Dando la razón a Don Arturo, abstrayendome de las consideraciones técnicas.
Yo aprendí a soñar sobre un mapa mundi que colgó mi padre de la pared de mi dormitorio y sobre él tracé mis primeros rumbos imaginarios que después convertí en reales. En una de mis ausencias desapareció.
Llevo a bordo un GPS de mano que mantengo apagado mientras costeo y navego por estima sobre la carta de papel (cada vez más caras). Me encanta comentar con mi almiranta la posición, trazar rumbos, trasladar angulos y paralelas. Identificar costas y relieves, fondos y faros. Para ambos es parte del placer de navegar, absolutamente insustituible.
Esta es la parte lúdica de la respuesta, ¿que lo hago por gusto?. Por gusto navego.
