La Taberna del Puerto Cleansailing
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Antiguo 16-09-2011, 14:02
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Predeterminado Re: Otro relato para no perderselo.

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Originalmente publicado por sumeke Ver mensaje
He rescatado, otro escrito que me parece muy bonito y emotivo. Donde creo que se relata, de una forma, para mi, muy cariñosa, el indudable sentimiento que tenemos la gente de mar, con sus cosas. Hasta las mas simples y cotidianas.

Perdonen señores administradores del foro, si no lo he puesto en el foro adecuado, no se como subirlo a relatos. Si les parece adecuado para que se dejen en otro apartado, es todo suyo y de esta cofradia.

LA CERCA



Ya no es mi itinerario habitual en mí que hacer cotidiano. Ya no paso por ahí como lo hacia antes por razón de trabajo. Ni para llegar a la única playa que tiene mi ciudad, donde la inmensa mayoría de la gente de mi edad íbamos a bañarnos cuando sólo era una cala virgen. Plagada de redondos y multicolores guijarros, que nos deleitaba con el delicado y apacible murmullo, procedente del sinfín de diminutas colisiones que producía el chinarro al rodar cuando era sacudido por oleaje, transformándose en sordo y grave eco al retumbar en el cercano monte.

Una playa de aguas tranquilas y cristalinas, de color esmeralda, cuando soplaba el agradecido Levante, limpiándola de la plaga de plásticos, vidrios e irisados restos de aceite, que la mar traía hacia ella. La brisa del este convertía este trozo de costa, a pesar de estar situado entre dos puertos, en un lugar de ensueño.

Tampoco nos “arrugábamos”. cuando el Lebeche, con su corto pero insistente oleaje, la trasformaba en un sitio menos atrayente, donde te untabas los pies de galipote nada más pisar la gruesa arena. porque entonces nos bañábamos en los bloques del faro, fastidiándole la jornada a más de un pescador de caña; en esa época, siendo adolescentes, poco nos importaba si el agua estaba sucia, fría o movida, qué delicia de mañanas de verano, durante las vacaciones del instituto, que pasábamos allí…… Y sobre todo que delicia de edad.

Ahora sólo tomo esa carretera cuando necesito relajarme. Aparco el coche en la orilla del acantilado y mirando a poniente, dejo que afluyan los recuerdos que la mar me trae. El viejo barco de vela latina de mi abuelo. Los baños que desde él nos dábamos cuando sólo era un crío. Las primeras piezas que cobré, también con mi abuelo, usando cañas y aparejos que él me hacia, pescando en el faro. Mis andaduras por los montes que desde allí se vislumbran, recogiendo flor de manzanilla y matalauva. Los cientos de veces que en mi época de mili, he salido entre los faros, escuchando “ retirada de babor y estribor de guardia, entra primera guardia de mar”, o al entrar en puerto tras la maniobra de atraque cuando la megafonía anunciaba “estamos en el sitio, afirmar y reforzar”, y rápidamente me asomaba a la banda y me dejaba los ojos intentando localizar a mi gente, que en el muelle me esperaba, junto a la otros muchos compañeros, a la vuelta de Canarias después de dos meses. Estaban ellos….. y los carabineros.

En fin como está de moda hoy decir, allí vuelvo a mis orígenes.
A veces, en este mismo acantilado, dejo pasar el tiempo viendo el genial espectáculo que crea el lebechazo al encrespar la mar y romper, embate tras embate, contra las escolleras de los faros, normalmente en estas ocasiones, me suelo bajar del coche y dejo sentir en mi piel erizada todo el rigor de los elementos. Esto, al cerrar los ojos, trae a mi memoria el balanceante puente alto, del antiguo destructor de la armada donde serví. Con el chaquetón de mar calado, admiraba el espléndido espectáculo de ver como macheteaba la proa con una fuerte marejada o mar gruesa, perdiéndose el montaje de proa entre la blanca espuma, a la vez que bajo mis pies el mojado acero de la cubierta 03 temblaba y se estremecía con el resto del buque.

Cuando por las tardes voy a dedicarle un rato al bricolaje y al repaso de los artes de pesca abordo, o simplemente, a pasear por los pantalanes, charlando con los compañeros de amarre. Desde que atraco en el nuevo puerto deportivo, tampoco uso este camino, que conduce al muelle de abrigo de botes, donde antes tenía el barco.

De cualquier forma, ya no uso este camino como lo hacia antes.

Sin embargo hay un determinado punto en esta carretera, que cada vez que paso por él, ejerce sobre mi una atracción intrínseca, que me obliga a volver siempre la cabeza y a veces hasta tengo que detenerme, para mirar con más sosiego. Al verme la gente pensará que observo como realizan su trabajo el personal portuario, o que estoy contando los contenedores allí depositados. Pero lo que nunca podrán sospechar es, que mi cerebro no esta percibiendo las imágenes que mis ojos le envían, sino que esta viendo, con absoluta claridad, lo que hace tan sólo unos años ahí había.
Un recogido puerto pesquero deportivo para embarcaciones artesanales de pequeño porte. Ese casi centenar de obras de arte, salidas de las expertas manos de los carpinteros de ribera, de hechuras tan marineras, incómodos para navegar ya que los rociones te caían inexorablemente encima, pero muy seguros porque tomaban la mar fascinantemente bien. Obsequiándonos, al unir su buen andar y su eficaz comportamiento, con inolvidables jornadas de pesca.

El abanico de colores que adornaban sus regalas, era un lujo para la vista, y notar a veces como se te humedecían los ojos, al emocionarte leyendo algunos nombres, que en el espejo, llevaban pintados, tan hermosos y entrañables como, “Cinco amigos”, “Mis tres nietos”, ”Regalito” o “Icue” (un personaje muy de aquí). Frutos todos ellos, del cariño que sus modestos propietarios le procesaban a sus pequeños tesoros.


Pero en la dársena de botes existía un recinto con una solera especial, LA CERCA. La cerca era los restos de un antiguo astillero de barcos de madera. Puedo recordar, aunque muy vagamente, los esqueletos de ballena, como les decíamos los chiquillos, al cuadernaje montado sobre la quilla de un palangrero a medio construir. Cercado por una alta y deteriorada tapia, de ahí su nombre. Abierta a una playa de arena negra, producto de la acumulación de estériles del horno de una fundición próxima, sobre la anterior rampa de varada y que ahora se utilizaba para varar los botes.

Era un lugar entrañable, los sentidos se saturaban al entrar allí. la visión se colmaba mirando el cuadro, surrealista y abstracto, que en las paredes conformaban, en esmerada armonía, los desconchados del cemento con los brochazos, de infinidad de colores, que durante años dieron en ella para limpiar las brochas, o determinar si el color resultaba el pretendido cuando se secaba. El ordenado desorden en el que se varaban las embarcaciones, apuntaladas con toda clase de picaderos de madera y ruedas de coche, resultaba de una expresión plástica de lo más regocijante. Dentro del recinto se percibía un olor, derivado de la emanación de los tratamientos y pinturas que se aplicaban a la madera, mezclado con el aroma del escaramujo, tan diferente cuando esta vivo, pegado al pantoque, del seco y putrefacto, que en suelo rodea el perímetro del barco, después de rascarlo. Todo ello, mas, algún que otro “resto” resultante de una imperiosa necesidad, llenaba el ambiente de un olor que sin ser, evidentemente, agradable, resultaba muy peculiar, asociándolo enseguida con esta zona del puerto.
El sempiterno ronroneo de las tuberías de refrigeración de los cercanos hornos, servia de música de fondo para un sinfín de matices acústicos que allí se escuchaban, para mí, el más agradable y que ahora apenas se escucha, era el inconfundible pistoneo de un pequeño motor diesel refrigerados por aire, de esos que se arrancaban con manivela. Pues trae a mi memoria, esas heladas mañanas del invierno mediterráneo, cuando con la mar llana, salíamos a por el rancho de besugos en nuestro bote, mi querido “Bonanza”. Provisto de un Diter de 6 cv. El inolvidable sonido de la salida de gases por el amiantado escape, que por cierto, tanto frío me ha quitado, al colocar sobre él mis manos insensibles tras sacar del agua el naylon del volantín. Hay un dicho de aquí que dice “los besugos de ojos como las pesetas (refiriéndose a su tamaño) se sacan en las calmas de Enero y con las manos en el tubo de escape”.

Los acordes que las olas producían al golpear la popa de los chinchorros, que en desigual formación, se hacinaban en la playa, esperando ser botados para el barqueo a las embarcaciones que estaban de roa. El chirriar metálico de las grúas del puerto. La bocina de los mercantes al dar atrás, y las inevitables conversaciones, bueno casi siempre eran discusiones, siempre a gritos, no entiendo porque la gente de la mar tiene el tono de voz tan alto. Todo ello componía una sinfonía, siempre inacabada, que servia para abundar todavía más en la singularidad de este lugar.

La cerca era algo que se sentía, más que verla u oírla. Era un compendio de sensaciones, que te hacían encontrarte a gusto cuando estabas allí, participando en las tertulias vespertinas, que se formaban se sentados en un tablón al “solecico”, o alrededor de ultimo bote que había varado. Charlando de pesqueras, siempre exageradas, intentaba descifrar el complicado código que algunos usaban para identificar sus caladeros. Era gente sencilla y noble, invariablemente dispuestos a echar una mano para varar o botar un barco, pero además de ayudar, de forma desinteresada, te regalaban el oído con sus opiniones sobre como debía de realizarse la maniobra, diferentes todas, pero la faena siempre se terminaba y además bien hecha. Y si andabas “al loro” con cada uno de estos pareceres, quizá sacabas alguna idea aprovechable.

Centro de reunión de muchos de los habitantes del cercano barrio de pescadores, era difícil encontrarla vacía de gente. Con grandes puertas de reja, abiertas en todo momento, nunca faltó nada de ninguna embarcación. El respeto por la propiedad era sagrado, podías usar el chinchorro o el carro de varada de cualquiera, al terminar lo dejabas donde lo habías cogido y aquí no pasa nada.

. Pero como todos nos temíamos, el monstruo económico en que se ha convertido el transporte marítimo, termino devorando este lugar. Era necesaria esa zona del puerto para agrandar el muelle de contenedores. De un plumazo, con una celeridad impropia de lo que nos tiene acostumbrados la administración y a pesar de las protestas de muchos de los sectores portuarios no estatales y nuestras movilizaciones. El pequeño puerto con su inseparable cerca, se convirtieron, vertiginosamente, en una gran explanada de cemento plagada de metálicos prismas rectangulares. La artesanal flota de botes, se repartió entre varios abrigos que improvisaron a tal efecto, donde están francamente mejor amarrados y con más servicios. Extinguiéndose, de esta forma, aquel ambiente marinero, que generaba un lugar tan espartano, pero con un sabor tan nuestro.

Así que, si alguna vez encuentran alguna persona abstraída, sin razón aparente, concédanle el beneficio de la duda, y piensen que, a lo mejor, se lo esta pasando en grande recordando algo similar a lo que les he relatado.
No hace mucho, paseando por la marina de mi ciudad, al mirar a ese nuevo muelle, la persona que me acompañaba me dijo: ¿qué te pasa, estas “embobao”?. A lo que respondí. No, estoy disfrutando.

Por la mar, y por la gente que la siente asi.
dicen que es el progreso,pero como dice Sabato (¿de que progreso me hablais?) yo conocí también un puerto parecido Altea, gracias por tu relato le hace a uno recordar tiempos pasados que en muchos aspectos fueron mejores , buena proa
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