Navegaba de regreso a casa tras unos días de viaje. Era otoño, el tiempo infame, tormentoso y negro.
Pero al día siguiente trabajaba y había que llevar el barco a su pesebre, so pena de gastos de amarre en otro puerto, volver a por él cuando pudiera....así que, pa casa.
En un momento dado, ante el lío de vientos cambiantes decido, afortunadamente, arriarlo todo y rematar a motor las escasas 10 millas restantes.
Acabo de aferrar la mayor, levanto la vista y veo justo a proa como se forma una manga marina a unos 200 metros.
Corro a la bañera, suelto el piloto automático y cambio de rumbo para apartarme. Con espacio y tiempo de sobra.
Pero hete aquí que, cuando enseño el través al bicho, una combinación de ola y viento o yo que sé, me tumba por completo, caigo sobre la brazola y ...me rompo una costilla.
Lo de la costilla lo supe luego, porque en realidad pude llegar, dolorido pero sin novedad, a puerto, cerrarlo todo e irme a casa.
Fue luego cuando el dolor apretó y tuve que irme a urgencias....sólo una fisura...
Moraleja: las prisas por volver a casa no son buenas consejeras.

