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IX. DE LA EXPIACIÓN DE DON DIEGO DE TORRES

Entréme en las alcobas del cordial Don Diego, hasta una sala rica en volúmenes de librería, con un escritorio grande, sobre el cual erguíase una lamparilla como candil de pie cuya llama no bailaba, artificio de Electra sin duda, que era dañino a mis ojos, ya deslumbrados de tanta bombilla y tanto pábilo mágico. Roguéle al licenciado buscara un cabo de vela y soplara esta otra lámpara, que era molesto a mis antiguos ojos matar la sombra con tanta luminaria y pareciérame más bello su rostro siendo Don Diego de Noche, y así hizo. Planté mis posaderas en sillón regio con enorme solaz, pues las andanzas del día de mi desenterramiento habíanme baldado todos los huesos del cuerpo, que debían andar agusanados de los siglos. Veíase en los gestos de mi anfitrión cuán inquieto andaba en complacerme y cuán azorado de puro nervio.

-Don Francisco –dijo al fin muy grave de ánimo, resoplando la voz más que entonando-, largo tiempo anhelaba este encuentro, que es para mí liberación, pues agora descansará en paz esta vieja quimera, mitad bribón y mitad fraile, que tenéis ante vuestros doctos y antiguos ojos.

-¿Pues cómo? ¿Acaso me esperabas? ¿De ordinario te visitan los muertos? ¿Acaso eres conocedor de qué poderes escupe mi alma de nuevo al vertedero del mundo? Si algo sabes que me ilumine, habla, por Christo.

Sentóse entonces reposado Don Diego, ofreciéndome en copa oronda un poso como de aguardiente de caña bien templado, que regalaba el olfato, quemaba el gaznate y amansaba el espíritu, filtro éste que fue melecina para mi desasosiego. Hubo acá un silencio mientras el buen barbón meneaba la copa en su mano con ceremonia. Al fin dijo:

-Yo también soy resucitado, que los cielos, infiernos y purgatorios me cerraron las puertas y perdió mi alma la guía, de suerte que vagó en pena hasta que se aburrió sobremanera y volvió a entrar en este ajado cuerpo, a falta de otro más lustroso, que fue escupido raudo de la fosa.

-¡Jesús mil veces! –dije espantado-, que no soy solo en esta desventura.

-Clérigo fui en vida, la cruz en los pechos, el diablo en los hechos. Y prosista también, tras de tus pasos, tan pronto escribiendo de alchimia, brujería y astros como de cuestiones pías. De mi mundo, que fue cien años después que el tuyo y cien veces peor, hizo mi pluma sátira tan cruel que no me vale de nada el arrepentimiento. Apenas me honran obras de misericordia que hice en los días postreros de mi vida para expiar las ofensas que precedieron y es la más grave que fuiste tú, mi admirado difunto, en mi obra, resucitado en un sueño, que imitaba los de tu ingenio, y es ésta la obra más celebrada entre los veinte lunáticos que me leyeron, y se llama “Visiones y Visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la Corte”. Es ironía que este pobre orate, quien hubo escrito en días de asceta un libro intitulado “Cátedra del morir”, viese al cabo del tiempo turbado su eterno descanso y despertase un mal día a este tiempo moderno, que es la escoria que dejaron los nuestros y es el peor de los castigos para el hombre cabal. Acá llevo incontables lustros de penitencia y acá me he de pudrir si no obtengo de tu boca y de tu mano generosa el perdón para este terrible agravio y plagio que sin permiso ni concesión tuya, con toda libertad te hice después de muerto, condenándome así por importunar el descanso de tu inspiración con mi larga mano de cuatrero. Quisieron la Providencia y la Fortuna que tengas tú también cuentas pendientes, pues muchos cayeron víctimas de tu certera pluma, y se atendieron mis oraciones y conjuros, en los cuales convocaba tu sabia osamenta para poner fin a esta mi resurrección y descansar en paz con tu absolución. Pero antes de juzgarme, has de saber, muerto mío, que no hice todo esto por robarte el nombre ni manchar tu honra, sino llevado de mi devoción por tu genio, y antes fuiste padre de mis musas que fantasma apaleado por el bufón que hubo en mi.

Y dicho esto, ofrecióme un tomo de imprenta pergeñado de buen pergamino sobredorado con la susodicha obra, “Visitas y Visones de Torres con don y lo que sigue, que soy yo tal”, que yo tomé y hojeé con gran pasmo. Invadió mi corazón un grande sentimiento de culpa, pues si bien pudieron mis versos arruinar el honor de algún que otro botarate en vida, entristecíame que la sola influencia de mis letras arruinara el alma de este pobre clérigo estando yo muerto y bien muerto.

-Mi buen Don Diego –respondíle tocando su hombro espátula con mi palma-. Mal he de perdonaros si tenéis algo que veer con mi exhumación, pues no es regalo para mi solaz verme de vuelta de la Parca, mas se vee que no es tal el caso, sino que andamos errantes quienes fuimos pendencieros en la vida y nos fuimos a la tumba en día señalado sin resolver nuestros pleitos. Si mi perdón ha de servir a tu dicha, acá lo tienes de corazón, mas has de saber que no soy ofendido sino halagado por estas andanzas póstumas que me atribuye tu magín, pues dos palabras que he leído le bastan a mi conciencia para veer que es tu obra azote de vicios, abusos e inmoralidades, castigo de petimetres, boticarios, mohatreros, usureros, malos cómicos y otras hediondeces humanas. Necesitado anda siempre el mundo de gentes como nosotros, que firmes cerramos el seso a la majadería y volamos la pluma siempre diestra para afrentar el embuste.

Iluminóse el rostro del clérigo barbicano, aliviado por mis amables palabras, al tiempo que yo arrastraba gañote abajo las turbias estelas de estos pensamientos con un trago de licor.

-Bendito seas, Quevedo, maestro de sabios. Dios te conceda mil mercedes y te abra las puertas de los Cielos. Déjame agora partir libre y en paz, henchida mi alma de tu espléndida generosidad con ella.

Y hablando así le sobrevino una aureola fantástica como si vinieran por él los ángeles al punto, la niña de sus ojos contrayéndose hasta perderse, como si se le escapara el espíritu del andrajoso cuerpo.

-¡Ay de mí! –quejéme, mi corazón con el pálpito a galope, e incrépele- ¡Espera! ¡Vuelve, ocioso! ¡Deja la eternidad para otra hora, apiádate de este muerto revivido, concédeme un favor como precio a tu redención!

Debió escucharme su alma piadosa, pues a mis voces detúvose la tolvanera y volvióle el aliento y la color al rostro, que se me enfrentaba agora con aire de compasión, al tiempo que las manos se iban a la frasca de brandi, que así se llamaba este bebedizo. Y mientras servía el licor hablóme así:

-Dime, mi benévolo, discreto y admirado muerto, que pronto espero toparme contigo en las santas alturas, en qué puedo servirte. Dímelo, no obstante te ruego seas breve, pues echo de menos los rigores de mi ataúd y sufro cada minuto de eternidad perdida.

-No has de desampararme así, camarada difunto –le dije- ¿Es menester abandonar a su entera suerte y sin instrucción ninguna en esta hostil modernidad a un pobre y roído cadáver? Te ruego, ya que en tu segunda visita al mundo has sido maestro, me instruyas en lo que ha acaecido en España y otros reinos durante mi ausencia, pues siempre interesóme la política y hállome más perdido y desorientado que legaña en el culo o que novicia en burdeles. Dime, ¿en qué acabaron mis tiempos? Comido de liendres dejé yo al Imperio español en mis últimos días, que no sé si me mató la disentería o las malas noticias de la Corte, y la curiosidad me muele las entrañas.

-Con gusto te diré lo que sé, mi admirado Don Francisco –respondió el licenciado-, aunque es poco, que trescientos y pico años no son relato para una noche. Mas acaso no te guste oír lo que he de relatarte.

Dióse una buena espadañada de licor, vertió lentamente más de este quitapesares en la copa, aclaróse la voz y narró Don Diego con gravedad lo que a continuación quiero resumir al que leyere, que aún me tiene boquiabierto, corrido en pataleta, pasmados los sentidos y el entendimiento y acobardada la sesera lo que oí, pues son tales los acontecimientos de la Historia, que queda el más negro Apocalipsis del más infausto de los profetas a la altura de un entremés.

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Espero no fastidiar nada poniendo esto...

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Crimilda (05-10-2009)
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Esto promete más.

Sigo esperando.

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X. DE LOS IMPERIOS DE ESTOS TIEMPOS

Díjome el docto Don Diego que no existe sobre la tierra el imperio de España, que hubo luego muchos a cual más codicioso que quisieron erigir ingleses, franceses y germanos, rapaces entre sí y sanguijuelas del nuestro, que acabó comido de deudas y conjuraciones. Amén de esto, que he de contar luego, díjome que es otro imperio de nuevo cuño el de estos días, que se llama de los Estados Unidos y que es un nuevo gobierno de Indias, hijo bastardo de Inglaterra, aledaño de México por el Norte, en lo que no fue en mi siglo más que nido de fieras por hurgar. Y fue este señorío conquistado por escarramanes, rufianes, tahúres y busconas de la Gran Bretaña, que siendo escoria y desecho de la chusma, botáronles en galeras hacia tales inhóspitos parajes. Sin reparo en miriñaques con los indígenas que allá había y en lugar de evangelizarlos como la Fe obliga trocaron la comunión por el cañonazo y diéronles sepultura sin bendecirles. Tantos indios pasaron por la pólvora que cuando fue menester hacer esclavos ni uno quedaba y hubo que acarrearlos del África. Con estas malas artes apropiáronse tierras muy vastas de Levante a Poniente, que eran de gran riqueza en oro, pastos y caza, tanto que en pocos años viajaron a ellas gentes de acá y de allá ansiosos de fortuna, los más para encontrarse con el desengaño y la gualdrapa, y se construyeron metrópolis y fantásticas industrias donde antaño no había ni rastrojos. Y aprendí de boca de Don Diego que es este imperio bisoño muy parecido al de la Roma de los césares, pues se juzgan a sí –no sé si por vanidad o por esconder su flaqueza- mejores que otros países y en verdad tienen en sus polvorines más arcabuces que cualquier otro, y creyéndose en derecho para ello, o eso dicen, salvan el mundo de los males a su manera, despachando soldadesca acá y allá y haciendo llover munición donde les place. Y es en esto en lo que se parecen a césares y centuriones, que igual que aquellos robaron de los griegos las sciencias y artes, las hicieron suyas y las despacharon por el mundo con las milicias, así sustrajeron estos americanos las ideas de Europa e hiciéronse fuertes engolondrinándose con ellas. Es el césar emperador, supremo jefe de este corrincho, uno que llaman Presidente, que vive en una casa blanca en nosequé ciudad de guasa sin ton ni son y desde allá lanza órdenes que acata el pentágono, una fábrica de la cual sale soldadesca y polvorín por los cinco costados, algunos de ellos en unos endriagos que llaman helicópteros, como caballos de Troya hechos mosca que vuelan por los aires con grandísima pedorrera. Así andan sus enemigos dándose ya por semidifuntos con sólo la visión de tales monstruos. Y dícese que más le vale al pícaro y al homicida esconderse de alguaciles y corchetes, pues es la pena capital como el pan de cada día, sólo que ya no está en estima la horca ni la hoguera y que pincha el verdugo al reo de patíbulo un veneno en las cañerías del cuerpo que le deja cadáver en mojama en lo que se canta un avemaría, o bien le hacen chicharrones en un sillón al uso. Con todo, jáctanse de su moda de gobierno, que dicen es la práctica de la libertad y por eso quieren imponerla por la fuerza en otros reinos sin respeto a las tradiciones de éstos. Es decir, que esta libertad se te obliga la quieras o no. Emplea este gobierno en primer lugar al susodicho presidente, que es tan poderosos que no fía en validos, y andan todos los príncipes, caudillos y generales de otros reinos, amén del español que fue siempre lamprea de calzón, limpiándole los botines a puro lametazo. Y también emplea este gobierno un Senado, como hicieron los Romanos e imitaron luego venecianos y genoveses, y un Congreso donde los hidalgos y su cohorte de escribanos escupen las leyes. Y dicen que es lo más notable de este gobierno el ser popular y por eso se llama democracia, loable utopía que ya cataran los antiguos, pero que hasta tal punto es carnaval, mascarada y engañifa en estos días que por fuerza se han de retorcer en su hipogeo los grandes de Atenas. Es hipocresía este gobierno del pueblo, pues igual que hubo esclavos y plebeyos en Roma, acá hubo esclavos consignados, traídos de las Áfricas como dije con la ley del azote y el grillo, que tras concedérseles falsa amnistía tornáronse plebeyos y son allá señalados de gente baja, aspirando cuando más a camareros, cocheros y porqueros. Y es meritorio que en su desprecio y mala ventura estos negros hayan parido la única cultura verdadera de esta nación en pañales, que es una música frenética que tan fresca sale de sus corazones que lleva puesto siempre el pálpito como ritmo pero que se rige más de lo improvisado que de lo escrito. De los blancos, aunque los más son pobres, por cierto, que en eso no ha hecho mudanza el mundo, vive buena parte en mucha abundancia a costa de mamullar y hurtar de otros países de las Indias donde todos son piojosos y mórbidos, que de pura miseria que malcomen cagan lombrices en pampringada. Aprendí que, como el romano, caerá este imperio americano desde adentro y por sus vicios, que ya es sabido que lejos de la Verdadera Fe, una mayor parte idolatra el dólar, que es éste su dinero y así lo llaman acaso por los dolores que sufren sus avarientas almas codiciándolo. Y los más espilorchos de estos usureros son judíos, de los que sus católicas majestades pasaron de puertas afuera en las Españas, y aún así a éstos y a los luteranos, que también abundan en este nuevo imperio, hay que envidiarles la Fe, pues otros practican herejías que fueran codiciadas por las hogueras del Inquisidor, doctrínulas de secta de marranos compradas al primer charlatán de paso, predicador sólo de sus faldriqueras. Pues es también sabido que son estos americanos fáciles de sorber el seso y es paradoja que en su ociosa vida anden con más miedo que vergüenza, de modo que basta un bufido de su presidente soberano, pregonando falsa plaga o fingida invasión de infieles, para que ya se vean en los cuernos del toro y escondan todos al punto la medrosa testa cual tortuga o avestruz. Tan recelosos andan que se dice que hasta los imberbes andan pertrechados de pólvora y balas por las calles, que es como dar un arpón a una mona aunque buen comercio para los que engordan con tal negocio, y se dice también que se les va la vida sin vivirla, pues la invierten en prevenir quiméricos males que se la pudieren arrebatar. Amén de asustadizas son estas gentes viciosas en lo cotidiano y esto se vee en que los más son cachetudos y gordinflones cuales ballenatos, como enmollecidos en armadura de crasitud de la de papo en cintura, que haylos que no pueden ya sus huesos alzarles el culo del asiento y van a morir de puro desaliño, fistulosos y podridos de llagas. Aprendí también que andan estos americanos espoleados en estos días, pues habiendo construido para envidia del coloso de Rodas en lugar significado dos torres iguales de prodigiosa altura, como de más de ciento de plantas alzadas, que no fue cosa de poco pagar la peonada de esta babel dos veces, acometiólas un atajo de infieles con una suerte de máquinas voladoras que son como galeones para el aire y llaman aviones, que no vencejos ni pichones. Dícese que en este suceso desplomáronse las susodichas torres con grandísimo estrépito pereciendo en ello infieles y fieles por millares, con lo que el presidente rabió más que gato escaldado, y así dispuso que a no mucho tardar iban a resonar bombardas y morteros en las tierras que habían visto parir semejantes villanos, que según convenció a su parroquia eran de la carne y barbas del mismísimo demonio. Y así fue, que se llevó buena tunda de cañonazos algún reino remoto del infiel, allá por las montañas que atraviesa la ruta de la seda, y a esto siguió la Mesopotamia, que había en la mítica Babilonia un tal Sadam de Bagdad, bigotón corrupto y mal tirano de la cuna de Mahoma que escondía muy poderosas armas, se decía que para escarmentar al imperio americano. A la postre era todo un embuste que fueron enredando ellos mesmos, y luego que se destapó la olla, purgaron sus culpas diciendo que fue cosa de unos correveidiles que llaman espías y no saben hacer la o con un cañuto. Se cuenta que se descargó buena munición y quedaron estos reinos más lacerados que hombrillo de nazareno, y que el tal Sadam apareció en un abujero haciendo la cascaruleta con los dientes del miedo, sin más arma espantosa que sus calzones sucios. Es sabido, empero, que esta conquista premia con un aceite que llaman petróleo porque se suda de unas piedras y que es muy codiciado por salir de ello la golosina que tragan los coches, los susodichos aviones voladores, los barcos modernos y otros ingenios. Así critican los sabios que sale ganando el americano en este lance de despojarle deste precioso líquido al infiel y que toda la sangre vaciada es poco precio por este bien, haciéndose esta guerra y otras modernas más por codicia que por honor.

Bueno ha de decirse de estos americanos que son gente industriosa, prodigando copiosos dineros en invenciones que hacen lo incómodo de la vida más pasadero. Cosas insólitas relató Don Diego destos americanos que van en la cima del mundo moderno y debe estar bien harto el infierno dellos, siendo la más milagrosa que hacen voto de haber pisado la luna y haber hincado en su suelo virgen su pendón, que es parecido al de Cataluña y Aragón, sólo que en plata y gules y, en un cuartel de azur, más estrellas de plata que en la visión de un descalabrado. ¡Válame Dios que ni los astros se libran de la avaricia humana en estos tiempos futuros! ¿Pues qué acogimiento tiene la soledad de los enamorados ya bajo la luna, no siendo doncella ésta, si pudieran sus amores ser vistos por uno destos astronautas, que así se llaman estos marinos del cosmos, que de seguro andan guarnecidos en su brutal armadura de indiscretos catalejos? Y no es nada esta profanación del infinito, que me dijeron que andan ambulantes por el espacio satélites a cientos, que desde el cielo ven las cosas, de modo que nunca hemos de estar a salvo de alguaciles. Díjome esto el licenciado Torres con gran admiración, pues había sido en vida sectario de astrólogos y alchímicos. Y explicóme al fin que la más ensalzable de las varias novedades que existen en el mundo moderno dignas de acuerdo es el cinematógrafo, que es una nueva arte de corral de comedias que muestra la vida en escenas como por encantamiento, y que los americanos habían progresado asaz en esto. Con tanta ilusión me presentó ello Don Diego que le hice jurar no abandonase el mundo sin mostrarme tal maravilla. Y así hizo.

En esta conversación y con esta promesa llegóse la media noche, pero no quisimos visitar aún las sábanas, que yo había dormido ya varios siglos y Don Diego no quería perder su tiempo entre los vivos en necedades para irse cuanto antes al eterno descanso. De modo que pregúntele nuevamente qué había sido de las malogradas y desbaratadas Españas en mi ausencia, y sacióse mi curiosidad con lo que se relató de seguido.

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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

Que digo yo a vuesa merced, don Paco, que podría prodigarse más en aquello de los puntos y apartes, pues con leer tan denso discurso en tan reducido espacio me estoy volviendo bisoja.

Algo así.

Mas, no pare vuesa merced.

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  #31  
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Sencillamente, cada vez se va poniendo más y más interesante el relato!!!

Fantástico!!!
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  #32  
Antiguo 07-10-2009, 00:26
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XI. DE LO QUE ACONTECIÓ EN LAS ESPAÑAS Y EN EL MUNDO DESDE MI DÍA POSTRERO

Hubo pues de suceder lo que temíamos los más prudentes en mi siglo: Que andaban los Felipes y sus validos más preocupados de las nalgadas y escotes de sus cortesanas que de los asuntos de Estado, que el poco oro de las Indias que se salvó de los piratas fue dilapidado en bribonadas o acabó en las arcas de los prestamistas frisones y que se hizo el palacio cueva de ladrones y la Corte colegio de hipócritas, petimetres, burdeleros, archipobres y pícaros. Así se fueron hinchando los cofres de deudas y las panzas de hambruna, mientras cuatro moscones de palacio morían de hipo a fuerza de chotos, perdices y langostones. Y ocurrió esto también en Francia y en Inglaterra y en muchas naciones, que a la sazón andaban todas guerreando unas con otras como por costumbre, aunque eran tales los adeudos de las Cortes en el afán de enlucir sus calzas, capas y sayos de alhajas, encajes, puntas, filipichines y maulas, que mosqueteros y generales andaban en los frentes de guerra hechos miseria, sin monturas que llevarse a la horcajadura, que de pura hambruna comiéronse los caballos y conviertióse la caballería en infantería de a pie con séquito de moscardas, las casacas todo lamparones y calandrajos, desnudas de botones, que habíanlos lanzado ya al enemigo a falta de munición, y cada cañonazo era largo como trueno al hacer eco en las barrigas de ambos destacamentos de puro huecas.

Dieran pues aquellos hombres su vida antes mil veces por un mendrugo de pan que por la patria, de suerte que las guerras ni se ganaban ni se perdían, que la única victoriosa era la gazuza, aunque a los reyes, príncipes y duques, disfrazados de hominicacos pelucones, distraídos en bailes de pavana y bufonadas, no importaba esto dos caracoles. Es sabido pues que cubrían sus nobles testas los hidalgos con pelucas de mona y se untaban de afeites afeminados, cosa de marimantas y fantoches, que no sería de poca risa veer a estos majaderos en disfraz por la Corte dando limosnas. Y dicen que era en la Francia donde se inventaban estos usos, que siempre otros pueblos perdemos los dones por imitar al francés, que si graznaren ellos, acá todos cuervos, y si pusieren güevos en París, fueran las gentes cacareando por las calles de Madrid de la noche al día.

Así andaban, mollejones y ahítos los necios amos, magros y enjutos los siervos, en injusto reparto de mieses y granos, hasta que hartóse el famélico vulgo de esta dilapidación y estas licencias, amotinándose en gravísimo tumulto que apodaron Revolución y descabezando de un tajo a reyes como a gallinas, siguiéndoles señores por cientos, gente de alcurnia, parientes y capigorrones, que porque no se le desencajaran las coyunturas al verdugo de tanto sanmartín hubo menester inventar una máquina que cosechaba cabezas como berenjenas, y aun sin ser holgazana la llamaron guillotina. Cayó con estas cabezas el respeto a la cristiana monarquía y a las buenas costumbres, pues los bravucones que tomaron el gobierno eran renegados de Dios, excomulgados y apóstatas, que sólo honraban a la Razón creyendo que razón tenían y no tenían ni razón ni honra ni fe.

Dios no come ni bebe mas juzga lo que vee, de modo que faltos de moral y de cordura acabaron todos estos gentiles y proscritos a palos y descalabrados unos con otros, que tan pronto como tomaba uno el poder descabezaba a otros para evitar conjuraciones hasta que no quedó casi ninguno. A la sombra de estos sucesos en Francia, sufrieron muchos reales gaznates de las vecinas Españas, Austrias, Prusias e Inglaterras, viéndose ya casi engolados en guillotina, que no pocas pesadillas debieron darles estas noticias. Entonces en España ya no reinaban los nietos de reyes y validos que yo conociere en vida, ni apenas bastardos suyos, que entró tras algún degüello y otro cañonazo una nueva dinastía afrancesada que se llama de los Borbones, y un tal rey Carolo cuarto debió veer los borbollones de su real sangre manando del descabezado torso en más de una mala siesta. Dicen que este Carolo era más gandul que mula candonga, aunque era hijo de un Carolo tercero que vino de Nápoles e hizo grandes cosas en la Corte, como un Palacio grandioso en el solar del Alcázar, un Museo de pinturas en el Prado de Atocha del que acaso he de hablar luego y otras obras muy ilustradas, aunque de vista era Su Majestad grotesco como verruga en geta de tocino.

Aprendí también que antes de que los franceses escarmentaran de su embrollado motín se presentó en París un mariscal y se hizo el jefe, coronándose emperador de la Francia, a falta de reyes. Y era este bravo de armas tomar, llamado Napo León, digo yo que acaso por tener cabeza de nabo y cola de león o viceversa, pues napolitano no era sino corso. Subiósele pues al nabo el poderío imperial y quedósele angosto su territorio, así que siendo versado en artes de milicia anduvo en golondros de conquistar el mundo, y tal fue así que calzóse gorra emplumada, espada blanca y mosquetón con hipo y acometió en batalla por los cuatro vientos sin encontrar rival a medida de su embate. Andaba acá en tiempos del tal Carolo cuarto el gallinero de palacio tan afrancesado que nos hicimos clientes del francés sin dar coces de vuelta. Hube pues de escuchar espantado y pesaroso cómo fue España amante y provincia francesa tan a la ligera, tras siglos de guerras y paces que trajeron no poca sangre y desvelos en la gente de bien. Mas dióme aliento lo que siguió a esto, pues acurrucado el ejército y cabizbajo el monarca, no menguó el pueblo, que fueron alentados por la clerecía y los más resueltos toda suerte de gente llana contra el francés y hubo que vérselas el cachidiablo de Napo con la picaresca española en pleno, que trujían los frailes por hondas sus rosarios, los carreteros por arietes sus mulos, los gañanes artillería de terrones, los pastores sus cornudos por ejércitos, los cantareros sus potes por granadas, los panaderos por bombas sus mendrugos duros, los zapateros y sastres por castigo sus facturas, los escribanos sus yerros afilados, los barberos sus navajas por hacha y sus bacías por yelmo, los boticarios por espadas sus espátulas y por balas sus píldoras, los médicos por mosquete sus enemas, los pobres sus lamentos como espantadera, las putas sus impuras horcajadas por fuego de mortero, las doncellas sus remilgos por estrategia, las viejas sus enaguas por fortaleza, y de todo este ejército no desertó ninguno y muchos fueron mártires anónimos. Y así huyeron los galos como conejos por la cuenta que les tenía y quedó España curada de usurpadores, aunque fue grande el estrago que hicieron. Y dícese que vencido este Napo por ingleses y prusianos quedó por un tiempo cada mochuelo en su olivo y las naciones mansas.

En diciendo esto, Don Diego bostezó muy grave, y temí que le venciera el sueño y la crónica quedase a medias, de modo que hube menester servirle otra copa del ardiente licor, aconsejándole una gárgara que le arrancase un eructo que le andaba ya un rato tropezando en las tragaderas. Regoldado y repuesto prosiguió para consuelo de mi inquietud y, apreciando mi desvarío ante lo explicado hasta agora, advirtióme que aún no habían catado cosas tan viles mis oídos como las que siguen.

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Pirata
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

"Así se fueron hinchando los cofres de deudas y las panzas de hambruna, mientras cuatro moscones de palacio morían de hipo a fuerza de chotos, perdices y langostones."

Don Paco, tenga vuecencia cuidado que el posadero nos cierra el hilo.

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Había hecho mella por doquier entre la gente ambiciosa de poder e irreverente con la monarquía el íncubo de la revolución gala, cuyo lema engañoso era “libertad, igualdad y fraternidad”, que en manos de malsines, malhadados y malditos significaba libertad para arrebatar bienes ajenos, igualdad sólo si tú tuvieres más que yo y fraternidad para con el cornudo en adulterio. Así se malversa la buena intención de los filósofos en manos de los rufianes, que buen ejemplo dello es cómo la Santa Iglesia hizo oídos sordos a las humildes palabras de Jesuchristo. Arremetedera fue esta revolución mayormente en las provincias de Indias, que una por una y sin faltar ninguna a la cita se alzaron insurrectas en guerras de independencia, hasta que no hubo en América un celemín de tierra en manos de la corona española y del oro y plata de ultramar no quedó ni la cizalla.

Así fueron dejadas a su suerte estas tierras antaño provechosas, agora convertidas en repúblicas que han padecido en su corta andadura más tiranos que toda la Historia Antigua y son agora imperio de la penuria, potencia de piojos y chinches, dominio de fiebres, bubas y calenturas y estado de bellaquería. Y vive Dios que no me huelgo de oír tales miserables nuevas. Así fue desmejorando España y rebajándose la autoridad de reyes y reinas ante los diputados, comisarios y generales, tal que en tiempos de una llamada Isabel segunda hubo quien no quiso veer la corona en crespines de dama y se sublevó a favor de un varón protobastardo para la sucesión, cosa que no hizo cuajo más que entre algunos vizcaínos pero trajo mucha sangre y muchos pesares. En un punto hubo tal entuerto y entontecimiento entre los dirigentes que dieron por terminado el reinado y se entró una República a guisa de la francesa, que duró lo que buñuelo en orfanato, intentándose una monarquía de chisme que duró lo que otro buñuelo y así hasta que hubo otra vez rey, que fue Alfonso doce y luego el trece, un chisgarabís de poca enjundia que no gozaba del calor de su parroquia. Fueron estos tiempos ruidosos y faltos de decoro y había sido privada la clerecía de muchos de sus bienes, cosa que si bien salvara a muchos curas golosos de avaricia de las furias del infierno, acabara con muchas costumbres piadosas y dejara a muchos incapaces al desamparo.

Así andaba la gente hormigueando en motines y revueltas, y los alguaciles siempre ocupados, que agora se llamaban guardias civiles y calzaban en la pelona sombrero de tres picos. Y he acá que llegaron de la Rusia unas ideas nobles por de dentro y ponzoña por fuera en cuanto sólo cabe su uso cuando la codicia desaparezca de la faz del mundo y eso será acaso cuando desaparezca el hombre. Y aún contando con que no hubiese codicia, yerra esta doctrina en que prohíbe la religión, cosa necesaria para el alma de los mortales. Llámase a esto comunismo, como antes dije, y en esta ordenanza son todos camaradas, igual es la camarada buscona que el camarada embajador, igual el camarada ladrón que el camarada juez y no hay ricos ni pobres. Vease que es esto cuento de viejas. Mas es notable que tales clamores ablandaron el seso de los más infelices y con estas premisas entró la chusma en muchedumbre a palacio, pasó por las armas a los Grandes de Rusia, hízose con el mando, y permaneció así más de setenta años entre mil disparates. Hizo esta nueva revolución, junto con otras especulaciones de tontos de remate que querían apadrinar la anarquía como doctrina política, mucho eco entre las gentes más exprimidas y descarriadas. Llamaron a estos comunistas rojos, acaso porque siempre andaban escarnecidos a palos por los alguaciles, o de izquierdas, acaso por lo torcidos que iban del camino recto, por zurdos o por siniestros, y ellos a sí mismos se llamaban progresistas, ya que prometían hacer adelantamiento en alguna cosa. Contra ellos crecieron los que llamaban de derechas, acaso por saber que irían derechos al infierno, tal era su hipocresía, pues afectándose de ser gente de Dios, los más eran malvados con inquina, ladrones sin embozo y por ende fariseos, y acá entraban los más de los curas, los ricos y los militares.

Estos así mismos se llaman conservadores, tal es su afán de conservar la riqueza que guardan como botín de siglos de rapiña. Los más cerriles de estos faramalleros eran aduladores de sí mismos, sus usos y su casta, que los más majaderos la creían la regalada y primada de Dios, y con tal ahínco tenían sorbido el celebro que no hacían ascos en imponer sus altas opiniones al prójimo por la fuerza de la milicia y la amenaza de la horca, y estos son los peores de entre los derechistas y se llaman fascistas, acaso por que viven en fascinación alucinados de sí mismos y echando al prójimo mal de ojo. Es menester conocer estas figuras para entender las calamidades que se acontecieron en el siglo XX.

Andaba pues el palomar alborotado en tiempos de este Alfonso trece, que es número de aojo, sus ministros poltrones y pamposados, los anarquistas y ganapanes comunistas chirlando en las callejuelas y los generales en escaramuzas contra los moros de Marruecos, de las que salieron escarmentados de tan grande que fue el degüello y la sangría. Hubo pues muchos sucesos hasta que un general marrajo, que llamaron Largo Caballero, tomó el gobierno con mano larga y caballería y luego otras mil marimorenas que ni hago memoria dellas, hasta que se vio el Borbón desbraguetado y hecho un matachín, que hubo de exiliarse a Italia hasta cuando los ranacuajos tuvieron pelos. Ordenóse entonces la segunda República, otra vez con la francesa por muestra, que incluso cambiaron la insignia española vistiéndola un tercio de nazareno en luto de Pascua, y fueron muy celebrados estos años por las gentes de las izquierdas, pues era esta lechigada de ministros más renegada de los santos evangelios que fuera el sanedrín de Herodes, y se dice que florecieron entonces las letras, que son los más de los poetas y prosistas siempre pecadores de los que conquistan el infierno por la lengua.

Fueron estos sucesos como puñada en el buche para los fascistas, que crecían entre las milicias y alegrábanseles las pajarillas sólo de rumiar la conspiración contra el republicano impío. El cabecilla de estos matasietes llamábase Franco, he de creer que más por lo ingenuo que por lo galante y bizarro, pues era un hombrecillo de medio calzón, desbrozado de seso, ayunado de hombros, con voz de chivo pituitoso, calvete de melón, atormentado de gesto, bergante de bigotes y bellotero de papo. Es cosa de risa que a este mequetrefe, acaso por pura chufleta, llamábanle el generalísimo, no siendo superlativo sino en aires, pues humildad no conocía y, menguado como era, gastaba bilis y cólera en humores. Andaban este generalísimo y sus demás generalillos muy aferrados a la cruz y otros atributos de cristianos viejos, lo que hizo crecer en ellos profunda inquina a los comunistas, que por ser éstos ateos andaban entonces a teas por las iglesias. Fueron estos extremos broza para el incendio de los odios más enconados, encenagándose las almas de unos y otros hasta que tomaron tanta cólera que se parió el más grande horror que cabe en la Historia de las Españas, que me corro en mil vergüenzas sólo de pensar en ello, y fue esto la Guerra Civil, que es el vicio más vil que puede un país padecer, pues en ella se pasaron por armas entre vecinos y se sacaron los ojos entre hermanos, quedando la tierra estéril de sorber tanta sangre envenenada y cobijar tanto cimenterio. Acabó esta barbarie con triunfo del generalísimo francolín, emplumado de medallones y amparado por mercenarios de la morería y otros fascistas de medio pelo que había en Prusia y en Italia. Coronóse este pollo de bigotes caudillo y tirano de las Españas por la Gracia de Dios, y fue así emperador de la ceniza y la miseria , dictador de sentencias diestro en artes de patíbulos, mazmorras y tormentos, y dado que, amigo como era de obispos y confesores, sabíase condenado, quiso alargar su vida terrena hasta que era pudrigorio en vida, y así tuvo sometido al país no menos de cuarenta años.

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Menos mal que D. Diego de Torres no le contó a D. Francisco de Quevedo las andanzas de un tal "El deseado"(Fernando VII),porque le entra un cabreo tal, que fenece allí mismo
Pero, el relato de dos siglos en seis párrafos, genial!!
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No quedaban en zaga deste Franco otros gallitos fascistas, y fue un teutón quien más descalabro causó en el siglo, de nombre Adolfo nosequefulano, algo como Jilguero, que dicen tenía pico de oro y así daba sesos de mosquito a todos los que le escuchaban. Creíase un Apolo este galafate, afurciado de sí mismo, pues se decía de linaje tan sublime que era nacido para dominar a los otros. Así pues, enarbolando un pendón con un garabato, espoleó a sus ensoberbecidos ejércitos para conquistar el mundo. Acaso por creerse estos germanos tan bien nacidos llamábanlos nazis, aunque fuese paradoja que este Adolfo más bien era zamborotudo, zoquetudo y hobachón, bigotillo a medio zurcir, guedeja en frontispicio y testuz repelado, ojos hiperbólicos que le bailaban en las cuencas, orejas asomadizas, papo goruendo, trazas de perturbado, gesto mascarón y un pasmo en el brazo y mano diestros que dejábaselos tiesos de un bote a cada paso. Cobarde lo era redomado, siempre cobijado por cuadrillas de guardameas más estirados que finibusterres, más rapados que güevo y uniformados con gorros de plato, de cara tan gótica que no les hiciere reír ni mona con matraca. Andaban con el mismo calambre en el brazo que su jefe y eran sus alguaciles y corchetes apellidados de las Ese Ese, porque si señalaban con el dedo se mostraba que ése y ése iban a la cárcel, que no era plato de gusto, pues conocíanse las celdas como campos de concentración y eran antesala de los de asfódelos en el Hades. Era este sacatrapos de germanía poco amigo de judíos, que hubiera hecho buena pareja en un aria con la Católica Isabel, pues tomose gran fatiga en regalar a davides, moiseses, josueses, jeremíases, y zacaríases con martirios, mutilaciones y mil perrerías, que por no darles la tierra prometida hacía jabón de ellos en vez de enterrarlos.

Fue su voluntad conquistar el mundo y hacerlo incircunciso, causando así la Segunda Guerra Mundial, que llámase segunda porque ya hubo una primera poco antes, que habíase desatado sin más cimiento que la mala sangre que se tenía cada nación con sus vecinas, y de la cual los prusianos habían salido descalabrados. Y llámase mundial porque no hubo nación que no se viese en el entuerto, salvo España, que andaba recién forrada de mataduras, socarrada en tizón y opulenta de miseria tras las andanzas del generalísimo. Obró este Adolfo teutón de la misma guisa que el Napo francés hizo primero, mas a la viceversa, pues irrumpió en París y en otros muchos sitios con sus milicias en runfla, tal que no le restó en Europa más que el reino de Inglaterra y la Rusia comunista por despojar, y aún fuera de Europa andaba en simpatía con unos tales nipones, que son unos chinos pequeños y tercos pero muy industriosos, moradores de unas islas que hay en las Indias Orientales.

Cuentan que fue por causa destos nipones, que andaban en pleitos con los Estados Unidos de las Indias Occidentales del Norte y diéronles bombarda con volatería en unas fragatas que tenían más allá de los siete mares, que embizarraron los americanos y persuadiéronse de entrar en liza, siendo éstos los últimos en juego, en pacto de alianza con ingleses y rusos. Muchos estragos y calamidades hubo en estos días, justas y combates en mar y tierra, y también por los aires, que desde la otra guerra ya volaban los soldados, tal que los caídos en batalla eran caídos en verdad de bien alto. Dicen que hizo mudanza la suerte de los fascistas cuando quisieron los alemanes invadir la Rusia y quedaron los más dellos carambanados de puro frío, y cuando desembarcaron coitosos en gran número ingleses y americanos en Normandía, aunque hubo muchos muertos por los nidos de ametralladora, que mala pájara debe ser ésta y peores sus pollos. Tanto cagaron al final de la guerra los aviones petarderos en los sitios del alemán que en algunas plazas no quedó ni el cimiento, y del fulano Adolfo no se encontró ni un mal zancarrón, cayendo estos tales fascistas en desgracia hasta la fecha.

Otra borricada se hizo en esos días y la sufrieron los nipones, desmayándoseles con esto las ínfulas imperiales. Fue ésta la cobardía y bellaquería más notable que conoce la Historia, pues castigóse a ciertas ciudades niponas con tamaños petardos, que donde cayeron quedó todo reducido a átomos, que se les dice por eso bombas atómicas. Dícese que una sola desta bombas hace boñiga de una ciudad entera y muchas leguas en derredor, no quedando ni la botonadura del jubón de quienes allá estuviesen. Y también dicen que deja un humazo en apariencia como de seta más alto que las nubes y aún pasados años del desaguisado mueren las gentes que allá se aventuran por consunción, cancros y emponzoñamiento, tales son las malas aires que quedan tras el pedo. Ante tal vejación, dijéronse los agredidos que “a olla que hierve ninguna mosca se atreve” y capitularon la paz. De este modo quedaron ingleses, americanos y rusos vencedores, franceses liberados alemanes italianos y nipones vencidos, y todos escarmentados, aunque unos más descalabrados que otros.

A estos repugnantes sucesos siguió una adjudicación del mundo en suertes: A los judíos y judihuelos, que eran los más arruinados, majados y desbarrigados de esta contienda y sólo por azar quedaron algunos vivos, que no es buena estrella la de David, regaláronles en desagravio la tierra prometida de sus escrituras, que es la Ciudad Santa de Jerusalén y la parte de Judea y Palestina. Y fue este gran desatino, pues los infieles de alcorán que allá moraban, viéndose despojados de sus tierras, desatrahillaron los perros contra los llegados. No hicieron cosa alguna los colonizadores por regalar buenas palabras a estas gentes, que fuera más sagaz diplomático un pollino. Hiciéronse los baladrones y multiplicaron la ley del talión, ojo por los dos, diente por ijada, tal es así que andan aún a pleitos y pedradas, que no hay día en que no descuarticen, descalabren y escarmienten los de Moisés a los de Mahoma y al contrario. Tan revueltos andan los Santos Lugares que más le valiera a Christo haber sido nacido en cualquier otra parte.

Es este reparto del mundo que dije se demedió Alemania, y quedó el potente americano a la cabeza de reinos y repúblicas de la Europa Occidental, comenzando así el imperio del dólar, y el ruso comunista se hizo fuerte en la Europa Oriental. Fueron forjando desta manera unos y otros gran desamor, tal que mentar sólo las filosofías del comunismo en Occidente era gran agravio y valía el patíbulo y, al cambio, la evocación de las doctrinas capitalistas en el lado rojo era gran embarazo y valía mil majamientos, si no la muerte. Tal fue así que acabó por construirse un paredón para que unos no vieran cómo vivían los otros. Así es siempre el hombre, terco y tirano y falto de prudencia, víctima de su proprio fanatismo, que púsole Dios el seso en el cráneo sólo por que no sonasen huecos los garrotazos.

Hiciéronse unos a un lado y otros al otro muy poderosos, amasando gran polvorín de bombas atómicas en los dos lados, tal que al mínimo desaire ya se ladraban fanfarroneando que iban a soltarlas y dejar el país contrario hecho páramo. Llamaban a estos conatos guerra fría y vivían las gentes entonces muy compungidas y medrosas de que se calentara esta guerra y repasara la Parca el mundo entero en un guiño, pues tal es la destrucción que se vaticinaba. Terminó esto de suerte que un buen día asesaron los del lado rojo, viendo que no siendo el hombre falto de ambición, sino ruin por natura, el comunismo es sólo aplicable por la fuerza, la opresión y la privación de voluntades, y que es más acertada al hombre la ley de las bestias en libertad, que el pez grande devore al chico y queden los dos peces contentos, comedor y comido. Así cayó en paz el muro que separaba ambas partes y quedó todo el mundo a merced del imperio americano, que es quien pregona tal doctrina, y así sigue en estos tiempos, y es esta escasez de moral la que comienza a ahuecarlo, según cree Don Diego.

En estas platicas andábamos los dos calamocanos, él solícito dando respuesta a mis interpelaciones y yo todo aspavientos al escuchar los sucesos que se me revelaban, la frasca del goloso aguardiente más vacía que cepo de iglesia, y nuestras nalgas ya fundidas con las asentaderas de la sillería. Suspendióme que se vislumbraba el claror de la aurora en la ventana, que hubiera jurado por Santiago que no fueran tantas las horas pasadas en tales predicciones. Púseme en pie, no sin cuita, que ya mis carcomidos huesos crecían en anhelos de desbarrancarse, estiréme y di unos pasos a la ventana. Así vide cómo la amanecida iba abrazando la ciudad monstruosa y matando los candiles que brillaban por doquier, en las calles, en las ventanas y en los coches, que iban apriesa sin ton ni son. Dábame vahído mirar abajo desde tal altura, mas en verdad era digno el espectáculo, pues se contaban por cientos las fábricas de casas, palacios o templos de endemoniada altura. Andaban a puro empellón dos cocheros diciéndose no sé qué juramentos, pues veíase que el coche de uno estorbaba al otro y el del otro embarazaba al uno, de tal guisa que ninguno quería ceder paso.

Divirtióme cómo estuvieron en pleito, llamándose hi de puta y peores cosas, como el cuervo a la corneja –quitaos allá, negro; quitaos vos allá, negra- hasta que el menos empapirotado hizo gesto de apartarse. Había venido Don Diego a mi lado a contemplar la comedia y comentó la necedad de las gentes de estos tiempos, que es la misma que la de otrora, y luego de esto hizo guaya y lamento de ser muerto hablando con otro muerto, que era momento triste para los difuntos el amanecer, que es cuando todo despierta a la vida. No me afligía yo tanto, que no poca alegría me trujo mi alba primera tras siglos de estar mi calavera plantada en sórdido camposanto, y el bullir de la vida parecía desporqueronarme la linfas y los humores. Picábanme ya los tolanos y rugían mis tripas como fieras, de modo que apelé a la caridad de mi amigo, pidiéndole desayuno. Afectaba desasosiego, tal era su anhelo de dejar esta esfera en pos del Reino de Dios, si lo hubiere, mas hube de recordarle su juramento de llevarme a conocer el cinematógrafo y para eso, según entendí, era menester esperar a la tarde. Roguéle pues que pasáramos juntos la mañana y dejara en mis manos antes de partir a las Islas de los Bienaventurados algún sustento. Diole esto aliento para seguir entre los vivos amparando a este humilde muerto, dibujósele en la faz sonriso como de desatinado y apareció al punto fulgor en sus ojos. En esto, calzándose un sombreo, cual era usanza en nuestros días, dijo:

-Sabio difunto, en buena hora, pues es solaz despedirse de lo que se guarda afecto: Vamos a mi café favorito a desayunar y a leer el periódico, de allá al banco, pues he de dejarte en herencia mis dineros ahorrados que te serán necesarios, aunque no sé si es peor pecado llevarlos a la tumba que legárselos a un muerto, y podemos irnos luego al Museo del Prado, del que te hablé, y de postre al cine.

Vime amparado en este día y alegréme mucho. Salimos, él tocado de sombrero y yo a calva descubierta, los dos finados escaleras abajo, y quien siguiere leyendo sabrá lo que aconteció.

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¡No deja títere con cabeza!

Aunque se le ha olvidado otro loco fascista pluriasesino: Stalin. Lo dicho, nos cierran el hilo.

Atarip ¿quién escribe así de bien?
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Por favor, más. Como me he reido leyendo esto. ¿Puede saberse quien lo ha escrito?
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XII. DE LAS PLÁTICAS Y SUCESOS QUE TUVIMOS EN EL CAFÉ

Caballeros de a pié, no trotamos más de dos cuadras al compás de los bramidos de mis tripas, que dimos de narices con el establecimiento, bien señalado como Cafetería Fulano porque no perdiesen el rumbo los parroquianos. Descubrióse Don Diego ante el huésped, un hombre rucio de pelo y tan bien comido que parecía puchero con cabeza.

-¿Lo de siempre, Don Diego? –inquirió.

-Y lo mismo para mi amigo –contestó el aludido. Y al punto tomamos asiento en una mesa limpia, acicalada con mantelicos de papel y un manojo de escarbadientes. Mientras el huésped entraba en liza con unos ingenios resopladores que hube de creer eran las fuentes del café, reparé en una caja con ventana como la que había visto la noche anterior en la taberna donde salí descalabrado. Nada se veía por ella, para mi consuelo, mas hube de preguntar a mi buen Don Diego por este maldito fenómeno.

-Dime, mi prudente amigo, ¿no es ese arquilla con cristal que ahí se custodia relicario de un juego de pelota muy apreciado en estos días?

Corríme al veer que daba grandes carcajadas mi bienhechor, mas pasada la risa extendió las velas del discurso y me hizo saber que seguramente había visto un partido de fútbol, que es barbarismo por balompié y que viene a ser como si dijéramos los juegos romanos de estos días, pues se construyen grandes coliseos para que las gentes se huelguen con el espectáculo y es más reconocido éste que las lidias de toros. Del esclarecimiento que Don Diego me hizo de estos juegos resolvíme a pensar que eran las gentes de estos tiempos menguadas de mollera, tan simplones villanos como nobles, pues en este juego de pelota no hay más que lo que digo, una pelota que se disputa a puntapiés entre dos cuadrillas de prójimos en paños menores, y les va el honor en ganar y en perder. Y no hay suceso más victorioso en esta pendencia que escurrir la bola dentro de una portería, que es puerta sólo por los quicios, pues ni se abre ni se cierra a pesar de tener portero, y en verdad es digno de verse que cuando se cuela la pelota todo el gallinero se inflama y se pone a pitar y cacarear golgolgolgol, que se dirían pavos en vez de racionales. Es lo más insólito que cause este ejercicio tanta admiración no habiendo lidias de sangre ni lance de peligro alguno para los contendientes salvo que se desvíe una patada a los compañones o reciban un pelotazo en la vista. Tiene a fe mía este juego del fútbol menos nervio que los de tabas y bochas.

Llegaron los cafés muy bien aliñados, en taza de china con platillo, un dracma de azúcar blanco y cuchareta argentina, y con ellos unos bollos cornudos que llaman cruasán, siendo así más fácil comerlo que pronunciarlo, de los que yo hice buen recibimiento en la gola una vez ungidos de mantecas y compotas. En esta jugada estábamos cuando díjome Don Diego con el cuerno en el hocico, que hacía semblanza a un jabalí cruasanero, que esta televisión no sólo muestra estos juegos de pie con bola, sino que opera a guisa de anteojo de larga vista por razón de no sé qué mágicas artes. Tal es así que por ella puédese veer lo que está sucediendo en el mismo momento en otros lugares y, aún más, que guarda memoria de la imagen y puédese veer lo que ocurrió en el pasado. Díjome además que para que se guarde así memoria de cualquiera imagen ha de catarla un ojo que llaman cámara, y diome esto a mí tanta risa que espurrié un sorbo de café y a poco bautizo a unos parroquianos de la mesa lindante.

-Cámara en mi días –dije- sólo tuvieron asuntos con el ojo del culo, que por el entendimiento que yo tengo fuera negra cualquier imagen que catasen.

Hicimos de esto gran fiesta de carcajadas, que ya nos distinguían el huésped y otros como a lunáticos. Al punto explicóme que cámaras no eran ya los excrementos del hombre, lo que se viene a entender por mierda o cagajones, y no tanto alcobas ni salones, sino unos ingenios que imitan el ojo y que son de dos suertes: las unas ven una imagen quieta, que se llaman fotográficas y han dado en parir la muy noble arte de la fotografía, que es como el retrato de estos días, como dije, y es tal su finura que los pintores modernos para no morir de hambre vense apremiados a vender chapucerías y garabatos afectando que lucen como obra de arte; las otras llaman de video a razón de lo que por ellas se vee, pues son éstas las que guardan memoria de sucesos, haciendo testigos a otros que no lo fueron ni en tiempo ni en lugar, luego que son reflejadas y representadas estas ilusiones en la pantalla de cristal de esta televisión, que las repite cual papagayo. Aparecíame todo esto contra natura, no sabría acertar si por milagroso o por diabólico, que es acaso todo lo mismo. Quiso explicarme al punto Don Diego que son todas estas industrias asombrosas fruto de unas artes que llaman electrónicas, y entendí yo que si las cosas de Electra eran ya brujería, válame Dios qué he de esperar de este Electrón.

Televisión hay para veer de lejos, teléfono hay para hablar de lejos, acaso haya telenaso para oler de lejos. Voto a Santiago Apóstol –dije- que me admira que la Santa Inquisición no ponga trabas a tales artes, que si alguien osara tener una de estas televisiones en mi siglo, no tardaría en salir encapirotado hacia la hoguera a lomos de burra y corrido a nabos, pues no es voluntad de Dios que veamos lo que no vivimos.

-Vemos lo que no vivimos, pero al verlo ya es vivencia nuestra, y ese es el mayor peligro de estos tiempos, que viven engañados por los ojos todos los crédulos, y sólo en esto se echa de menos la Inquisición, que tiempo ha que se extinguió, gracias a Dios – contestó Don Diego, y dicho esto explicóme que en esta televisión no decide quien la vee lo que ha de ver, sino que alguien decide por todos. Y es claro que este alguien tiene una suerte de poder infinito, pues todos creen lo que veen y aun siendo verdaderas las cosas que se veen es fácil enseñar las buenas y esconder las malas, y así son manipulados los hombres como títeres de feria. Es señal dello que la mayor parte del tiempo se muestra sólo reclamo de vendedores, que por pregonar así las virtudes de sus mercancías todos las creen y quieren comprarlas, y llaman a esto publicidad, que es gran paradoja pues sangra al público y favorece al privado. De tales imágenes, mañas y artificios se valen estos comerciantes que es digno de verse, pues se ha sofisticado el arte de estafar hasta tal punto que mueve a risa. En tal se muestra una hermosa ninfa en cueros vivos anunciando una puchecilla para la tez, provocando a las viejas que tienen la cara como higo picado de pájaros para que la compren y se afeiten con ella, y muchas lo harán con la certeza de que les volverá la flor al arrebol; en cual se enseña un jabón milagrosos que deja blanca inmaculada la camisilla de un niño que venía embarrizado como puerco y con buenas palabras llaman imbécil al que no lo ha de comprar; en tal otro se dice que el primo de un rapacillo mequetrefe, un matasietes de tres varas de alto, es tan fornido mancebo porque toma tal jugo de naranjas; en cual otro se aconseja a un pollastrón que anda en cacería nocturna de mugeres qué bebedizo ha de tomar para holgarse con la más juguetona y sabandija, de las que se hace inventario visual a cual más flaca de carnes y ropas; y así se disputan a cuál más ingenioso y trapacero, que hay más charlatanería y picaresca en diez minutos de televisión que en una mañana de Rastro.

Pero es peor cuando se dan noticias y aviso de lo que pasa en la villa, en el país y en el mundo, cosa que hacen cada día en horas señaladas, porque esto es sólo espejo de los políticos, que no reparan en decir más verdad que la que les favorece, y más la deforman que la informan. Tal es así que los pocos sabios destos días son tan incrédulos y desconfiados que toman por doctrina el pesimismo y entienden al revés todo lo que les cuentan. A los encargados de los susodichos menesteres llaman periodistas, porque escriben su ciencia en unos pliegos públicos de usar y tirar que llaman periódicos por salir cada día, y es profesión muy notable, entre autor y comadreja, escritor fisgón.

-Me huelga, puesto que de haber existido este oficio en mis días, yo mismo hubiera sido periodista –desto di fe ante Don Diego.

-Noble oficio es –contestó él-; tanto que el Príncipe heredero de la Corona de España dio en casarse con una de ellas.

-¿Cómo? ¿Es cometido éste de mugeres? –repliqué pasmado- ¿acaso por lo fisgonas?.

-Éste y todos –explicó Don Diego- que agora es la muger libre de ganar el sustento igual que el hombre y ya nos dan sopas en muchos cargos. Sólo curas se les niega ser, que de lo demás pueden cualquier cosa, que si ejercieron ellas con honor el oficio más antiguo del mundo, no harán menoscabo de los más modernos.

Híceme yo cruces de esto, mas no hallé argumento ninguno en contra, así que cambié de tercio.

-¿Qué me habas de príncipes y coronas? Aunque a los muertos no nos hubiesen de solazar más coronas que las de flores, dime, buen Diego, ¿acaso muerto el tirano ese de que me hablaste, volvió la Monarquía? Buen anuncio sería eso para mí, que no entiendo otra forma de gobierno.

-Volvió felizmente, discreto mío –díjome. Lamióse el café de los bigotes, como gato que acaba de embucharse un ratón, y con solemnidad y gran secreto hízome conocedor de cuanto sigue:

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Pirata
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Dio este Franco con su osamenta en tierra a edad muy avanzada, como dije, que la salud que quitó a otros toda la aprovechó él para sí. Estuvo su mojama expuesta en el féretro para los curiosos, que fueron muchos, más para veer si de verdad estaba privado que para llorarle, y tras esto sepultáronle en colosal mastaba construida por galeotes cerca del panteón regio de El Escorial. Habiendo finado el tirano sin sucesor reconocido y temiendo un desenlace anárquico, fue dispuesto por la camarilla de truhanes que venían ostentando cargos en el gobierno que se había de crear una monarquía parlamentaria, con lo que quedaban todos contentos: los monárquicos por que hubiere rey, los republicanos porque el rey no mandase, las gentes por la novedad y los susodichos truhanes porque así afirmaban su autoridad, pues era su idea que el Parlamento fueran ellos. Mas hubo entre estos algunos prudentes y discretos que supieron jugar sus cartas, y de todas ellas la de más triunfo es la que llaman carta magna o Constitución, que viene a ser la madrina de todas las leyes y tal es así que no se ha de promulgar nada que la contradiga, siendo su objeto consolidar las libertades y dignidad de todos los súbditos.

Cosa buena es si está escrita con juicio y así dicen que se hizo, pues hace a todos iguales, nobles y villanos, condes y gañanes, obispos y cómicos, almirantes y perrengues, damas y matronas, propinquos y ajenos sentando además libre albedrío de pensamiento. Y fue gran sabido que era hasta entonces delito, por muestra, que hablara catalán un catalán, que es cosa sin sentido, como prohibir nadar a un pez. Es también sabido que si se levanta una veda, allá van los perros, y habiendo sido antes prohibido renegar de la fe cristiana fueron estos tiempos bullidero de apóstatas, herejes y blasfemos; o habiéndose vetado, por excesivo decoro, mentar la fornicación y mostrar el desnudo, hubo entonces cabalgata de tetas y culos hasta el ridículo. Instauróse pues una democracia o gobierno popular, que no es tal, pues no es el pueblo quien gobierna, por fortuna, sino validos que se eligen en una suerte de feria, que es como mercado de la política. Llaman a este evento elecciones, y ocurre cada tantos años, que son cuatro, de suerte que cogiendo siempre uno bisiesto puedan jactarse los cargos de gobernar un día más. Agrúpanse los políticos para esta feria en palos que llaman partidos, nombre apropiado, pues dentro de cada peña una mitad tienen unas ideas y otra mitad otras. Está así estipulado que antes del sufragio se venden los políticos como verduleros y entran en litigio por veer quién es más embustero, prometiendo el oro y el moro y jurando en vano a diestro y siniestro, dando crédito a sus mentiras y quitándoselo a las de sus rivales.

Tales dicen que traerán más riqueza, buscando sólo la suya; cuales graznan que menguarán los tributos y aun con las arcas vacías harán grandes obras; otros prohijan a los unos mientras que venden su alma a los otros, truques y gangas de los sedientos de poder; y, en fin, todos injurian y hacen chufa a todos. No en vano llaman a esto campaña, y si se juntase por azar a unos y a otros ciertamente habría más sangre que en una militar. Es sinrazón deste procedimiento que a la sazón se eligen en el sufragio los partidos y no los sujetos, con lo que por elegir un principal o, si se da el accidente, un buen político, van tras de él sus amistades de capa y gorra, es decir, que viene Alí Baba con los ladrones apostados y por comprar un potro has de mantener cuarenta pollinos. Así, llegado el día, gana el partido a quien los incautos agasajan con más votos, que no son de pobreza, de castidad ni de obediencia, sino dictámenes íntimos que se tantean, y se completa el Parlamento según salen las cuentas. Explicado el uso, sorprende que siempre salgan victoriosos de esos plebiscitos los mismos fulanos, y esto es así porque en realidad hay apenas dos partidos en liza, que los demás son baladíes, todo aire, amor de monja y pedo de fraile. Y son estos dos uno de derechas, que se llaman de centro-derecha para engatusar a algún vacilante; y otro de izquierdas, que se llaman de centro-izquierda por el mismo vacilante y a causa desto son partido partido, pues hay un tercer partido que dicen de izquierda unida que no está unida a ellos por ser de izquierda izquierda. Esto yo entendí, que no es poco pero tampoco gran cosa, que de puro enmarañado no lo entendiere el diablo. Y si el pío lector no recordare lo que antes dije que se llama derecha e izquierda en estos asuntos, bástame decir que son los de izquierdas lo que han de sentar a la izquierda del Padre en el día del juicio, por los muchos pleitos que tienen con él a causa de ser descreídos, y son de derechas los que, por leales al Papa de Roma, creen que el Señor les sentará a su derecha, mas a muchos dellos no quisiéralos a su lado ni el mismo Judas, pues son idólatras del patrimonio.

Oí también que se dividió a España en sus regiones, otorgándoles la condición de autonomías, de suerte que cada una tiene su Gobierno, amén del de la nación, y puede darse el contradicho de que en el gobierno de la nación haya un partido y en el de la región otro, tal que no se componga la parte con el todo. Y esto es peor cuando los de la parte son nacionalistas, que se llaman así los que porfían en ser nación ellos solos y rezongan del Rey y de todos, siendo su solo argumento la pura obstinación. Y de estos los más finos son los catalanes y los peores los vizcaínos, que andan muy atareados aprendiendo a escribir el vascuence, si bien ni cifrado en pan de otro lo entendieren Salomón y los siete sabios. Andan éstos resueltos a desmembrarse de España, los más con camándulas políticas y los menos, pero más feroces, a fuerza de mosquete y pólvora, intimidando a los prójimos y asesinando a los ajenos de manera vil y cobarde. Es por esta lacra moderna que muchas gentes de bien contrarias a sus doctrinas viven despatarradas del miedo. Éstos, dicen con buen criterio, son el excremento de entre los facinerosos, y se llaman terroristas, por lo atroz de sus calaveradas, o de “eta”, como el necio balbuceo de un nene, por no saber hacer uso de la palabra, siendo vano afanarse en deliberar con ellos.

-¡Malhaya la ventura de quienes no se avienen a tolerar las razones de otros y traen la cobardía como insignia y el balazo como escarapela! –dije yo, oyendo estos sucesos-, pues es vergüenza de la humanidad que este estigma ha de estar presente en todos los tiempos. Dime, benigno Diego, ¿cómo tolera esta democracia tan oportunamente urdida y el propio Rey el azote de estos bellacos?

-No se tolera –contestó él- que son sólo fuente de odio sus execrables crímenes en todos los hombres de juicio, y tan consolidado se ve este sistema al cabo de los años que no lo hacen tambalear cuatro mentecatos con capuchón de verdugo. Sólo al principio, docto amigo, hubo quien no apostaba un maravedí por la democracia. Como muestra, te diré que un montón de alguaciles prorrumpieron en el Congreso de los Diputados a las órdenes de un bravucón con la pretensión de volver el país a la dictadura militar. Estos hicieron célebre la sentencia “¡Que se sienten, coño!”, pues con esa fórmula increpaban a los diputados más bizarros que osaban asomar la medrosa testa desde la trinchera de su escaño y todo esto se vio en cada rincón del país por la televisión. Y es notable que en la hora de más zozobra apareció el Rey en ella sosegando los ánimos de sus súbditos y alentando el espíritu democrático y la Constitución que él mismo había jurado.

Acabó pues todo resuelto por las buenas, y es esta su única gesta real conocida, que fue de grande calado en las gentes. Y con certeza te digo que tiene este Rey más planta de modesto mayordomo al servicio de sus huestes que de monarca absoluto de los de tus tiempos. Respeto impone sólo por su tamaño, amén de su imperturbable tranquilidad, pues es mastín de reyes; la mirada tiene hundida en la cara, la frente despejada y larga, casi equina, la nariz generosa, como de buen catavinos, y la boca escondida debajo. Cuando habla lo hace como si la voz saliera de muy adentro de los bofes, que casi reverbera, y al oírle da la impresión de que tiene siempre la boca llena, cosa que no es de censurar, pues si reyes no andan ahítos, mal anda el reino. Así es que los más de los españoles le guardan respeto y apego, pues siempre tiene la deferencia de felicitar las pascuas con tan sereno discurso que sólo verle inspira tal sosiego, que despierta el recuerdo infantil de cuando las ayas nos contaban cuentos a los mocosos en cálido y mullido lecho.

Vive el cielo que me estaba ya llamando sueño esta plática real y recelaba yo de dormir no fuese mi siesta de otros cuatrocientos abriles. Pagó Don Diego al huésped, despidióse, y salimos. Con el rabo del ojo eché un vistazo último a esta televisión, que por fortuna dormía entonces, pues me turbaba asaz su presencia tras todo lo que se me había de ella revelado.

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.Atarip por darnos sesión doble!!
Pero, nada más leerlo, nos dejas otra vez con la miel en los labios...
Bueno, ya queda menos para el fin de semana, y la próxima entrega...
__________________
..el mar dará a cada hombre una nueva esperanza, al igual que el dormir le da sueños...
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y yo que me había perdido este hilo!!!

todo de una sentada


queremos más, sr. Atarip
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Poco le queda ya, por lo que veo.

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Vive y deja vivir,
pero vive como piensas,
o acabarás pensando como vives.

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XIII. DE LA VISITA AL BANCO Y LOS DINEROS QUE HEREDÉ DE DON DIEGO

-Vil sería de mi parte –díjome Don Diego- no dejarte mis ahorros en trueque del favor que me has hecho concediéndome la salvación. Habrás menester, difunto amigo, de unos cuartillos para echaros algo al gaznate. Ya sabéis: “Poderoso caballero es Don Dinero”.

-Agradezco no me paguéis el favor dejándome en la indigencia –contesté-, que a mi edad de cuatrocientos y pico no me han de hospedar en la casa de expósitos. Y quedad tranquilo que he de gastarlo con prudencia, antes en sopas de ajo y vino de bayuca que en lobagantes, lechones y becadas.

Bramaban los coches por doquier, que andaba yo con mil ojos por no ser atropellado. Advertí entonces que las calles, en vez de empedradas estaban cubiertas de pez. No han de criar de esta guisa baches ni gibas, mas parecióme harto sucia la idea. Aprovechamos un vado de paso bien señalado con franjas blancas y al otro lado de la calle dimos con uno de estos templos de la modernidad que llaman banco y es dueño y amo de todo. Empujamos la puerta, que era muy tosca de acero y cristal de culo de vaso, mas la hallamos cerrada. Viendo que dentro había muchas gentes y no habiendo llamador ninguno, a falta del pomo de mi espada, di unas puñadas a la puerta al grito de “¡Ah de la casa de sayones! ¡Abran a estos caballeros, que de fiar son!”. No cayó esto en gracia de los de dentro, que miraron la escena con sobresalto y gesto de “al loco y al aire darle calle”, mas no se dignaron a abrirnos. Acercóse un fulano lobuno, porra en cinto, alguacil o corchete por las trazas, pose de matachín y aires de infanzón, y miró huraño con una ceja sola, mas tampoco abrió. Enojóme esto sobremanera y en un tris estaba de vociferar mil juramentos a esos bellacos del infierno cuando Don Diego aplacóme sonriendo.

-Mucho han mudado tiempos y modales, mi querido resucitado –y dicho esto tocó con el dedo un pitoncillo que había en la pared y al punto cantó una chicharra y la puerta abrió como por encantamiento, sin ayuda de mortal ninguno. Pasamos en silencio, pues hallábame corrido e infacundo, que en todos los ojos se hacía veer que no era yo buen marino en esta agua. Y era el corchete susodicho el que menos me quitaba ojo, más por sujeto de poco seso que por ladrón. Afectando gravedad de persona abultada hice gran disimulo de mi vergüenza y ubíqueme junto a Don Diego tras las gentes que aguardaban ser atendidas. Era este banco un lugar pulcro y bien iluminado, mas no caté dineros por ninguna parte, por lo que deduje que era sólo la antesala. En un aviso muy bien compuesto rezaba el siguiente versículo: “Tenemos los intereses más bajos”. Pasmóme la sinceridad y descarada franqueza de estos mohatreros modernos, pues en verdad no hay oficio ni interés más bajo, vil y ruin que el de exprimir las faldriqueras de las gentes honradas, y así osaban proclamarlo.

Según fueron despachándose las gentes fuimos avanzando en la disciplinada fila, hasta que dimos con unas hiniestras a modo de confesionarios donde se sentaban los banqueros tras un vidrio tan grueso que no lo quebrara un cañonazo. Recibiónos una banquera muy curiosa, con catadura de dama cubicularia, bien afeitada y peinada, los labios gruesos de color rubí que se antojaban cálidos para el amor, la caja de las muelas graciosa, las narices chatas y bien presentadas, los ojos negros y esquivos cual mirlos, la melena suelta que irisaba como azabache sobre el pescuezo, los senos que se adivinaban redondos y dulces tras el juboncillo y las manos inquietas como arañuelas. Hubiese preferido tropezar uno con ella en un baile que tras tales parapetos y hacer de tal beldad adorno para el lecho, si fuese yo unos siglos más joven, digo. Dictó mi pío protector a esta Venus que era su deseo hacerme beneficiario de su cuenta corriente. No sé si quiso llamar corrientes a sus cuentas por ser vulgares o por lo apriesa que se va de ellas el dinero. A ello respondió la hermosa que era menester mi D.N.I., que viene a ser una cedulilla con el retrato de cada sujeto. Siendo yo don sin din ni D.N.I. fuese sin ton ni son tal pretensión. Alegamos que era yo recién llegado, careciendo por tanto de documentos, a lo que solicitóse pasaporte. No quiso la mozuela creer que de donde yo vengo no ha menester pasaporte, pues allá llegamos todos indocumentados y la Parca no requisa legajo ni expediente ninguno, y así juzgóse imposible que pudiesen adjudicárseme dineros.

-Lo siento, señores, por muy zombi que sea el caballero sin documentación no puedo hacer nada –dijo. Y a pesar de no entender sus palabras fue regalo para mi reseco corazón la dulzura de su voz.

Acabada la disputa, pidió Don Diego resignado algunos cuartos mostrando sus credenciales, a lo que la banquera le dio en prenda unos papelicos de colores, con los que partimos. Iban todos numerados y grabados de mapas, estrellas y dibujos de arquitectura.

-Esto, docto amigo, es moneda de estos tiempos –dijo Don Diego-, y aun siendo papel que se lleva el viento vale y pesa como el oro y plata de tus días, pues quedó el metal sólo para quincalla y bujería. Este billete, que así lo llaman por ser papel que va de mano en mano –y mostróme uno color gamuza-, vale cincuenta monedas, que no son escudos ni ducados sino euros, como sabes, y cada euro tiene cien céntimos, que son como maravedíes de chichinabo, pues poco valen. Y he acá que te doy trescientos euros de vellón, pero has de saber que hay más a tu disposición en este banco, y de seguido te he de explicar cómo tomarlos cuando quieras, pues me temo que te resta hacer muchos papeles para vivir entre los vivos, valga la iteración.

-¿Cómo, empero –pregunté- si ya fuimos testigos de que esa criatura angelical no suelta ni gallofa sin la cedulilla que se mentó? Y es de temer que aun solicitando al punto tales documentos a los públicos escribanos, si no ha mudado mucho, como creo, el mundo, me los han de conceder cuando meen las gallinas.

-No temas, amigo difunto –respondió-. Es ironía de la vida moderna que te han de dar las máquinas lo que no te niegan las personas.

Dicho esto acercóme a una hornacina luminosa sita en los umbrales, de las que yo vide la víspera, que rezaba el lema: “Para operar inserte su tarjeta”. Desenvainó Don Diego una cedulilla sin rodela ni marco, que tenía muchas cifras, como de cábala, y su nombre escrito: “Diego Torres Villarroel”. Doy fe que la introdujo por una hendedura y el artificio la engulló de un trago, poniéndose muy contento y dando instrucciones con mucha educación. Enseñóme mi generoso amigo cómo se señalaba su clave personal, que era un guarismo secreto, tal que para no olvidarla dio en elegir el año de su nacimiento, 1694, y así lo aprendí, de modo que tocando con la yema del dedo unas piezas ordenadas que figuraban los números, el engendro daba un silbo al enterarse y solícito preguntaba la cuantía requerida. Ha de esconderse sin duda tras este ingenio una tramoya tal que entendiese qué se le dice. De esta guisa, con manipulaciones sencillas, vomitó al fin dinero y tarjeta y salimos ufanos con el botín. Ofrecióme Don Diego la susodicha tarjeta, convencido de que no le haría buena compañía en el otro mundo, y juré custodiarla a conciencia, no en vano daban sus virtudes fe de toda mi riqueza en este mundo. Maravillado de todas estas novedades, seguí los pasos de mi preceptor hasta un lugar donde nos detuvimos, pues allá esperaban como corderos numerosas gentes.

-Aquí tomaremos el autobús –dijo, como si ello fuera cosa de buen seso. Mas en lo que a mí concernía, advertido de lo que esta bestia era, temblábanme los calcañares sólo de barruntarlo.

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  #47  
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo



si no me equivoco viene ahora la continuación...
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  #48  
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Cita:
Originalmente publicado por Atarip Ver mensaje
En un aviso muy bien compuesto rezaba el siguiente versículo: “Tenemos los intereses más bajos”. Pasmóme la sinceridad y descarada franqueza de estos mohatreros modernos, pues en verdad no hay oficio ni interés más bajo, vil y ruin que el de exprimir las faldriqueras de las gentes honradas, y así osaban proclamarlo.

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  #49  
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

¡Qué agradable sorpresa! Estoy unas semanas fuera y mira lo que me pierdo.
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Cuidado con lo que deseas porque puede cumplirse
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  #50  
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

Cofrade Atarip !!
SALUT ante todo y unas rondas
Pero, con perdón ... ¿ no podrías editar todo el relato de una vez ?
¿o darme una pista de cómo conseguirlo ?

La verdad es que me gustaría leerlo de una sentada.
Entiendo que pierde el encanto pero ... se agradecería tuviera vuesa merced a bien el considerarlo.

Y más SALUT todavía !!
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