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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#1
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Es verdad. Estoy un poco vago!
Ahí va otra: Permanecí varios minutos observándolo, popa a la ondulación de la mar y dando una palada atrás de vez en cuando para compensar una corriente que me hacía derivar hacia el Este con un buen nudo y medio de intensidad. Hipnotizado por aquel horror pensé en la muerte de sus innumerables víctimas, sorprendidas en mitad de la tranquila navegación de altura por el repentino crujido de la quilla y la aparadura, del agua entrando a raudales. Algunos, afortunados, se irían al fondo con sus barcos recibiendo una muerte rápida, pero otros quedarían manoteando en el agua, conscientes de estar en mitad de la nada y sin haber tenido tiempo de hacerse a la idea, sin haber sentido la punzada del peligro. Sin aviso previo. Sin haber cometido errores y, por lo tanto, sin haberlo merecido. Qué de leyendas debían circular por las tabernas cartaginesas, romanas y fenicias. Tal vez algún superviviente hubiese contado la súbita e inexplicable destrucción achacándola a un furioso narval, a la ira de Poseidón o a un golpe del tridente implacable de Neptuno, basando su veracidad en el aval de la muerte cierta de los ahogados. Aquellos que debieran hacerse a la mar al día siguiente ¿qué sentirían sabiendo que sus vidas dependían de una suerte tan macabra? Acostumbro a pensar en el Mediterráneo como la mar. Una personalidad perversa a veces, pero desprovista de esa maldad gratuita y ciega que suele adornar a los machos de todas las especies. La mar ejerce su violencia sin saña como la mayoría de las hembras de la Naturaleza, que no se ven cegadas por esa droga de locura que es la testosterona. Aquel monstruo chorreante, en cambio, situado a más de sesenta millas de cualquier punto de referencia y escondido con alevosía bajo un fino manto del agua más hermosa que existe, me pareció de una crueldad extrema. Verlo, además, como yo lo estaba viendo, sobresalir brutalmente de entre la espuma con cada ola, me transmitía ese temor paralizante que uno siente ante un animal rabioso que ostenta en su hocico el espumarajo de la hidrofobia. Engrané, por fin, avante rumbo a la Isola delle Correnti, en el extremo Sur de Sicilia, donde convergería con el Camí de Jerusalem. Vi, al trazar el rumbo, que la derrota me llevaba lejos de Pantellería y de Gozo, de las que tan buenos recuerdos tenía. Evoqué con turbación la mirada de Adèle y su cuerpo surgiendo de las aguas violáceas de aquella caleta cerrada por farallones. Reviví la ansiedad de Alexandra ante la belleza inaprensible del Blue Grotto, junto al islote de Comino. Recordé mis paseos por San Lawrenz, en el norte de Gozo, para visitar a uno de mis escritores favoritos. En cambio, la derrota me llevaba a la vista de toda la costa meridional de Sicilia y, cuando anocheció, pude ver sus luces con bastante detalle. Los recuerdos inconexos están como embalsados en nuestra mente y basta abrir una pequeña rendija de los aliviaderos para que se precipiten en desorden tumultuoso. Soplaba una brisa fresca de Norte, levantando pequeños pañuelos de espuma y rizando apenas la superficie. Una de esas brisas susurradoras. Eso de ahí, musitó la brisa con la voz de mi amigo Jean, tiene que ser una pizzería. Jean fue uno de mis colegas a bordo. Él era segundo y yo tercer oficial en un buque de carga general de la compañía Delmas-Vieljeux. Hubo un tiempo en el que nuestra línea de navegación de Europa a África, nos hacía barajar la costa de Francia y España a menos de tres millas de distancia. Había que estar pendiente del tráfico, especialmente de noche, cuando las luces de la costa podían enmascarar las de algún barco de pesca o de recreo demasiado pequeño para apreciar su eco en el radar, pero, muy a menudo, la mirada se nos perdía en el resplandor de las ciudades intentando adivinar detalles, atisbar concreciones. Entre semana mirábamos desfilar esas luces con estoicismo, sintiendo en general poca o ninguna envidia por aquellos que vivían bajo su resplandor, pero los sábados por la noche la cosa era diferente. Imaginábamos que la ciudadanía se disponía a salir a cenar para ir luego a tomar una copa en algún sitio, tal vez a bailar, y rematar la noche con una sesión de sexo apacible, mientras que nuestro presente y nuestro futuro estaban condenados a una rutina de presidiarios. En cuanto Jean veía una luminaria de color verde la señalaba con dedo acusador y declamaba: eso de ahí tiene que ser una pizzería. A continuación detallaba qué tipo de pizza se comería, si pudiese; con qué vino la regaría, qué postre tomaría y, esto con gran minuciosidad, qué cosas le haría a su hipotética compañera. Nos hemos cargado nuestra vida, afirmaba tras un corto silencio al acabar sus declaraciones de intención, piensa en lo bien que viviríamos si fuéramos farmacéuticos en vez de marinos y solo tuviésemos que despachar cuatro aspirinas mientras vemos cómo, al otro lado de los cristales, llueven perros y gatos sobre la cabeza de los desgraciados que tienen que navegar para vivir. Tiempo después supe que su novia de siempre, el amor de su vida, lo había abandonado para casarse, precisamente, con un farmacéutico. Comprendí entonces por qué Jean se quedaba finalmente mirando las luces de las ciudades y canturreando una cancioncita de Gerard Lenorman que estaba de moda por aquel entonces. http://www.youtube.com/watch?v=5PcODolL6rs |
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Atlántida (09-11-2012), Enrana (24-10-2012), enric rosello (24-10-2012), Gambucero (25-10-2012), J.R. (26-10-2012), jacarejack (24-10-2012), Nochero (31-10-2012), ntejera (25-10-2012), SAGHARBOUR (30-10-2012) | ||
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#2
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Venga, un poco vago... di la verdad... ¡que te fuiste de copas con la musa y habéis acabado con todo el Ron del mundo mundial!... y claro, eso se paga con una laaaaaaaaaaaaarga y placida "siesta" de teclas caídas.
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Buen viento y mar de popa para vuesas mercedes. El mar dara a cada hombre una nueva esperanza, como el dormir le da sueños. (Cristóbal Colón) I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched c-beams glitter in the dark near Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in rain... Time to die. (Roy Batty) sigue mi blog Ganando Barlovento
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#3
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Cita:
éste como sabe...? Me he preguntado en un primer momento, pero, ¡claro! Los gambuceros lo saben todo. Les basta con observar el inventario del pañol de alcoholes y tabacos para deducir lo que sucede.Con la Musa medio repuesta he compuesto otra entrega para el finde: Michèle, les rues, les cafés joyeux Même les trains de Banlieue Se moquent de toi Se moquent de moi. A pesar de sus penas de amores Jean era un tipo sólido, sobrio y alegre. Sólo una vez lo vi beber más de dos copas y creo que fue por culpa mía. Fue en el “Seemannsheim” de Douala, en el Camerún; una especie de club para marinos, con piscina y todo, gestionado por unos alemanes. Era una noche de calor aplastante, como casi siempre en aquel puerto, y nos habíamos sentado junto a la piscina para tomar algo. Coincidimos en el lugar con parte de los oficiales de un barco español, todos muy jóvenes, muy divertidos y, varios de ellos, acompañados por sus mujeres. Se habían traído las boyas luminosas de los aros salvavidas y las habían tirado a la piscina (que no tenía iluminación propia) lastradas con cabitos de distinta longitud, de modo que brillaban bajo el agua creando un efecto encantador. Los mirábamos con cierta envidia. Yo le iba traduciendo de vez en cuando las bromas y los chistes que llegaba a oír. En un momento dado, Jean suspiró hondamente y me contó sumariamente la historia de su novia y el farmacéutico con una admirable ausencia de pasión, casi tal y como, muchos años después, mi vecino inglés me narraría su tránsito a la viudez. Me pareció que sentía por su novia perdida lo mismo que yo sentía por la mía: simple añoranza. Con la diferencia de que yo volvería a ver a Iulia tarde o temprano y él, en cambio, ya no tendría más papel que el de ser un viejo amigo. Me sorprende lo bien que lo llevas, le dije. Enarcó las cejas un instante. Apuró su copa y, con una media sonrisa, me contó cuál era el secreto de su entereza: es que yo sé que, al final, volveremos a estar juntos, declaró. Yo volveré a buscarla dentro de unos años y me la llevaré. Es el farmacéutico quien debería estar preocupado, no yo. Navegaré unos cuantos años, haré algo de dinero, aprenderé cosas de la vida que hay que saber y, entonces, iré a por ella. En el fondo ya está bien que las cosas hayan sucedido así. Mientras regresábamos a bordo, ambos con la mano derecha en el bolsillo y el puño cerrado sobre la navaja, bajando la famosa escalera de Douala que llevaba al muelle y en la que cientos de marinos habían sido asaltados a lo largo de los años, Jean me recomendó que no le contase a nadie su confesión. No quiero, me dijo guiñándome un ojo, que nadie sepa el origen de mi buena suerte. Algunos años después, cuando Jean ya era capitán de un portacontenedores en ruta entre el sur de Francia y el Mediterráneo Oriental, alguien –a saber qué bando- les disparó un misil mientras estaban fondeados frente a Beirut. El misil entró por una puerta del puente, pasó por encima de Jean, que acababa de agacharse para recoger el cigarrillo que se le había caído, y salió por la otra puerta sin causar más daños. Me lo contó con su habitual serenidad un día que coincidimos en Marsella. Ya sabes, me dijo, que soy un cabrón con suerte (chanceux comme un cocu). Hace quince años encontró trabajo en el salvamento marítimo francés y se quedó en tierra. Lo primero que hizo fue localizar a su Michèle y ponerla en estado de sitio. Un año después estaban viviendo juntos. Los dos hijos de ella lo adoran. Hay gente, pensé mientras metía unos grados a estribor para no pasar muy cerca de la Isola delle Correnti, que se hace querer porque te iluminan la vida. Jean es una de esas personas. |
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#4
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Cita:
Sigo esperando con fruición y cierta ansiedad tu próximo capítulo-entrega.
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Tahleb (30-10-2012) | ||
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#5
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Tahleb, muy agradecido. La evasión que me brindas con tus capítulos es algo de lo que no deseo desprenderme, me sientan muy bien. Hasta que lo acabes te estaré persiguiendo y exigiendo con respetuosa devoción.
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Tahleb (30-10-2012) | ||
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#6
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El Mar Jónico se abrió ante mí con una meteorología perfecta. Contribuyendo al ambiente monástico de mi barco, la voz frailuna del servicio meteorológico italiano, sonando por el canal 68 del VHF, me informó de que cabía esperar vientos de Poniente de fuerza cuatro durante las próximas 36 horas. En cuanto pude observar que rolaba de Norte a Oeste, me aproé para tomar dos rizos a la mayor y, vuelto a rumbo, atangoné el génova por babor, cazando la trinquetilla a crujía, como suelo hacer para ir de empopada en solitario.
Pronto comprobé que navegaba mucho mejor si caía unos grados a babor - poniendo proa al paso entre Creta y Antikithera- que apuntando al sur de Creta según estipulaba el trayecto del Camí de Jerusalem. Si optaba por Antikithera la derrota me llevaría luego a pasar por Karpathos y ambas son, tal vez, las islas griegas más preservadas y más intensas de todas, así que permití que las guiñadas me fueran apartando poco a poco del “Camí” y no tardé en ver puntas de ocho nudos en la corredera. Atangonado y con el centro vélico muy a proa, no tenía gran cosa que hacer más que gestionar mis horas de sueño y mis comidas, molicie que me llevó en seguida de regreso a reflexiones más o menos febriles. Yo, a diferencia de Jean, no había movido ni un dedo para recuperar a Iulia. En verdad, ni se me llegó a pasar por la cabeza. Tan sólo me encerré en mí mismo y pasé años y años lamiéndome la herida. Sinceramente, le espeté a la imagen barbuda que me devolvía el espejo, si tanto la querías ¿por qué no hiciste nada? Aunque intenté disimular todo lo que pude, Iulia no tardó en darse cuenta de que todos sus amigos me parecían detestables; sus padres, dos momias decimonónicas; su concepto de la honestidad, un sepulcro blanqueado. Y yo no tardé en asumir que, para ella, mis amigos carecían de estilo, mis padres eran nihilistas y muchos de mis planteamientos morales eran ingenuos y más propios de un boy-scout adolescente. Al hacer el equipaje para ir de visita a su ciudad, mis zapatos de lona y cuero, mis camisas de algodón egipcio sin cuello, mis sweeters de punto grueso y mis americanas de lana con guarniciones de tela eran sistemáticamente expulsados de la maleta y sustituidos por una fórmula constante a base de mocasines italianos, pantalones de pinza, camisas de dos colores, jerseys de lana de Shetland y calcetines a juego. Una vez le comenté que aquello equivalía a decir que, en estado natural, yo resultaba impresentable en su ambiente. Puede ser, me respondió, pero no nos engañemos: tú como mejor estás es sin ropa. Teníamos un mundo común muy pequeño. Tan pequeño como una isla griega en mitad del planeta Mar. Pero era un mundo intensamente azul y blanco, de vino muy rojo y de aguas muy claras. De vientos que deformaban el crecimiento de los árboles y de rocas desnudas en las que el Sol parecía reventar y hacerse añicos. Una pequeña isla en la que, de vez en cuando, era día de fiesta, se bailaba hasta el amanecer y se cometían locuras. http://www.youtube.com/watch?v=dx_v5qVv6H4 Fuimos, probablemente, una experiencia individual simultánea que no hubiésemos podido vivir el uno sin encontrar al otro. |
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#7
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Supongo que ya te lo han dicho, pero ¿no te planteas publicar esto? Es un placer leerlo...
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Tahleb (09-11-2012) | ||
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