Originalmente publicado por Kane
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Lo de la sopa de piedras no es "nouvelle cuisine", sino por el contrario algo bastante más antiguo, de la época del Buscón, del Lazarillo y esa gentuza, en la que si no eras pícaro no comías.
Se trata de un peregrino que en medio de una noche de tormenta llegó de madrugada a una posada, empapado, aterido, hambriento y sin dinero. De mala gana le abrió la puerta el posadero y le dejó calentarse junto al fuego.
Cuando llegó la súplica de algo comestible que hiciera cesar el ruido de sus inquietas tripas, evidentemente, el posadero no disponía a horas tan intempestivas de nada que ofrecerle. Entonces, el peregrino le dijo:
"Entiendo que a estas horas todo el mundo está descansando. Por eso yo mismo podría hacer en un momento una sopa de guijarros exquisita que apenas requiere de condimentos ni de arte".
Abriendo unos ojos como platos, el posadero accedió, ofreciéndole lo que necesitara si estaba en su mano.
"Vamos allá. Primero una piedras del arroyo cercano que lavaremos cuidadosamente y pondremos en esta olla con agua clara junto al fuego. Cojamos esa sartén, dispongámosla sobre las trébedes, bien asentada, y un chorrito de aceite de esa tinaja que veo ahí cerca de la última cosecha de olivas, según creo, tan abundantes por esta zona. Freiremos unos ajos de esa hermosa ristra que veo colgando y quizás haya por ahí algo de pan duro que haya sobrado dias atrás. Lo cortaremos en finas lajas y dejaremos dorar un poco en la sartén.
Si encontráramos un poco de jamón de ese aún fresco de la reciente matanza también nos serviría para dar realce y sabor al plato".
Dicho y hecho, el posadero encontró rápidamente los ingredientes solicitados que pasaron inmediatamente a la sartén. Una vez todo rehogado, el hombre dijo:
"Ha llegado el momento cumbre. Una cucharadita de ese excelente pimentón que se usa por estas tierras y rápidamente vertemos el agua de las piedras, que está a punto de hervir. Solo nos faltan dos huevos, que echaremos mientras removemos el todo y un poco de sal. Ya está lista. Ved cómo hierve y qué gran aroma desprende. Sirvámosla y tomad un cuenco de tan deliciosa sopa conmigo".
Así hizo el posadero, encontrándola excelente, gustosa y reparadora, cuando de pronto reparó en la olla al lado del fuego. "¿Y las piedras?".
Díjole el peregrino: "Las piedras, amigo mío, ya han cumplido su función. De modo que podemos tirarlas de nuevo al arroyo"
Buenas sopas y un vaso de buen vino.
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