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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#11
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A mí, la verdad, es que desde pequeño me ha fascinado la magia de las letras, las palabras, formar una frase . . . y esa fascinación fue el motivo que me llevó a aprender, creo, a escribir y leer a edad muy temprana, incluso en inglés he ido de forma autodidacta aumentando mi vocabulario, conozco bastantes palabras como para expresarme sin dificultad escribiéndolo y leyéndolo, hablándolo es distinto. Incluso las palabras de los crucigramas también las cruzo con cierta soltura, no suelo dejar inacabado ninguno, aunque a veces recurro a las soluciones en busca de una o dos palabras, sobre todo para memorizarlas. Y esta palabra tenía que descubrirla como fuera, yo sabía que tenía que responder a alguna definición de aquella señora que nunca, nunca cambiaba de piscina. Al cabo de muchos días descubrí la palabra escrita cuando conseguí leer el pequeño tatuaje que llevaba en la cara exterior y en la parte alta de su muslo derecho, casi siempre oculto por el bañador, un tatuaje evidentemente colocado para verlo sólo en la intimidad, no para lucirlo públicamente. Ella cuidaba de que el bañador lo cubriese continuamente pero mientras recorría la calle no podía hacerlo, sólo cuando llegaba al borde y mientras daba el giro se lo ajustaba. Yo, largo tras largo, ajustaba la brazada para llevar la cabeza sumergida en los cruces con ella, pero imposible, tenía que acercarme mucho y girar francamente la cabeza para leerlo, y cuando no tenía las gafas con vaho las llevaba con agua. Así un día tras otro, hasta que un día, ya casi al final, conforme me iba acercando la vi parada en el borde, pensé que ella también había terminado e iba a salir, pero no, siguió en la misma posición. Tampoco pensé que no se hubiese ajustado el bañador, pero en mi última inmersión justo antes de tocar con la mano el borde giré la cabeza a la derecha y pude leer con toda claridad lo que ponía el tatuaje, en letra gótica y en color azul ponía: Reina. Ahora era yo el que compartía un secreto de la señora, evidentemente el destino también había tenido algo que ver. Seguí nadando algún tiempo más junto a la señora pero la asistencia se iba haciendo menos numerosa y un día decidí en el vestuario irme a la segunda, pero cuando llegué a la divisoria de ambas piscinas se me olvidó y automáticamente me vi bajando las escalerillas de la primera, me paré y pensé, dudé si irme ya o hacerlo al día siguiente, decidí quedarme una última vez, al día siguiente me iría, pero . . . ya no hubo siguiente día. Ese día, a pesar de las simples reglas que nos dimos desde un principio y del respeto que nos teníamos, surgió el accidente. Yo comienzo muy concentrado a nadar y cuando llevo cierto tiempo nadando, aún sin estar fatigado, me pongo a pensar en mis cosas, y casi siempre me despisto en los metros, en el tiempo no, porque me lleva la cuenta el cronómetro, no sé si yo en esa ocasión me acerque a la línea de crujía más de lo debido o fue ella, o los dos, el caso es que nos rozamos con las manos. Yo, si he de ser sincero, sí, note cierto golpe, pero inmediatamente pensé para mí que ella también advertiría que fue un simple roce sin, ni mucho menos, intención alguna y yo seguí nadando . . . y hasta el día de hoy, en que he visto en un posavasos, donde descansa un cuttyshark con gingerale, las letras del tatuaje con el mismo color y mismo tipo de letra, sigo pensando que fue un lamentable accidente cuyas consecuencias pagué con creces. No me pregunten el cómo ni el porqué pero su mano empezó a sangrar. Yo no llevo uñas largas, no me gustan e incluso a veces me las muerdo. La señora me llamó a voz en grito, recriminándome que la había lastimado, los gritos se oyeron por toda la piscina. Todas las cabezas se volvieron hacia donde estábamos y una vez que la sangre, que es muy escandalosa, tiñó de rojo el agua alrededor de nosotros surgieron las primeras voces acusándome de haber herido a la señora. Se formaron corrillos alrededor de la escalerilla por donde yo, entendiendo que era el camino más corto al botiquín, pretendía salir con la señora del brazo. Desde la orilla gesticulaban y parecía que me decían que la soltase, pero yo con el griterío no entendía nada, vino gente de la sala de musculación, otros de las bicicletas, otras se dejaron el aeróbic, los de la cafetería en pleno, nunca hubiera imaginado que a esa hora hubiese tanta gente allí, cuando de pronto se lanzaron al agua dos buceadores, por lo menos de combate, que, amenazantes, me indicaron que me alejase de allí, a pesar de que la señora ya no me recriminaba y como ausente accedía a dejarse llevar del brazo. Pero los insultos, el abucheo y los gestos de desprecio fueron increíbles, me decían de todo, parecía que conocían mi vida con pelos y señales, que si esto que si lo otro, no me dejaban ni salir del agua, y allí estuve hasta que se aburrieron. No sé cuanto tiempo estuve en el agua, sólo recuerdo las caras de desprecio de los últimos cuando se iban, mascullando insultos y volviendo la vista atrás de vez en cuando . . . entonces pude salir y vi al fondo al chico de la cafetería mirándome, pensé para mí: menos mal que hay alguien esperándome, pero rápidamente me dijo: tengo que cerrar ya, ¡eh! que por su culpa me he quedado aquí, y eso que siempre me muestro amable con él, le pago al servirme y siempre llevo el cambio justo por si no tiene para cobrar el café. Yo para no molestar más llegué al vestuario cogí la bolsa y tal como iba en bañador, con el gorro y las gafas puestas salí de la piscina. En la calle me sequé como pude, me metí en el coche y arranqué para irme pero ¿a dónde? Ya era muy tarde para ir a cualquier parte donde hubiese alguien más a parte de mí. Tal era el estado de desconcierto en que me encontraba que con las manos en el volante y la mirada detenida en el parabrisas comenzaron los interrogantes ¿qué había hecho yo?, ¿a quién había lastimado?, ¿tan importante era para que acudieran todos en su ayuda?, ¿por qué ese ensañamiento conmigo? Si me hubiese dejado me hubiese disculpado, le hubiese pedido perdón, aunque no se bien porqué, incluso le hubiese curado la herida a besos si me lo hubiera pedido . . . pero no, no me lanzó ningún cabo, tan señora como yo la consideraba y tanto como creía que nos respetábamos. Recorrí las calles, salí de la ciudad y me dejé llevar por la carretera de la costa . . . Crónicas de la mediana edad - Guilem de Ventresca.
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![]() Quiero vivir la vida aventurera de los errantes pájaros marinos; no tener, para ir a otra ribera, la prosaica visión de los caminos. Poder volar cuando la tarde muera ... |
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