Navegando por aguas de Saint Malo (Bretaña francesa) vimos un velero sin gobierno y con sus tres tripulantes, un padre y dos hijos de 16 y 14 años, usando bicheros, tangones y lo que se les venía a mano para evitar que el barco se destrozara contra las rocas, donde el viento y la marea les empujaba. Con el fuerte oleaje que había, habría bastado un solo golpe para mandarlo al fondo. Le echamos un cabo y con mucho cuidado lo remolcamos a puerto entre todas las rocas que aparecen en marea baja. Estoy seguro de que les salvamos el barco y posiblemente la vida. Quedaron muy agradecidos y dijeron que esa noche vendrían a vernos con varias botellas de Champagne. Todavía los estamos esperando. Eso no quita que en similares circunstancias volvería a actuar de la misma manera. Estoy convencido que los que estaban cerca no se percataron de vuestro problema.
