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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#30
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La sonrisa en el rostro de la joven se ensanchó unos segundos, para desaparecer por completo casi al mismo tiempo. Presentía que todavía no había perdido la partida, aunque tenía plena conciencia de que a partir de ese momento iba a tener que moverse con pies de plomo.
-Pues vengo de allí…- Extendió un brazo para señalar la dirección a la que seguía apuntando la popa del velero. –E iba para allá.- Y señaló en dirección contraria. El teniente apretó los dientes, pero no abrió la boca. Ni siquiera parpadeó mientras permanecía con la mirada anclada en la de Susana. Ésta, como si todavía no hubiera respondido, añadió: -He cruzado el Estrecho hace tres días y voy hacia el sur de Italia. El agente no se apresuró a replicar, como si estuviera valorando el crédito que conceder a lo que acababa de escuchar. Cuando volvió a hablar sonó tremendamente ácido. -¡Claro, cómo no me he dado cuenta! Resulta que está recién llegada del otro lado del charco. Susana asintió con la cabeza, a la vez que daba la razón al militar. -Pues, precisamente. Paco intervino, con cara de muy pocos amigos. -Mi teniente, ¿no va a dejar que esta furcia nos tome el pelo de esta manera, verdad? El teniente desvió la mirada solo un momento. -Cuida tus modales, Paco. No podemos insultar a esta señorita sólo porque seamos los únicos que sabemos que acaba de asesinar a sangre fría a su acompañante. Porque, como es de suponer, ¿la señorita no vendría sola desde el otro lado del mar?- Concluyó la pregunta dirigiéndose de nuevo a Susana. Ésta no contestó a la ligera. Aunque su primer impulso había sido volver a dar la razón al guardia civil, cayó por fortuna en la cuenta de que el velero estaba repleto de efectos personales de su anterior propietario. -Pues no, no he hecho sola toda la travesía. Lo que pasa es que me he librado de él. ¡Era un cab… de tomo y lomo! El teniente levantó las cejas sorprendido. ¿Iban a tener la suerte de recibir el regalo de una confesión? Susana prosiguió, sin hacer caso de la expresión que habían adoptado los rostros de todos los que estaban oyendo la conversación. -Lo eché del barco en Gibraltar. Discutimos y me dijo tales cosas, que le amenacé con llamar a la policía si volvía a poner un pie a bordo. Y hasta ahora. Estoy mejor sola. Ya ve lo que me ocurre cada vez que se sube un hombre al barco. ¡Qué asco! El teniente no contestó. Aquella mujer iba a ser un hueso duro de roer. El viento arreciaba cada vez más y lo tenía a fil de roda. La posición de la muchacha estaba resultando inalcanzable por el momento. Le iba a costar una ardua navegación de bolina ciñendo a rabiar, y encima con corriente en contra. Pero no iba a claudicar tan fácilmente. Aquello no había hecho sino empezar. -¡Mi teniente!- Uno de sus hombres le llamaba desde el velero, que seguía navegando a unos buenos cinco nudos, con un guardia civil al timón. –Tenemos todos los papeles. Pero todo parece en regla. Salvo por la bandera. El muy hijo de su madre tiene bandera holandesa. ¡Así no hay quién trabaje! El oficial miró de nuevo a Susana. -¿Por qué no llevaba el pabellón izado, y el español de cortesía? Susana no lo dudó ni un instante. Con su sonrisa de autosuficiencia, dijo en tono provocador: -Pues para que no se me gasten. Lejos de la costa, donde apenas me cruzo con otro barco, quito las banderas. Así me duran más. ¿Me van a detener por eso? |
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