Tuve la suerte de conocer a Félix cuando era pequeña. La última vez que lo ví fue muy poco antes de su accidente.
Su padre era notario de un pueblo de Burgos -Briviesca- donde el mío era juez, recién casado con mi madre. Félix era, por entonces, un joven apasionado por los animales en general y por la cetrería en particular, pero su padre le regañaba por perder el tiempo con libros de animales y le prohibió leerlos. El chico quería dedicar su vida a ello, pero el notario le replicaba que con eso no se ganaba uno la vida, y que tenía que estudiar medicina para hacer la especialidad de médico dentista.
A pesar de todo, Félix encontró un día unos libros de cetrería escritos en francés en la librería del pueblo, y como mi madre hablaba muy bien este idioma, se escapaba a su casa algunas tardes para que se los tradujera, devorando con entusiasmo su contenido.
Félix respetaba a su padre y estudió medicina, incluso ejerció de dentista mientras él vivió, pero nunca olvidó su fascinación por el mundo animal y en cuando su padre desapareció siendo él aún muy joven, dejó la clínica dentista y se metió de lleno en lo que realmente era su pasión.
Aquéllas tardes a escondidas en casa de mis padres forjaron una entrañable amistad entre ellos que nunca acabó, y cuando -después de muchos años- tanto mis padres, mis hermanos y yo, como Félix y su mujer Marcelle con sus tres hijas vivíamos en Madrid, quedábamos de vez en cuando en su casa o en la nuestra para tomar unas morcillas de Briviesca, las mejores del mundo.
Amigo Félix, hasta siempre
