Salamina, a escasos quinientos metros del nuestro. http://www.youtube.com/watch?v=t6GcWTo9Ils |
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#28
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Cita:
Saludos ![]() |
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Tahleb (28-06-2012) | ||
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#29
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Cita:
![]() ![]() !Perfecto! ![]() ![]() ![]() ![]()
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Buena proa! ![]() Lachica |
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Tahleb (28-06-2012) | ||
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#30
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La voladura del Salamina tuvo la virtud de devolverme a la realidad y al sentido de la responsabilidad: había que largarse de allí cuanto antes.
Además, la bañera estaba prácticamente vacía (nos habíamos ganado fama de angelicales por nuestra sorprendente pulcritud, dadas las circunstancias), las provisiones del hotel ya escaseaban y, las nuestras, acusaban el castigo. El libanés, que ya no podía venderme nada que yo pudiese comprar, nos explicó sobre un mapa cómo estaba la situación. Varosha era el barrio más al Sur de Famagusta. Por el Oeste y Sudoeste estaba el territorio británico soberano de la Base de Dekelia y era poco probable que el ejército regular turco se fuera a introducir entre ambos, pero las milicias probablemente ya estaban ahí y, por lo tanto, estábamos virtualmente rodeados. Había, pues, que dar un salto y llegar como fuese al territorio inglés, más allá de Paralimni y del Cabo Greko y poco antes de Larnaka. No podíamos ir en coche, por el peligro de que unos u otros nos ametrallasen. No podíamos ir a pie, por el peligro de que algún militar se encaprichase de algo tan difícil de esconder como la arquitectura divina de Iulia. No teníamos medio aéreo –ni lo hubiese utilizado, a la vista de la mala leche de los aviones turcos. Pero nos quedaba el mar. Doce millas, más o menos, hasta el cabo y otras tantas hasta la frontera de la base de Dekelia. Sólo nos faltaba un barco que fuera silencioso y capaz de cubrir las 24 millas en una noche. A la mañana siguiente nos fijamos turnos de guardia para observar el mar desde el último piso del hotel, para tomar nota de la existencia o no de patrulleras turcas, con resultado negativo. Con toda probabilidad, la mar debía estar vigilada desde tierra y con medios para disparar a cualquier cosa que se moviese… y pudiera ser vista o detectada. Por la tarde ya había encontrado el barco ideal. En la playa, frente al hotel King George (una preciosidad de hotel, por cierto) yacían varados varios 420 y algún Vaurien. Pero ninguno tenía velas, ni orza, ni timón. Dormí mal esa noche. Por un lado, era evidente que teníamos que marcharnos como fuera; por otro, la marcha sólo seria posible tras el robo previo del equipo del barco que, con suerte, estaría en un cobertizo del King George, que daba a la playa. ¿Qué pasaba si alguien nos descubría? Quien vigilaba no era ya la policía, sino el ejército. ¿Aplicarían el viejo tratamiento que se da a los saqueadores en las ciudades sitiadas? He vivido mucho después de aquello, pero la sensación de acorralamiento que tuve aquella noche no se ha vuelto a repetir con la misma intensidad. Tomé consciencia de que el amor me hacía débil. Iulia era una posesión del alma, y mi alma había sido pobre hasta recibir, de repente, un inmenso capital. Como todos los nuevos ricos, se aferraba de tal manera a su patrimonio que no podía ni pensar. Si nos quedábamos corríamos peligro, pero si intentábamos escapar, también. La opción menos mala era la de quedarse, confundidos entre la masa, pero mi instinto recelaba, la aventura me llamaba con el canto de todas las sirenas del Egeo y mi naturaleza odiaba la idea de esperar sin hacer nada. Si Iulia no estuviera aquí ¿qué harías? me pregunté, y la respuesta estaba clara: bote de pintura negra; patadón a la puerta del cobertizo; palo, orza, timón y vela; bote de pintura a chorro sobre la vela y a salir zumbando. Pero Iulia estaba allí. ¿Qué pensaría ella si supiera que yo dejaba de hacer algo por protegerla? Se sentiría muy mal. Nuestra generación empezaba a ver las cosas de otro modo. Para ella sería una humillación y yo demostraría ser un idiota capaz de intentar pensar como si ella fuese menor de edad mental. Así que, en un alarde de honradez, tomé la decisión de contarle cuáles eran mis planes y esperar su veredicto en cuanto la noté despierta. En un gesto muy suyo, me dio dos palmaditas en el antebrazo y zanjó el tema con dos simples palabras: Estás chiflado. |
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Atlántida (21-07-2012), El Piloto (21-07-2012), enric rosello (14-02-2013), Flavio Govednik (29-06-2012), jacarejack (29-06-2012), lachica (28-06-2012), mar y luna (06-11-2012), tragavents (17-07-2012), Zephyr (07-08-2012) | ||
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#31
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Si! creo que ella tenía razón en aquél momento.
![]() Me tienes completamente atrapado ![]() ![]() ![]() Celebro tu pluma Tahleb ![]() ![]() |
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Ya me tienes enganchado otra vez ... esperando a la siguiente entrega con impaciencia ...
![]() ![]() salud!!! |
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#33
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Después de un tiempo sin pasar se me ocurrió entrar por curiosidad, como siempre con pocas esperanzas, pero al fin anoche lo encontré. Era tarde y estaba muy cansada, no quise leer más que unas pocas frases para asegurarme de que se trataba de algo más que un largo comentario.
Seleccionar-copiar-pegar x7, seleccionar todo, cambiar fuente, tamaño, vista preliminar e imprimir. Grapar y esconder en la cartera entre la documentación del trabajo. Marcharme a casa a comer y sola, tranquila y bien acomodada en el sofá, empezar al fin a leer. Sentir que la fuerza de la abducción de La Cosa se debilita desde las primeras frases y entonces soltarme con extraña facilidad para disfrutar plenamente del maravilloso relato. Gracias Tahleb, Maestro! ![]() |
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Tahleb (29-06-2012) | ||
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#34
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Cruzando los brazos bajo la nuca y con la mirada risueña en el techo, me dio una clase de análisis práctico de la situación. Peter, el inglés, seguro que envió el telegrama. A estas alturas tanto tus padres como los míos se habrán puesto en marcha. El mío, por lo menos, habrá movido Roma con Santiago para sacarnos de aquí, mientras que mi madre debe de estar acampada en la iglesia desde hace tres o cuatro días, rezando un rosario cada diez segundos; Dios tiene que estar harto de ella y el Ministro de Exteriores harto de mi padre. Créeme, cuando mis viejos se ponen pesados, son muy pesados. Pero no somos los únicos veinteañeros atrapados aquí: hay un montón de americanos hippies, canadienses, franceses, italianos y escandinavos que llevan días sin agua y sin mucha comida (aquí, me miró brevemente y me guiñó un ojo) y sus familias tampoco deben estar quietas. No hace falta correr más riesgos de los que ya corremos. ¡Vamos a salir de aquí en coche y con aire acondicionado y vamos a vivir muchos años y vamos a tener muchos hijos! Espero que en común. Porque ni siquiera me has pedido formalmente que sea tu novia.
Sólo se equivocó en el detalle del aire acondicionado y en el número de hijos, que no fueron “muchos”. Salimos de allí dos días después, en un caluroso autobús de las Naciones Unidas, escoltados por un pelotón de cascos azules finlandeses. El frente oriental, que era el de Famagusta se había estabilizado porque los combates por Nicosia eran el objetivo principal de los turcos. Nunca supe si aquel rescate obedeció a las gestiones de mi futuro suegro o no, puesto que nos evacuaron a todos los que éramos extranjeros, sin distinción. El poco personal que continuaba trabajando en el hotel salió a despedirnos desde la escalinata de acceso. Reviví, sin saberlo aún, los sentimientos de Peter, cuando su autobús nos dejó en tierra a Iulia y a mí, al mirar la cara de tristeza de Asimina, la incombustible camarera del “verandah”, que lloraba al vernos marchar. ¿Qué debió ser de ella? Ahora, frías ya las cenizas de aquel fuego, me doy cuenta de que Asimina era una muchacha espléndida y de que nos caíamos muy bien. A Iulia, en cambio, jamás le sacó dos palabras amables seguidas. Por eso me sorprendí tanto cuando Iulia volvió a bajar del bus, subió la escalinata hasta ella, le plantó dos besos y le metió algo en el bolsillo (que luego supe que eran doscientos dólares). Esa chica y yo, me dijo como toda explicación, tenemos gustos muy parecidos. Varosha fue quedando atrás, afrontando su destino. El catorce de agosto, cuando nosotros ya estábamos a salvo y en casa, las defensas greco-chipriotas se hundieron y la población civil recibió orden de evacuar inmediatamente. La aviación turca les lanzó octavillas que eran, de hecho, salvoconductos para cruzar sus líneas hacia Larnaka. El quince, a las cinco y media de la tarde, los turcos entraron en una ciudad desierta que había sido abandonada en menos de seis horas. La ropa quedó en los armarios, el almuerzo sobre las mesas, las sillas en las terrazas, los coches en los garajes, las tumbonas en la playa. Los turcos, por alguna razón, no permitieron que la población griega regresara nunca ni que la turca se instalase en su lugar (como sí pasó en los barrios del norte de Famagusta) y procedieron a rodearla de alambradas y dejarla, tal cual, sellada como una cápsula del tiempo. Y así sigue. Desierta, fantasmal e intacta. Recorrida de vez en cuando por las patrullas de la ONU o las de la república turca del norte de Chipre. No se conceden permisos para visitarla y, si en alguna ocasión ha entrado algún civil, ha sido bajo la estricta condición de no detenerse ni, mucho menos, bajar del vehículo. Quienes hayan leído otros capítulos de mis historias sabrán que Iulia y yo vivimos catorce años felices comiendo excelentes perdices, y que, luego, mi condición de marino y mi ignorancia e incapacidad para ejercer de cualquier otro oficio honrado se la llevaron lejos de mí. La vi por última vez en 1991 y, finalmente, supe que había muerto a principios del año pasado. Por lo común, la gente guarda pequeños recuerdos de juventud: una foto, un billete de tranvía, una flor prensada en un libro. A veces, como nos sugería Atarip, los recuerdos nos cuentan mentiras y, conscientes de ello, podemos llegar a dudar de si las cosas pasaron realmente como las recordamos. Al fin y al cabo, nadie puede volver al pasado. Pero yo sí puedo, en parte. El Golden Mariana sigue allí, con sus tejados de arco sobre el bar verandah, su Café Cabana y su arboleda poblada de cigarras en verano. Tal vez en una de sus habitaciones aún esté puesto el tapón de la bañera, inmóvil desde que, el 20 de julio de 1974, tras la más tierna y romántica noche de mi vida, yo lo colocase allí, entre el fragor de los reactores y el estampido brutal de las primeras bombas. Quizá aún estén puestas las sábanas en nuestra cama y sea posible encontrar algún cabello de Iulia prendido de las almohadas. El año pasado vi fotos de Varosha en la actualidad. En una de ellas se ve el rótulo del hotel con las letras medio descolgadas y la pintura de color siena. Se aprecian los curiosos ceniceros que colgaban de la baranda de cada balcón, invitando a acodarse en ellos fumando un cigarrillo cuando el fresco y la paz lo permitían, se ven las gruesas cortinas aún colgando tras las puertas de cristal. Por el color de la calle, en una foto aérea, se nota que las patrullas pasan dos veces por delante, a la ida y a la vuelta, tras girar en la plazoleta que hay tras el hotel King George. Aunque no sea posible detenerse, pensé que no podía ser muy difícil subir a un coche patrulla, de la ONU o de la RTNC y, al menos, hacer esas dos pasadas. Así que me lo propuse. El día que volví a poner los pies en Famagusta, hace ahora un año, me pareció oír la voz risueña de mi novia y casi sentir las dos palmaditas de rigor en el antebrazo. Estás chiflado! Pero, eso, ya es otra historia. Tal vez os la cuente algún día. De momento os dejo unas fotos y os remito al mensaje de Atarip para que escuchéis la canción. http://varosha.multiply.com/photos/a..._1970#photo=11 http://varosha.multiply.com/photos/photo/10/19 |
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Me ha encantado, Tahleb!
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Buena proa! ![]() Lachica |
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Eres genial!!
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#38
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![]() ![]() ![]() ![]() Impresionante!!!![]() ![]() Salud!!! |
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#39
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Gracias! Gracias!
De todos modos, al hilo le falta algo muy importante. Si Malamar anduviese por aquí es muy probable que nos hubiese sugerido esta canción para acompañar los últimos párrafos. http://www.youtube.com/watch?v=kLlBOmDpn1s ¿No? |
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#40
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Que bueno... me ha gustado muchisimo!, hacia tiempo que en la taberna no se leía algo de esta calidad!
Mis respetos!
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En mar calmado todos somos capitanes. Editado por picaroll en 02-07-2012 a las 22:35. |
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Tahleb (17-07-2012) | ||
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#41
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#42
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Tahleb, sólo decirte que te leo asiduamente en este foro y sin el tiempo que me gustaría tener para intervenir, "recogí" uno tras otro, los capítulos de tu relato en mi disco duro.
Por fin lo he leído de tirón, y ahora está entre las pequeñas joyas que guardo en mi e-biblioteca. Gracias por compartirlo ![]() ![]() ![]()
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It's not easy bein' green |
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Tahleb (17-07-2012) | ||
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#43
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Amigo Tahleb,
Gracias. He comido deprisa para acabar el relato!!! ..........Por unas horas nos has llevado a Chipre en 1974 , hemos escuchado el tacatacataca de las ametralladoras, el sonido atronador de los cazas surcando el cielo a poca altura, has hecho que asintíeramos cara a la pantalla mientras llenabas la bañera de agua, has conseguido que se nos erizara el pelo escuchando imagine en el hall de un hotel en zona de guerra...has hecho que valoráramos la posibilidad de tomar al asalto un vaurien para recorrer 24 millas de noche con velas negras en una costa vigilada por francotiradores. Pero sobre todo , has hecho , que nos enamoráramos durante tu relato de Iulia, y que nos sintiéramos Tu un rato. Que suerte la tuya bribón, cuanto y cuan bueno has vivido ....aunque no olvides que a pesar de haber pasado lo bueno, y estar en lo mejor, tienes frente a tí lo súper, así que a por ello!!!! ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() un abrazo amigo
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La Fasnet del 79 dió comienzo con pronósticos de un sudoeste moderado de Fuerza 4 en pleno mes de agosto |
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Tahleb (17-07-2012) | ||
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#44
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Cita:
![]() Pero me gustaría llamar tu atención sobre lo que podríamos llamar el tejido base sobre el que se ha bordado el relato: Varosha. Pronto intentaré contar la continuación de la historia, que transcurre en parte por esas calles abandonadas e invadidas por la maleza, pero el lugar está ahí todavía. Puede verse desde el Google Earth; hay cientos de páginas web que cuentan historias de aquellos días y, sobre todo, se puede viajar hasta la valla (a partir de ella ya es aventura) y captar la vibración humana que aún impregna el lugar. Y los vuelos a Chipre están a un precio tirao! ![]() |
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#45
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Cita:
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#46
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Hoy es 20 de julio. Se cumplen 38 años de la invasión turca del norte de Chipre.
Quien tenga un momento y se acuerde, que levante su copa para maldecir a todos los dioses de la guerra y a todos los fanáticos y gilipollas que en ella se enrolan. Chipre fue, en otro tiempo, un jardín en el que se podía vivir "despreocupado y desnudo". Hasta que Dios y Alá la liaron. http://letras.terra.com/georges-moustaki/1328450/ Por la confusión de los guerreros. |
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#47
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![]() Enhorabuena, Tahleb. Si estuviera por aquí nuestro admirado Arturo P. Reverte formaríais un estupendo dúo narrativo. Sin duda sabes que él vivió aquel conflicto sobre el terreno. Gran relato. Te animo a que sigas contándonos lo acontecido en aquellos difíciles días.![]() |
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#48
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Tahleb, eres un artista con la pluma, gracias por habernos permitido vivir e imaginar tu relato.
Espero seguir leyendo tus narraciones, tomate lo que quieras, que te lo has ganado. ![]() ![]()
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"No tengo talentos especiales, solo soy apasionadamente curioso" Albert Einstein . El Piloto patrón de la Raya Azul MMSI 224325480 |
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#49
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Parece que La Cosa está mu malita. Riesgo es incapaz de controlar al putón de su prima y nuestros ínclitos ministros empiezan a tartamudear en las ruedas de prensa. Parece que, no pudiendo esperar a mayo, nos van a joer pa setiembre.
No se me ocurre nada mejor, para entretener la espera, que contaros la continuación de la fábula y de cómo, aunque sin saber muy bien por qué, acabé volviendo a Chipre con la intención de entrar en la cápsula temporal de Varosha. Además, debo confesar que vuestros aplausos me dan calorcito en el corazón. Ahí va: Fue Elisa, mi hija recién descubierta, quien me informó del tránsito final de Iulia. Tuvo que ser en febrero y de madrugada, para que fuese más triste. Dormí mal y poco esa noche, pues soplaba un Leveche criminal que hacía crujir las piedras de mi almazara como si quisiera arrancarla de cuajo. Además, estuvo lloviendo sin parar todo el día, lo que sin duda ablandó el suelo lo suficiente como para que el maldito viento consiguiera arrancar un sauce viejo que había en el jardín y precipitarlo contra la puerta cristalera del salón, cuyo marco, en diabólica carambola, partió, al caer, la tapa del piano. Estuve más de una hora poniendo a salvo libros, muebles, discos y aparatos. Vestido con un albornoz de hotel y calzando unas sandalias menorquinas que uso como zapatillas; tiritando de frío y en medio de una confusión de papeles, hojarasca húmeda y ceniza de la chimenea que el viento hacía girar en torbellinos y que la lluvia, que entraba horizontal por la cuenca vacía de la cristalera, se encargaba de fijar con ambición histórica sobre las paredes, los cuadros y las tapicerías. Sobre las siete y media de la mañana me hallaba de regreso en mi cama y a punto de reanudar el sueño cuando sonó el teléfono y la voz de Elisa, con un temblor ligero pero perceptible, me dijo: ya está, se acabó, pobrecita. Mi hermano está en camino. No te preocupes por mí y NO vengas. Ella no quería que la vieses tan fea. Poco después llegaron, como cada día, Rashida y Halet, los viejos asistentes de los tiempos de mis padres (a todos los efectos considerados como parte de mi escasa familia), y tuvieron una primera visión del desastre. Con los ojos como platos mezclaban todas las expresiones de sorpresa que se habían acumulado en nuestra curiosa tradición familiar. Alá, Alá hu acbar, dijo Rashida al ver las ramas del sauce entrando por la cristalera. Ayayay Adonnay, reforzaba Halet resonando con la entonación de mi madre. Mon Dieu, mon Dieu, remachaban ambos a coro. Panayía mu, dije yo en apenado recuerdo de las frases griegas que Iulia usaba a menudo. Pensé que, dada la presencia de las Tres Luces invocadas tan inocentemente por mis viejos moritos, debía aprovechar para darles la noticia. Ellos la habían querido mucho y lloraron muy amargamente cuando se fue. Me impresionó su reacción: sin decir palabra, Rashida se acercó a la chimenea y se cubrió el pelo de ceniza. Halet, con un movimiento lento pero firme, se hizo un desgarrón irreparable en la camisa. Con un gesto de la mano que abarcaba el desastre causado por el sauce, Rashida murmuró: esto tiene que ver con ella. ¡Esto tiene que ver! Pasaron varios días en los que, sin llegar a sentir dolor, planeó sobre mí una pena oscura y omnipresente. Me despertaba por las mañanas sin recordar qué era lo que había soñado, pero con el convencimiento de que mis sueños habían sido tristes, como un llanto escondido del alma, del que, al salir el sol, no quedaba más que una tenue humedad sobre la almohada. Hablé un par de veces, por teléfono, con mis hijos. Ambos tenían una comprensible gravedad en la voz, pero estaban bien. Elisa me anunció el envío de un paquete con cuatro cosas de su madre que, a su juicio, era mejor que conservase yo. Protesté un poco. Yo no deseaba engolfarme en recuerdos ni en sentimentalismos. Es tu vida, me dijo con cierta dureza, y no la mía. Al menos dedícale una mirada. Lo que no quieras, me lo devuelves. + |
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eilnet (26-07-2012), enric rosello (14-02-2013), Jadarvi (25-07-2012), lachica (24-07-2012), mar y luna (06-11-2012), Zephyr (07-08-2012) | ||
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#50
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Delegué en Halet, como siempre, el control de los operarios que tenían que reparar el desastre del salón; le pedí que llamara a un camión grúa para intentar replantar el sauce, siendo consciente de que el pobre tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir, y esa misma tarde me subí a un tren para pasar unos días en Barcelona, una de mis ciudades favoritas, cargada de buenos recuerdos y de atractivas promesas para los forasteros además de ser, circunstancialmente, el lugar donde había dejado amarrado mi barco para la invernada.
Regresé a las dos semanas con la mente renovada, los triglicéridos disparados, alguna transaminasa practicando el vuelo sin motor y dos o tres quilos de más. Hasta el día siguiente no esperaba la llegada de unos cuantos paquetes de MRW con el resultado de mis compras: libros de Altair, conservas del Colmado Quílez y ropa de diversas tiendas. Por eso me extrañó ver sobre la mesa del salón –en el que, por cierto, no quedaba más rastro del naufragio del sauce que la tapa rota del piano- un envoltorio de plástico de los que usan las compañías de correo y mensajería. Al recordar la llamada de Elisa el corazón me dio un vuelco. Tenían que ser aquellas cosas de Iulia que, supuestamente, formaban parte de mi vida. Aún perdí unas cuantas horas, pasando con mirada huidiza ante el paquete, reparando obsesivamente la tapa del piano. Hice un apaño con resina de epoxi, que quedó bastante bien, y lijé el conjunto una y otra vez con papeles de grano decreciente hasta que noté que me dolían las manos y tomé consciencia de estar haciendo el ridículo. Me serví una buena copa de whisky y, levantándola en un brindis de homenaje y recuerdo, me dije a mi mismo: esto hay que hacerlo bien. Limpié el disco del Concierto nº 1 para piano de Tchaikovsky, lo puse a girar en el plato y me dispuse a abrir el envoltorio y, tal vez, a llorar un rato, por fin, que quiere decir por última vez. http://www.youtube.com/watch?v=lSZF-...eature=related Contenía un tomo bastante grueso, como si fuera un libro, pero que en realidad era una especie de álbum de fotos digitalizadas, y una caja rectangular que alguna vez había contenido bombones de Godiva. El libro, de tapas duras, tenía en portada una imagen en la que se nos veía a Iulia, a mí y a nuestro hijo, éste con una edad sobre los siete años, en el jardín de la almazara, precisamente bajo el sauce que ahora convalecía con pronóstico reservado al otro lado de la cristalera. Los tres sonreíamos enseñando mucho los dientes (al niño le faltaban varios), como muy felices. Yo la enlazaba por el talle con mi brazo izquierdo, atrayéndola tanto que mi mano la rodeaba hasta más allá del ombligo. Su puño, asomando sobre mi hombro derecho, aferraba mi camisa provocando algunas arrugas que me llegaban hasta el cinturón. Las páginas interiores eran una cosecha cronológica de fotografías de nuestra historia que supuse que ella había ido digitalizando pacientemente: allí estaba yo, con diecisiete añitos, vestido de cadete en la cubierta de vuelo del Jeanne d’Arc; allá se la veía a ella sobre una bicicleta enorme. En otra página estábamos ambos, haciendo el signo de la victoria, en el aeropuerto de Barajas, el día que regresamos de Chipre sanos, salvos y locos de amor. Mis padres, los suyos, nuestro bebé, fotos exóticas tomadas desde la cubierta de mis barcos o en mercadillos de medio mundo. Vudú, en su impecable chaquetilla blanca abotonada hasta el cuello. Tartas de cumpleaños. El valle de Elizondo. Los Alpes. El mar. El mar siempre. El libro estaba organizado por capítulos numerados según el año en que se habían tomado las fotos. Cuando llegué al 1.988, el último de nuestra vida común, noté que quedaban aún varias hojas hasta el final. El siguiente capítulo decía corresponder a 2004. Pasé varias páginas sin entender qué era lo que estaba viendo hasta que, de pronto, el rótulo medio caído y oxidado del Hotel Golden Mariana atrapó mis ojos y casi me detuvo el corazón. |
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