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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

Atarip, fíjate al día que estamos y nada de nada del relato.

Comprendo que te vayas de kdd, pero acuérdate de los demás y deja a un propio con los papeles de don Paco, porfi.
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

larga se nos hace las espera...

compasión, cófrade Atarip
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

XIV. DE LA VISITA AL MUSEO Y NUESTROS DIÁLOGOS SOBRE EL ARTE.

No esperamos mucho y llegó bufando el espantoso engendro, aunque unas dueñas reviejas que allá aguardaban a esta bestia hacían mil refunfuñaduras diciéndose entre ellas que ya era hora. Abrióse un portón resoplando como fuelle de fraguas y saltaron a batalla todos los de a pie. Yo receloso hice mi entrada el último, casi a puro empellón de Don Diego, que se mofaba de mi poco arrojo. Cerróse la puerta y comprendí cómo hubo de sufrir Jonás en la ballena, que tal era el brete en que me hallaba. Sacó Don Diego de la faltriquera otra cedulilla, ésta llamada Metrobús, que no hubo nombre tan espantoso ni en libros de caballerías, y la introdujo dos veces en una agalla piadora que tenía la bestia en la misma entrada. Todos los viajeros hicieron lo mismo y el cochero, agarrado a una rueda de Santa Catalina que hacía la vez de las riendas del artefacto, cataba de reojo si cada cual cumplía con su pío pío. Arrancó ligero y fue tal el restregón que, de no agarrarme unos viajeros con trazas de indianos, doy de narices en el escote de una señorona que allá se sentaba. Diles las gracias y repúseme, aunque en mi fuero interno les reprochase el evitarme tan dulce caída. Hízome seña Don Diego de asirme a unos barrotes y así hice el viaje, más prendido que en galeras, que con el meneo hacía intención el cruasán de volverme al gañote y salir en bosadilla a salpicar camisas. Vide en este viaje por las ventanas grandes fábricas y palacios, e infinitos coches y personas que iban muy apriesa, como si anduviera el diablo tras dellos. Mas ¡qué digo! Ni el diablo quisiere saber de tan nefando infierno. Así fui catando las calles de esta urbe prodigiosa, que se antojaba a mis ojos una mixtura entre Sodoma, Babilonia y la Atlántida, cuyos confines habían crecido sin duda por donde en mi siglo sólo hubo madroñas y belloteros. En llegando a una plaza con ricas fuentes y arboleda vide los rascacielos que tanta turbación me causasen el día anterior, y reconociendo lugar tan señalado dije a mi difunto amigo:

-Dime, buen Diego, ¿qué es este lugar en el que se edifican fábricas tan fabulosas y qué albergan estas torres tan altas, que al propio San Pedro dieran vértigos?

-Nada de importancia, sabio amigo. No te dejes confundir por apariencias, pues no son estas casas cosa extraordinaria, sino las intendencias donde los negociantes tienen sus despachos. Acaso hay algún hotel, que es como llaman a las hospederías y posadas de estos días. Este lugar se llama agora Plaza de España y el monumento que ves está dedicado a la memoria de Miguel de Cervantes, que se considera el más glorioso escritor que tuvo nuestra lengua.

-¿Cómo? –dije sorprendido- ¿El manco? ¿Ese sotacomitre de empacho? ¡Válame Dios y todo el santoral! ¡Por esto no hubiera dado yo un cuartillo!

-Pues quisieron las suertes de la Historia que su Quijote fuese el libro que por más ingenioso se tiene, pues bien describe el carácter de nuestro pueblo, en su zafiedad, su terquedad, su ceguera y al mismo tiempo en su talante noble y ensoñador.

-Pasmado me hallo –repliqué-. Que de saberlo hubiera escrito yo necedades y libros de caballerías en lugar de versos. ¡Carajo con el bribón, el Caballero de la Triste Figura! Y dime, amigo, que no medra en mí la modestia. ¿Tengo yo acaso monumento o me sigue maltratando la historia como lo hizo cuando vivo, que por ahorrar lisonjas a algún villano fui invitado de celda en celda y tuve luego servidas moscas y mocos para el postre.

-No temas, muerto mío –dijo con sorna-, y reconcíliate con tu modestia, que tienes estatua y con tu nombre una glorieta, que no es tanto como la gloria, pero casi, y es tu monumento mejor que el de Lope, y no hace mucho te pusieron una fuente en derredor, para que veas tu imagen reflejada, cual Narciso.

Reímos de esto y consoléme yo algo al oírlo. Luego callamos, pues en Callao estábamos, que no era un lugar precisamente tranquilo. Es paradoja.

Tras lo que parecióme una eternidad nos abajamos al fin. Pálido como el muerto que era iba yo, mareado de navegar en secano. Díjome que habían dado nuestros huesos con la calle de Alcalá, mas igual me valiera que me hallase entre las siete colinas de Roma, pues nada era lo acostumbrado para mis ojos. Era todo en derredor tal hervidero de coches que de la tostadura de sus cuescos no pude parar de toser, y en el centro de la plaza había una fontana con una estatua representando un carruaje guiado por leones, conducido por una dama que acaso fuera Démeter, Cibeles o Rea por la figura. Pensé yo si mi monumento también tendría leones y si sería así de señalado. Mas pronto desvanecióse mi vanidad a la vista de los ricos palacios en derredor de este barullo, que jamás los vide antes tan grandiosos y suntuosos. No anduvimos mucho y topamos con Neptuno, encarnado de la misma guisa que la otra estatua, aunque guiábanle jacos en vez de fieras. Mustio se le veía tan lejos del mar, y acá me dijo mi explorador que nos encontrábamos en el Prado de Atocha, aunque no aparecía ya ni prado ni atochar ni nada de lo que yo hube conocido en vida, sino grandes edificaciones, cuatro arbolotes y, si cabe otra mención de lo mesmo, grande ruido de los millares de coches guiados sin bestia que zumbaban por doquier.

Mostróme en esto Don Diego una grande fábrica con columnas, y díjome que era éste el Museo, llamado así en honor a las Musas, ya que en él se guardaban retratos y pinturas de gran valor, muchas de ellas pintadas en nuestros días y más antiguas. Díjome que eran las más preciadas las de Diego Velázquez, lo que hace justicia, vive Dios, pues muchas destas vide yo en la Corte, retratos más reales que sus Reales muestras. Díjome que había cuadros antiguos y traídos de Flandes y de Italia, y que, amén de Velázquez, se creían preciosos los espantajos que pintó el Greco en Toledo y los de un fulano muy celebrado llamado Goya, pintor de tapices, reyes majaderos, ejecuciones, cabrones, brujas y trasgos, que no pude conocer por moderno. Todo ello quería enseñarme y así marchábamos resueltos, mas cuando nos hallamos en los soportales, abrió don Diego mucho los párpados, que daban así pasmo sus ojos descaperuzados, púsome en el hombro la mano diestra, que eran cuatro dedos como sarmientos resecos y un pulgar canino, y con la zurda hizo señas al aire diciendo:

-¡Mi buen muerto, paladín de los ingenios! No has de visitar lo que ya conociste en vida habiendo en el mundo tan grandes novedades. ¡Tornemos el rumbo, que vas a veer lo que llaman arte en esta edad moderna! Vive el cielo que más revelador ha de ser para tus ojos aquello que vieren cuanto más ilustrativo de los tiempos modernos. Otro museo has de veer y no éste.

Dicho esto, guióme apriesa por el avispero de las calles a una placeta más remota, y en ella había otra casona enorme que llaman el Museo de la Reina Sofía, celebrando que tiene este nombre Su Majestad en estos días. Era esta construcción sencilla salvo en sus dimensiones, mas adosadas tenía dos cristaleras como hechas de espejuelo, tan altas como ella. Caté que las gentes subían y bajaban por ellas en gran número sin que hubiese menester peldaños ni escalas, pues iban quietos sobre una tarima que movía el mismísimo diablo.

-Una condición hay –dije amedrentado- si quieres, amigo, mostrarme los prodigios que encierran esos muros: Que no haya de subir yo por arte de esas poleas sibilinas.

-No temas, que bien supongo que siendo antiguo te diese la tarantela si subieres a uno de esos ascensores –contestó-, pero has de saber que no hay nada malo en hacer más liviano el cuerpo, que se siente al subir así que pesa éste poco más que el alma. Y has de saber que si porfías en ese recelo te llamarán los modernos claustrofóbico. ¿Cómo pues subirías a un rascacielos de ciento y tantos pisos sin cansarte?

-¡No he de subir, voto al Cielo! –dije, airado por estas mofas-, que de tantos años soterrado me sobrecogen las alturas.

Dicho esto pagamos lo que se nos dijo y nos entramos. Había dentro un patio, como de convento y, en derredor, por los varios pisos muchas salas bien iluminadas sin muebles ni menaje, de lo que se colegía que allá no vivía nadie, adornadas con pinturas pendientes de las paredes acá y allá, que las gentes iban mirando muy despacio, como si encontrasen algún regocijo en ello. Acérqueme a mirar yo mismo una de estas obras que hacían deleite de las gentes y quédeme más frío que un arenque ante lo que vieron mis ojos, pues en este cuadro no había nada más que un pingajo negro, que acaso por broma alguien había enmarcado.

-Este es el arte del último siglo –me dijo el bueno de Diego-. ¿Qué te sugiere?

-Si has de tomarme por bobo o por páparo, hazme la mamona, que si a esto llamas arte, genio he sido yo en lienzos de calzón y pañizuelo, y más lo fuese cuando usaba pañales, aunque poca memoria guardo dello.

-Mi sabio amigo –insistía-, no es mi designio hacerte ofensa ni burla. Cierto es que a muchos no conmueve, pero esto es el arte moderno. Sólo pretende romper con las doctrinas de antaño. Andan agora los artistas en busca de otros lenguajes para expresar la belleza y tan afanados están que osan atentar contra ella. Así que dime sin recelo, por favor, qué te sugiere esta obra.

-¡Por Christo, que no es mofa!

-No es mofa –dijo.

-Pues dime, amigo moderno, pues preciso tu ayuda para mi apreciación, ¿es esto retrato o paisaje?

Hízonos esto gran estallido de risotada, que nos asomaban las lágrimas a las ventanas de los ojos. Y sólo de pensar que éramos muertos tan alegres nos daba más risa y no podíamos suspenderla. Yo caí tronchado al suelo y Don Diego apenas se tenía en pie, tal era la violencia de la risa. Dionos llamada de atención una dama que allá vigilaba el buen orden de las cosas y así nos compusimos, algo corridos de vergüenza, pues con afectación recordábanos que era aquella casa museo y no taberna.

-Retrato, es retrato –dijo Don Diego al fin, entrecortado por no soltar la carcajada que le empujaba el aire desde los bofes.

-¡Pardiez, pues, que lo veo! –dije en sobresalto- ¡Y qué gran maestro! Autrorretrato es este de la sombra del ojo del culo.

Tal fue la bufonada con esta agudeza mía que se hizo menester salir por pies de la sala, como dos chiquillos que anduviesen en alguna canallada, y tan alborotados de la risa que nos costó un rato componernos.

Entramos en otra sala y pasmado seguí viendo y considerando pinturas: Unas parecían hechas a escupitajos; otras se llamaban “pájaro” o “muger” y no se adivinaba ni la sospecha dello, que mejor retrato de tales cosas hubiera hecho un ciego maniatado; en otras se veían unas formas grotescas sin ton ni son; en otras había todo tipo de desechos, suciedad y mugre pegados sobre el lienzo. Dábame vuelcos la razón de veer cómo se había perdido el buen gusto.

-Sácame de aquí, mi devoto amigo –rogué-, que ya me causa aturdimiento el esplendor de tanta hermosura.

-Un punto has de llevar la cruz todavía, Quevedo, pues algo quiero enseñarte que fue para mí revelación. Has de confiar en mí que tengo también ojos antiguos.

-Así sea.

Subimos unas escaleras hasta otra altura y así fui guiado por pasillos hasta unas piezas mayores en las que se guardaba la obra de un tal Picasso. Allá llegados, me dio Don Diego esta explicación:

-Mira con esmero estos lienzos, amigo, pues son del pintor más grande del siglo último y cabeza de un vicio del arte que se llamó cubismo. Has de saber que la deformación de la realidad viene de una licencia aleatoria pero armónica de la geometría y el color, y que si bien no figura la forma apropiada de las cosas, significa cómo se ven las cosas deformadas tras pasar por el corazón y la mente del artista.

Conmovióme la seriedad de Don Diego, de modo que fui catando los lienzos, que eran de muchos colores y pretendían acaso dar volumen como de escultura a rostros cuadrados en balde, que los más eran de mugeres, toros y caballos, figurados como en imitación de las primitivas artes de los países que habitan indios o negros. Mas éstos no tenían nada en su sitio, que se plantaba el ojo en el lugar del cuerno, los labios en la frente, los hocicos en el cogote y otras atrocidades, tal que había rostros bizcos de los tres ojos y tuertos de oreja, y a pesar del disparate se veía mucha congoja en estos rostros, lo que hube de juzgar meritorio, a fe mía. Eran todos estos cuadros ensayos de uno grande, de al menos veinte varas de largo, aciago de color, que daba la apariencia de una escena en la noche vista en el guiño de un relámpago. En este decorado retorcíanse gentes y bestias, todas cuadradas y descuadradas al tiempo, como si se figurasen en tal desfiguración grandes padecimientos. Uno parecía entremuerto con la durindaina desenvainada. Otro figuraba una muger enserpentada y toda lagrimones que tenía un desdichado zagalillo en brazos, que se hacía más difunto a la vista que al que dieron cuchillada fendiente. Otro era un toro añusgado, corniveleto y torcido de vista. Otro un rocín ferino con el gesto bilioso del que va en galopada a los infiernos y ya anda en umbrales.

-De veer esto se me abren gusaneras en los sesos –dije-, tal es la mala sangre que tiene esta pintura. ¿Es esto rapto de sabinas o matanza de Herodes?

-No hay tal cosa –saltó Don Diego-. Esto avisa del terror que sufren las gentes en la guerra moderna, que es cobarde y vil, pues no son los bravos soldados quienes caen en el frente prevenidos, sino que las bombas llueven del cielo en las casas de la gente honrada y plebeya que mueren sin honor ni defensa posible.

-¡Gravísima desgracia! Te digo en verdad, amigo, que todo lo visto hasta agora de este arte moderno no monta un comino. Borrones y gazafatos escarabajeados a mis ojos, no más. Mas este lienzo me trae tanta angustia al corazón que, conmovido, me descubro ante el artífice. Pues es bueno que escupa el hombre la hiel que tiene en el alma y no la acalle, y diga las verdades en la cara a quienes se ofendan, pues tal ofensa es prueba de la sangre que su mano esconde. Y bueno es que sea el arte la voz del doliente o de la víctima, que es siempre muda en su modestia o en su ausencia. Ya se pintaron asaz en mis días retratos floridos y copiosos bodegones para grandes amos y tiranos podridos de poder.

Y, dicho esto, hice reverencia y partimos.

.../...


Pirata
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"Te digo en verdad, amigo, que todo lo visto hasta agora de este arte moderno no monta un comino. Borrones y gazafatos escarabajeados a mis ojos, no más. Mas este lienzo me trae tanta angustia al corazón que, conmovido, me descubro ante el artífice. Pues es bueno que escupa el hombre la hiel que tiene en el alma y no la acalle, y diga las verdades en la cara a quienes se ofendan, pues tal ofensa es prueba de la sangre que su mano esconde. Y bueno es que sea el arte la voz del doliente o de la víctima, que es siempre muda en su modestia o en su ausencia. Ya se pintaron asaz en mis días retratos floridos y copiosos bodegones para grandes amos y tiranos podridos de poder"

Grande eres, o redivivo Paco !!

Dedicado a mi amigo el cofrade Rolo, por su incidente de recorrido
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limia (19-10-2009)
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XV. DE NUESTRO MÍSERO ALMUERZO Y LA NATURALEZA DE ALGUNAS COSAS MODERNAS.

En saliendo de este Museo, díjome Don Diego de Torres muchas otras cosas sobre el arte de los tiempos para mí futuros, e interesóme una tendencia que él mentó que llaman surrealismo por estar abajo de lo real, pues estos maestros no pintaban cosas de la realidad sino de los sueños. Y tal como yo fui escritor de sueños, que conté más realidades dormido que despierto, hube de confiar que fuera esto de mi agrado. Así es que vimos un par de cuadros con hormigas por doquier, pan duro, imágenes blandas y figuras obscenas de larga sombra, a modo de Jerónimo Bosco o aún más repugnante. Diome todo esto más espanto que los sueños del Dante, pues no eran estos los sueños decentes ni cabales de un hombre temeroso de Dios, sino acaso los de un lunático de mente apolillada. A mis juicios respondió Don Diego:

-Razón tienes, mi querido muerto, mas no es novedad que se tenga a los lunáticos por genios, pues esto ocurre desde antiguo.

-Mejor es esto –dije yo- a que se tenga a los genios por lunáticos. ¡Mas yo sólo he de admirar a los que me parezcan cabales, vive Christo!

-Pues ándate con ojo que, ya que lo mientes, bien se tuvo a Christo por lunático en su día.

-Demos pues por lunático a él y a todos los bautizados –dije con chiste- y celebrémoslo en alguna taberna, que ando más deshambrido que pícaro en cuaresma.

Salimos en esta conversación a la calle, o al infierno mismo, que yo digo, y nos adentramos por correderas y travesías estrechas para hacer marro a la grande borregada de coches y autobuses. Así, apartados de toda esa bulla, se hacía de menos el Madrid de mis días, con sus bestias atadas en los zaguanes, sus caballeros de espada guarnecida y calzón mal cosido, sus perros ladrones, sus dueñas maledicientes y las aguas sucias corriendo por doquier con su escolta de moscas. Tal fue el efecto que por primera vez sentíame desnudo sin mi capa.

-Vamos, amigo –dije para ahuyentar la añoranza- a aparar algo para el arca del pan, que es como llamaban a la barriga los galopines de mi siglo.

-Vamos pues, que aún no has visto nada. Te he de enseñar algo, pero me has de jurar que no me aborrecerás por mi mal gusto –dijo Don Diego.

-Lo juro, aunque me haces temer.

-No temas.

En esta intriga anduvimos un poco más, hasta una plaza muy grande y bulliciosa, que me dijeron la Puerta del Sol, mas apenas el sol era el que yo conocía, que el mío era límpido y no ahumado. Entramos en una taberna muy luminosa, que sólo se parecía a las de mis días en que había un mendigo a la puerta. Díjome Don Diego que eso era un engendro de la modernidad, uno de los peores, que se llamaba burguerquín o maldonas, que para el caso es lo mismo, y que las gentes plebeyas y no tanto suelen comer las viandas que dan en estos lares, y que se cuentan por millardas estas tabernas infames en el mundo y todas reparten la misma bazofia.

Seguimos una fila de gente, que estaban uno tras otro como si esperaran confesión, para llegar a un bufete donde estaban los taberneros y mesoneras, que eran varios e iban uniformados como de lacayos. Llegados a este sitio nos despachó una dellas, zagala de pocos abriles, leonina de catadura, con una perla en el flanco de la nariz que se diría moco desdeñado, el cabello enrubiado con lejías y sahumerios, tocada la testa de un gorrito bobo que todos lucían. A su solicitud contestó Don Diego que quería papas grandes, cervezas para dos comensales y dos hamburguesas. Al punto la joven mesonera hízole burla, repitiendo sus voces como beata que lanza plegarias al viento, y se fue a sus cosas.

-¡Me turba tanta insolencia –dije airado y corrido-, que no la vide ni en gorronas de burdel! ¿Acaso no le infligen respeto a esta servil mesonera las nobles canas de un anciano caballero?

-No te exaltes, mi amado y sabio amigo, que este es el respeto que se debe en estos tiempos, y no hay ofensa, que ella hablaba por ese micrófono con la cocina y así daba comanda de nuestras viandas.

Era este micrófono que decía Don Diego apenas un palitroque, que a un cuerdo jamás hubiera inspirado conversación ninguna. Púsonos al fin una escudilla de color bermejo en las narices y fue echando en ella todo lo pedido en un abrir y cerrar de ojos. Pagó Don Diego y fuimos, escudilla en mano, a una mesa pringada de salsones. Limpiamos lo manchado con unos pañizuelos que había y sentámosnos a meter el hocico en los manjares.

-Muy delicado no ha de ser el banquete –dije-, pues al punto que lo solicitamos lo cocinaron.

-Bien dices, Quevedo, pues esto es lo que llaman comida rápida. Tanto ha perdido el hombre la razón y el paladar en estos días que en lugar de disfrutar pausadamente de los placeres de la mesa, muchos ven la obligación de comer como una molestia mundana, y dan gusto al estómago sólo a regañadientes, despachándolo en un instante para que no les robe tiempo de seguir en sus asuntos.

-¡Grandísima estupidez –apunté-, que el hombre no coma por atender sus negocios! ¿Pues no son los negocios los que le dan el pan y la longaniza?

-Así es, sabio amigo, y en este círculo a toda prisa vive su sinvivir el hombre moderno.

-Mal me parece. Ríome yo de eso: siga siendo mi corazón antiguo y mi estómago dichoso. Veamos.

Abrimos con pulcritud los estuches que había en la escudilla. En uno, como un sobre, encontramos cuatro astillas de papa y en otro, mayor, estaba la tal hamburguesa, más envuelta que un rorro en pañales. Antojábaseme esta hamburguesa como un pastel de los de mis días, pues había entre mórbido pan un par de pamplinas y un ochavo de libra de carne majada, que igual podía ser de res que de reo, vacuna vieja que canina o gatuna. Puse las narices y no me llegó indicio de aroma ninguno, ni bueno ni malo. Puse la oreja y no le oí maullar. Embestí un bocado pues, mas no con arrebato, pues no daba para muchos y temía que en dos atacadas me quedase sin ello. Así hamburgueséme todas las fauces, y sentí que era esta bazofia más blanda de lo que quise creer, comida de viejas, y sentí que me sabía la carne a vinagre y di con un par de tropezones que acaso tuvieran aún vida. Al ensalivarlo se me ponía la lengua de perro, llamando a la arcada a voces. Viéndome disgustado, ofrecióme Don Diego la cerveza, y no fue más que asir el vaso en el ansia de ayudar el trago, que se me deshizo éste en las manos, pues el cristal era blando de puro falso y no hizo sostén a la fortaleza de mis dedos. Derramóse el líquido por mis ropajes, tal que apenas pude catarlo. Viéndome enojado, brindóme Don Diego de su vaso, asiéndolo él sin peligro, y así tragué el bocado inmundo. Y Dios me libre de repetir la hazaña.

-¡Válame el cielo, Quevedo! –dijo Don Diego, riéndose como un malandrín- ¿Acaso cató Sócrates la cicuta a quijada llena? ¿Y no ves que el vaso es de plástico?

-¡Válate a ti la broma el infierno, Don Diego, y allá te sirvan los diablos hamburguesas por arrobas en menaje de plástico, y sea comida tan rápida que no te dé tiempo a cagarla. Y cuando te pregunten qué pecado purgas, responde que el de marmitón de cabronadas.

Así fui refunfuñando un rato, hasta que pasó el enojo, pues bien había jurado no hacer bilis negra de lo que Don Diego me mostrase. Aplaquéme catando papas, que era cual mascar leña por lo insípido, hasta que Don Diego concibió el proyecto de echarles un adobo malsano que llaman quéchup, que se antoja sangre en cuajo por el aspecto, mas por sabor viene a ser como melaza en vinagre. Hice remilgos y quedé ayunando, mas no por piedad sino por asco.

-No he de hacer encomios de estos alimentos modernos –dijo Don Diego, que no dejó una miga de toda aquella inmundicia- mas uno se hace a las costumbres.

-Dios me libre. Si has de abandonarme, amigo muerto, espero me concedan tus dineros unos puercos para matanza, pues mala ventura son estos aciagos días para mi estómago.

-No temas, -dijo él-, que mis dineros te han de dar la matanza hecha a tu antojo en cualquier mercado, que son como los de tus días y aún mejores que lonjas y alhóndigas. Llaman a algunos supermercados e hipermercados y te digo que en verdad merecen el nombre, que es más de lo que soñó Salomón todo lo que se ofrece al que tiene dineros en estos tiempos.

Con estas esperanzas, ayunado empero, abandonamos este tal maldito maldonas, atravesando unas puertas que me trae sin cuidado fuesen de cristal o de plástico, pues en mi mente sólo cabía el anhelo de salir por ellas. Anduvimos otro poco por calles muy vistosas y atestadas de gentes, regalándonos la vista con los colores de los bazares y aún más con el pasar de las mugeres, que eran algunas dellas muy donosas y muchas dejaban desnudos los hombros y piernas, y las más jóvenes el vientre y la cintura, como para incitar al varón a lujuria. Mas prevínome Don Diego que esto era engañoso, que no osara tocamiento alguno ni quebranto si no quisiera tropezar con un cachete en la jeta, y que las leyes de cortejo y halagos a la hembra para conseguir sus favores seguían tan vigentes o más que en nuestros siglos.

En estas conversaciones estábamos cuando un pálpito del infierno, como si se le saliera el corazón a la tierra de sus entrañas, nos dio sobresalto. Era este sonido como de bombo y bombarda, muy acompasado, y se sentía como martillazo de fragua dentro de la cabeza. Catamos que de un coche venía este tambor faraónico y faltóme calle para huir.

-No temas –dijo Torres-, que música es lo que viene.

-¿Música? Los cuescos de Satanás hacen más regalo al oído en tono y armonía.

-Difunto amigo –me dijo-, has de saber que la música popular ha sufrido grandes mudanzas desde tus días. Esto es lo que bailan las gentes en salones que llaman discotecas, y si esto te parece ensordecedor, colige que no has oído en tu vida trueno ni cañonazo más rabioso que la música que esta gente baila. Pues has de saber que ya no hay jigas ni chaconas ni contrapasos, pues todo sigue el mismo compás, que es este bum bum que oyes y, para más novedad, te diré que no se baila en pareja, con lo cual has de dar por perdido tanto el arte que en ello hubiere como la pícara elegancia en el cortejo de la dama, y al cabo es más afín esta ceremonia a la que hacían los infelices primitivos en sus fiestas paganas.

-Me asombras –dije. ¿Es en verdad tan triste esta mudanza?

-Disculpa si exagero. No es tal la tristeza. Son los cánones del mundo moderno los que dictan estas modas. Pero has de saber que muchas hay a elegir, y no todo es orgía de diablos y afrenta a los sentidos, aunque sí he de decirte que todo viene escrito por los intereses de quienes perfilan el mercado. Lo que quiero decirte, muerto amigo, y seré breve, es que surge un músico, que los hay muy diversos, desde los cantautores, que son como los ciegos de tu siglo, hasta las estrellas del pop o del rock –interpreté yo estas apelaciones a la onomatopeya de los estacazos y rasgaduras que sonaban en tales fanfarrias-, que son tan célebres como los capones y rolandos de otros días, y cada cual vale tanto como vende, y éste es el vicio. Pues igual que un poeta vende sus libros, hoy los músicos venden sus murgas enlatadas, tal que quien lo compra puede oírlo en su casa mil veces si desea, con la misma claridad que lo cantaron, tal y como si tuviera la charanga en su alcoba.

-¡Jesús Christo! ¡No lo adivinara un zahorí! ¿Como por encantamiento?

-Tómalo así. Y te digo que es esto digno de averiguarse, pues ciertamente los músicos se valen de distintas artes, más diversas que esto que agora oyes. Tal es así que cada una tiene su historia, pues unos tañen guitarras, otros dulzainas, otros ingenios electrónicos, que pueden imitar cualquier sonido, y se considera que muchos de estos trovadores estridentes son los poetas de estos tiempos y cada cual tiene sus favoritos.

Yo no entendí mucho de estos prodigios, mas pude desprender destas palabras que ha descubierto el hombre cómo guardar los sonidos y las voces igual que se guardan los pensamientos en el lenguaje escrito. Parecióme esto atroz por lo increíble, mas aún me restaba algo más pasmoso por veer, pues pronto caté con mis proprios ojos cómo podían guardarse imágenes de cosas fabulosas y así lo contaré a quien siguiere leyendo.

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Pirata
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Esperaré el siguiente capítulo, aunque sea en un restaurante infernal como el que describe.
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XVI. DEL ARTIFICIO QUE LLAMAN CINE

Corrían ya horas de tarde, tal que hube de recordar a Don Diego de Torres que aún le restaba enseñarme un cinematógrafo, ante lo que anduvo en deliberaciones, pues no acertaba a averiguar si debíamos veer tal o cual película. Dijo él que eran más de su agrado las antiguas, pues ya no se hacen tan ingeniosas, que se repiten como el cebollino y buscan el artificio huyendo de la belleza en su sencillez. Sumido en la más obscura ignorancia, yo mostréme dispuesto a cualquiera película, que cuando es buena dicen peliculón, aún temeroso de que tuvieran estas cosas semejanza, por la voz, con los pelos del culo.

-Vamos pues a la Gran Vía –dijo resuelto tras largas cavilaciones-, y busquemos allá una de fábulas de caballerías que ganó hogaño muchos laureles y de la que se hace mucho encomio por su buena ejecución. Ha de ser más comprensible para ti, amigo difunto, ya que trata de cosas fantásticas, intitulándose algo del retorno de tal o cual rey, lo que ha de ser solaz para un monárquico de pro como tú.

-Hágase –dije. Y fuimos.

Era esta Gran Vía lo que dice su nombre, doy fe, con palacios grandiosos en ambos paramentos y mucho bullir de gentes que corrían como hostigadas acá y acullá. Algunas de las fábricas tenían los cartelones que figuraban las películas, y eran éstos los corrales o tablas donde se mostraban, que se llaman cines, por apócope de cinematógrafo. Yo había visto este paraje desde el madito autobús, mas agora sobre mis pies aparecíame más grandioso. Fuimos a uno de estos cines, el más señalado. En una de las proclamas gigantes, que encubrían todo el alzado de la fachada, se leía algo de un tal Señor de los Anillos, y este era el cuento que veríamos. Compró Don Diego en un ventanuco las cedulillas que daban paso y, dentro ya del atrio, unas palomitas para gazmiar. Desalentóme que tales palomitas no fueran pichones estofados, sino cosa ligera. Diéronnos un badil y de la paloma apenas las plumas debían quedar, pues nada pesaba. Probámoslo y era cosa reseca y resalada, como quien masca papel de pliego, mas mataba la gusa y dilo pues por bueno.

Nos entramos a un salón obscuro, con asientos como para unas quinientas nalgadas. Eran éstos mullidos y lujosos, no como aquellos escabeles de los corrales de comedias de mi siglo, y miraban todos a un escenario oculto con tapices bermejos. Fuimos a nuestro lugar, estorbando a unos que ya estaban sentados, pusimos el culo y allá aguardamos, oficiosos. No esperamos mucho cuando empezó a retirarse el cortinón por arte de duendes y sobresaltóme un estruendo como de fanfarria, tal que di un brinco que a poco me salgo del calzón y se me saltan los pulsos y los humores del cuerpo. Al compás de esta charanga, que aterrase al mismísimo Orfeo, bailaban unas letras y unos colores en el retablo que se descubría.

-¡Atruena esta película, vive Santiago y toda la Orden! –dije corrido y sofocado del estremecimiento.

-Chitón, que no es película –apuntó Torres-, que es el muvirécor. Es señal de que empieza en breve lo que venimos a ver.

Callé, y vide y oí, y allá nada pasaba, salvo que unas voces como de coro de clarisas cantaban con descaro sobre el atronador soniquete: muu-virécor, muu-virécor, al tiempo que se seguían destellando luminarias de varios tonos. Dieran esto en mi tiempo por despensa de exorcismos y fueran todos los artífices dello encapirotados a la hoguera. Salieron luego las estrellas, que acaso fuesen las célebres estrellas de cine. Iba yo ya aturdido cuando me señaló Don Diego que comenzaba la película, y así fue. Quisiera cocer palabras para narrar lo que allá vide, mas no tuvieren tantas ni Plinio el Viejo ni los cuatro evangelistas a coro. Quedó al fin todo obscuro, como boca de lobo en campo de sable, y sobre aquel tablado se arrojaban hechuras de parajes y personas como si pudiera uno tocarlos, tan pronto andaban cerca como se veían de lejos, y cuando platicaban ellos, relinchaban sus bestias o chocaban sus espadas, sonaba todo como si lo hiciesen a un palmo de la oreja, haciendo al que eso catare u oyere testigo vivo de lo que sucediere. Contaba esta fábula unas batallas ilusorias, y se figuraba que el tiempo pasaba más apriesa que en lo real, pues amanecía, se hacía medio día y atardecía en un punto, acababa una hazaña y empezaba otra sin dejar respiro. Y en estas escaramuzas caballeros, magos barbudos y sibilinos, enanos contrahechos, trasgos y demonios se ensartaban unos a otros sin ton ni son, pues yo no entendí bien los pleitos que se tenían unos con otros y todos con el sortijón que les sorbía es seso.

Y confieso que transcurrían los hechos con tanta veracidad en la apariencia y tanto estrépito, que al acometer los unos contra los otros diríase que hacían en mi estragos, salpicándome vísceras, sangre y humores encima. Arrebozábame yo con los brazos, temeroso de tal violencia, cuando esto ocurría. Unos eran pura verruga de asquerosos, y éstos eran viles y cobardes, y por tales les temían los caballeros, que eran de porte noble, aunque desaliñados de fachada, el más bigardo dellos era rey en el destierro y gozaba (o sufría, no me quedó claro) los favores de una ninfa y la lealtad de otros adalides, más bien lampiños y, al fin y al cabo, como en tantos cuentos de vieja manidos ya en mis días, era su empeño limpiar su país del mal reinante. Tenía yo la boca tan abierta que me volaban las palomitas della, y casi me cago en los gregüescos del miedo cuando vide llegarse a mí silbando desde las fraguas del infierno unas quimeras voladoras, como dragones de leyenda, que llevaban caballeras a unas ánimas enmantadas, más enlutadas que papo de viuda. Viéralas San Jorge y no hubiera tierra para sus pies.

-¡Por Christo! ¡Vade retro, cabrón! ¡Voto a Judas! –tales cosas dije y otros juramentos, en el fragor de la ilusión, y al punto me chistaban Don Diego y otros, molestos por mi imprudencia. Tan cierto era el delirio que se me presentaba que hube menester advertir a puro grito a los leales caballeros y a unos enanos incautos del peligro que corrían, con tantos íncubos, sabandijas y demonios rabiosos sueltos por esos mundos, mas susurróme Don Diego que nada de lo que yo ni nadie hiciese valdría para mudar la historia, pues sólo éramos espectadores de esta visión sin parte en ella, y que los que veía eran comediantes fingiendo sus tramas. Así que atranqué la boca, dejando a los desdichados figurantes al albedrío del destino. Es cosa portentosa ésta que te hace sonreír, al punto llorar o al punto enojarte o indignarte, situándote tan pronto en el fragor de la cruel batalla como en la intimidad de los amantes, jugando así con el espíritu del que lo mira, aún a sabiendas de que no es más que pura fábula lo que se observa y se oye.

Tardaron aquellos pleitos en remediarse una eternidad, que ya contaban por cientos los nobles y villanos muertos y no sé cuantas horas pasaron hasta que cesó la tempestad y recularon al averno todas las creaturas bestiales y pasó el mal trago. Entendí que tocaba la cosa a su fin cuando sonó una melodía y se desguindaron de lo alto mil letras en sabe Dios que guarismos, acaso ingleses, con créditos, saludos y epílogos al discurso. Confuso, aturdido y cansado de tanta gatatumba, la cabeza palpitando como yunque de herrador, apenas me encontré fuerte para orinar en las ricas letrinas que allá había y, ya en la calle, hice de la luz del atardecer obsequio para mis sentidos al verme por fin salir en desbandada arrastrado por toda la muchedumbre.

-¡Ay de mi, Don Diego –dije-, me atormenta la testuz cual si hubieran galopado de veras esas manadas de monstruos por ella!

-Has de contemplar conmigo –díjome grave- que es gran prodigio esto del cine, muerto mío, y darme la razón en que es lo más cautivador que ha preparado el hombre moderno. Has de saber que esto que has visto es alarde de efectos especiales, que así llaman a esos trucos que te hacen creer que tales bestias vuelan y a tal fulano le abren en canal, y tal ciudad se quema o se derrumba, mas queda todo en fuego alquímico y cuento de cuclillo, cosas de viento a la postre. Mas otras películas, aún en la ficción, figuran realidades e injusticias que ocurrieron, y es su gran mérito estar bien documentadas, dando fe de los hechos sin echar a volar la fantasía, y éstas bien merecen una jaqueca. Y aún otras, siendo puro cuento, alumbran historias tan hermosas que son dignas de verse y se disfrutan tanto como un buen libro. Y tal es esto que se hacen los libros de las películas y las películas de los libros, así se han hermanado ambos oficios, la literatura y el cine, al que llaman la séptima de las artes. Y te digo que habiendo sido parido el cine del teatro, como lo fue, hay películas de comedia y películas de tragedia, y entre ambas las hay encomiables. Mas es para los amantes del cine gran desconsuelo que se acabó convirtiendo éste en industria lucrativa, y agora se vende basura por cine, siendo las comedias tristes de veer por majaderas y las tragedias más alegres por ridículas. Y lo peor, vista una, vistas todas. Y así y todo hacen más dineros con ellas que padre de putas. Es paradoja, pero he de decirte que cuanto menos abanderada sea una película, menos público tenga y en menos salas se exponga, mejor será para tus ojos y tu inteligencia. Y no dejes de veer esas películas según mi consejo, mi docto amigo, pues no dudes que de haber nacido en estos tiempos, parte de tu tinta se hubiese gastado en crítica de cine.

Así escuché de mi tutor estos sabios consejos y sentíme agradecido, con el gusanillo de acercarme a catar otras películas. Atardecía ya, y anduvimos en estas pláticas por la Gran Vía abajo, a contracorriente entre el aluvión de gentes de todos los colores, curiosos de las cosas que se ofrecían. En un punto nos vimos lamiendo un helado que negociamos a una vieja, y era esto como las nieves de mis días solo que más empalagosas y engullipantes. Vide así en un soportal un comerciante de sombreros, entre otras bagatelas. Los más eran ridículos, de los que llaman gorras, que son un capuz para la colodra del cráneo con un resguardo para apartar el sol de los ojos, mas alguno era de ala, aunque poca y sin pluma, no fuese que echase a volar en una ventolera, y quise yo uno destos. Pagamos lo estipulado con billetes al uso y fuimos, yo cubierto al fin. Había empezado a regocijarme de la cara ociosa de esta vida moderna, tan exuberante, tan pródiga en novedades, mas añoraba en ella un ápice de sosiego.

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Pirata
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¿Va a subir a un avión don Francisco?

Sería digno de ver.
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Este último capítulo, me ha encantado!!

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XVII. DE LA ASUNCIÓN DE DON DIEGO DE TORRES

Nos llegamos al pie de los rascacielos, grande maravilla, al pie del arroyo de Leganitos, que debía discurrir agora más enterrado que yo, y allá reparé más templado en el monumento a Miguel de Cervantes. Allá estaba él, engolado y pétreo, se diría al pie del faro de Alejandría, rodeado por doquier de figuras de busconas de sus entremeses, y al lado del megalito, su Don Quijote de La Mancha en grotesca pose sobre su rocín con su goruendo escudero a lomos de un pollino todo esto tras una rica fontana, en la que reflejaban sus figuras, como si en La Mancha hubiese en lugar alguno tanta agua. Dábase así la eternidad a tal bufonada.

-Por tu gesto, mi admirado Quevedo –recobróme Don Diego del trance-, veo que no apruebas tal despilfarro de trofeo para el ingenio de Cervantes.

-No he de hablar desto agora otra vez –dije-, mas confieso que no tuve jamás humor para leer esta parodia.

-¿Cómo? ¡Válame el genio de las letras! Como tutor tuyo que he sido en este mi día postrero en la Tierra, y para mi orgullo lo digo, te he de dejar unas tareas. Leerás el Quijote y los comentarios que luego sobre él hicieron algunos sabios modernos.

-Así lo haré –dije, no sin refunfuñar.

Caía la tarde en gozosos tonos púrpuras y cayó el helado en el gañote. Yo iba temiendo que Don Diego se viera libre de sus cometidos y con las horas del crepúsculo se largase en la barca de Caronte, dejándome desamparado a merced de las desventuras de esta quimérica modernidad. Afligíame agora de haber expiado sus culpas benévolamente, dándole alas. Si volaba con ellas al cielo por pío o al infierno por cabalista emplumado no fuere de mí incumbencia, mas doy fe que en tal punto no hubiese querido darle ese gusto. Yo sumido en estas cavilaciones y Don Diego silbando alguna estrofa, diríase un Agnus Dei, fuimos subiendo un cerro, donde la atardecida se recibía espléndida. Había allá unas ruinas desenlucidas y vetustas, que no debían serlo tanto si yo no las vide en mis días. Diome Don Diego estas ilustraciones dello:

-Esto que acá ves agora, mi admirado Quevedo, es un templo pagano que trajeron del Egipto a esta la montaña de Príncipe Pío.

-¿Hay tal? Me huelga, más no cabe en mí más pasmo.

-No preguntes cómo llegó acá desde el África, que es enojoso de contar, pues no se mueven por arte de birlibirloque de sus asientos los templos cada jueves, como has de figurarte. Mas si el azar lo hubo de traer acá desde el sagrado Nilo, gocémoslo. Es para mí éste lugar muy señalado, pues se saluda al sol en su extinción tal como lo hacían los antiguos, aludiendo a la muerte, y veían ellos esta salutación como cosa sagrada. Algo grande y glorioso había, mi gran sabio, en esos mitos y cultos hoy perdidos. Paradoja es de estos días que cuanto más se averigua de secretos que el tiempo había sepultado, menos se interesan y emocionan las gentes con ellos. Mira en derredor, todos ociosos, ignorantes del astro que se apaga, de ese último rayo que dará paso a las tinieblas. Y hoy las espero eternas, pues si he de vislumbrar luces quiera Dios que sea en la otra orilla de la laguna Estigia.

Decía esto Don Diego de Torres con grandes lagrimones en sus ojos de galgo centenario, no supe si de gozo o de congoja. Habíase quitado el sombrero como en duelo y agora sus crines blancas caían sobre sus hombros, figurando un rabino sayón, o acaso un musmón o una borrega vieja. Yo supe turbado que esto no era sino antesala de su despedida. Habíamos llegado a unas verandas en la trasera deste templo y él se asió a los balaustrillos del mirador como si le fallara el aliento.

-Creían estos egipcios antiguos en su sublime obcecación pagana –siguió sermoneando- que sus almas iban embarcadas por el Nilo al reino de los muertos, y así engalanaban a las momias de sus difuntos y las regalaban con bienes para que hicieran buen viaje. ¡Ya sueño con la quietud de las aguas que conducen mi alma en larga travesía! Llegando a los umbrales de este reino soberbio, había un juicio, donde el implacable Osiris, dios de los muertos, pesaba el corazón del difunto. Agora, mi sabio amigo, que has quitado tan gran peso de mi corazón con tu perdón generoso y desprendido, sé que será éste más ligero que una pluma.

-¿No fue la ligereza de tu pluma la que te tuvo penando, necio?

-No caben burlas. Es mi hora. Ya me privo de esta vida de muerto.

Y dicho esto, tomó aire, o casi se diría que lo bebiera, e hízose un fulgor en derredor suyo, como si le acariciara la aurora, y se le volvían los ojos como si quisiera verse la nuca por de dentro.

-¡En mal día! ¡Tente! ¡Detén, ocioso, tu postrer parasismo! ¡No me desampares, voto a las Parcas!

Dijo esto ya como sin pálpito. Doblóse en mis brazos el desdichado y quedamos en pose de descendimiento de Nuestro Señor de la cruz, haciendo yo las veces de María Magdalena.

-¡Revélame al menos, por piedad, cómo he de seguir tus pasos, que no quisiera se demorase un punto más mi penitencia en este maldito futuro de mil diablos!

-¿A alguien ofendiste con porfía en vida? Despiértale con rezos, ensalmos y artes mágicas si hubiere menester, y si te haces con su perdón de buen corazón, como yo hice beneficio del tuyo, podrás designar tu hora y descansar en paz –dijo esto muy pausadamente, aciguatado, alzando un dedo que ya era palo, entreabriendo los cárdenos labios, que se ajaban como el esparto viejo, la lengua comida de gusanos, y un hálito de albañal tan hediondo que tumbara a los cuatro jinetes de un vuelco. Dióme asco, mas rígido estaba yo del pasmo y no acerté a moverme. En un punto cesó el albor que le envolvía, sopló una ráfaga todos sus cabellos al viento como guedejas de esquilar, hízose jirones y polvo el ropaje y quedó la calavera sola, mirándome las cuencas vacías. Dábame esto grande escalofrío, tal que del temblor desarmóse la huesamenta y quedó desparramada por el sitio, haciendo golpeteo como de casquijo en el pavimento, lo que llamó a la curiosidad de las gentes. Corrido, dejé el muerto desatendido y sacudíme el polvo de camisa y calzas.

-¡Arredra, Quevedo! –díjeme, santigüeme y a los curiosos díjeles: Mi compañero no se encuentra bien, le ha dado un aire, ya pueden avisar a una reata de médicos y otros tantos boticarios. Cura no hay, mas a un sacristán pueden dar la voz –y huí lo más presuroso que pude, tan resuelto que a la pata coja no me alcanzara un corcel.

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Pirata
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No sé por qué me dá, que ya sé a quién ha de despertar...a un cordobés)
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Felicitaciones...un hilo rebosante de imaginaciòn...de la buena.

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Estooooo, miraaaaaaaaaa, y siendo hoy dia nueve del mes de los santos.. no habrá nueva entrega?

es que ya me corroe el seso...

para todos.
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Es inutil. Debe estar de puente y no nos hace caso.
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Vaya, no es por forzar al artista, pero tengo un mono....
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XVIII. DE MI VIAJE A CÓRDOBA

No es ley de Dios que a un cristiano le saquen de su sepultura para darle tanto disgusto. ¿Perdí mi turno en el infierno y agora está tan lleno que no cabe un alma, negándoseme torturas cordiales y condenándome a estas visiones? ¿Qué impiedad, qué vileza cometida, por muy pecaminosa, merece este castigo de morar en un día que no me es proprio por naturaleza, de veer con ancianos y tristes ojos cómo el mundo bastardo que quedó atrás ha parido un mundo mil veces bastardo? Maldita mi fortuna. ¡A tantos corrí con mi pluma! ¡Hubiérales cerrado a lance de espada y no hubiere tan grande matasietes como Quevedo! Bien me quitaría esta regalada vida falsa si de algo valiese, mas no hay cómo.

En estas cavilaciones vide que andaba sobre un puente de grande altura, que volaba sobre una cuesta que se me antojaba por la orientación la calle de Segovia. Inspiróme esto la idea de saltar cobardemente, tal que así me despojara desta vida en muerte, mas algún bastardo impío con los penantes había puesto unos cristalones, tal que el impulso suicida fuera vano. Ofuscado por esta flaqueza y el deseo de volver a ser muerto, vide venir tras de mí a uno de esos horribles autobuses, con las linternas encendidas como ojos y rugiendo, en la apariencia de una bestia fabulosa, e invitóme a saltar a sus fauces y poner fin a este mal sueño. Así hice, en un lance certero, y crujióme el macilento engendro todos los huesos con ruedas y ejes, dándome mil vueltas con la panza y retorciéndome los miembros al tiempo que chillaba como pollo de cuervo en pelos malos. Paróse y salió el cochero con muy mala color. Yo vime allá tendido y descalabrado de pies a cabeza con grandes dolores y creí estar en el buen camino de regreso a la sepultura. Vide con el rabillo del ojo que el cochero de este autobús y otros caballeros de a pie me amparaban en mis estertores, al tiempo que cesaron en mi entumecido cuerpo todos los dolores y dime por dichoso de estar bien muerto. Acaso a razón desta dicha di en un sonriso, satisfecho de mi suerte, y al fin en alguna carcajada, como si la guadaña de la Parca me hiciese cosquilla en el infausto tránsito.

-¡Se ríe el tío! –rebuznó alguno. Abrí los ojos y vime con aliento.

-¡Vivo sigo, por Santiago! –dije, nublando el gesto con enojo, pues supe entonces que fuere en vano matar a un muerto, que aún despiezado habría de seguir penando. Púseme en pie, vime sucio, haraposo y vejado, como un zarrapastroso. Ningún testigo quería creer lo visto, tal que alguno mentó que era milagro. Fueron todos a sus menesteres y yo quise seguir mi camino, corrido y majado como iba. Dictó el destino que uno de los que me atendieron fuera el padre Zanca, pues todo esto ocurría cerca de su parroquia, quien reconocióme al punto, y censuró el mal uso que daba a sus ropajes, deshechos de puro guiñapo y desgarrón al cabo de tal penoso episodio.

-Pero hombre, ¿qué hacía usted debajo del autobús? ¿No le pareció bastante emparedarse en la iglesia? –dijo burlón el devoto.

-Pío amigo, nada creas menos de lo que vieres. Cierto es que quise quitarme la vida, mas vano es rectificar la letra que Dios ha escrito. Digo esto y doy fe.

Todo esto dije con grande resignación y franqueza, en la consciencia de que habría de ser larga mi expiación.

-Es usted un caso perdido –dijo-. Ande a la parroquia que le doy otras ropas.

Y fuimos al nefasto lugar de mi resurrección.

-Dígame padre Zanca –dije ya en la sacristía-, ¿cabe constancia de que acá yacieran los restos de poetas antiguos, como, digamos, el grande, notable e ingeniosísimo de Francisco de Quevedo?

-¡Y dale! No me cabe duda que ha de ser usted familia suya. Verá –explicóme-, quiso ser esta iglesia de San Francisco el Grande, erigida en el solar de la Venerable Orden, panteón de hombres ilustres porque no había en la capital tal cosa, como era moda en Francia, y trajeron acá a Quevedo y a otros, mas quedó todo al fin en agua de borrajas y consta que los féretros se devolvieron a sus lugares.

-¡Ah, políticos cabrones! No han de contentarse con turbar la paz de los vivos, que han menester molestar también el sagrado sueño de los difuntos ¡Malditos necios hipócritas, facinerosos, viles, fariseos que honran a los muertos sólo cuando pueden vendellos! Tuviéronme encerrado en vida y luego de muerto dedicáronse a pasear mi pobre y desnudo esqueleto para vestirlo de patria. En esto no ha cambiado el mundo un ápice, mi buen clérigo, que han sido siempre majaderos los hombres de estado, pues el poder envilece al más honesto y la codicia pudre al más sabio.

No cabía en mí el mal genio que me trujo tan mala ventura. Vestíme como me dijo el fraile y al cabo póstreme ante el altar, sombrío, escarnecido, desalentado y abatido. Compúseme al cabo e hice oración, susurrando, en súplica delirante a la Virgen María, Jesús Christo y el magnífico apóstol Santiago, a fin de que éstos diéranme un recurso para vencer la eterna paz anhelada, si no la gloria.

-Ave María –dije a ésta-, mal cristiano he sido, obstinado en la burla, mas ¿no fue mi embate contra los vicios malsanos, contra la mentira y la hipocresía de quienes pecaban en vuestro nombre? ¿Acaso os deshonré a vos en un punto? ¿Acaso os hice falta alguna? Vanidades veniales tuve, mundanas debilidades, todas confesadas, pecadillos de la carne. Observad que vírgenes no toqué en vida sólo por no ofenderos.

-Padre Nuestro –dije al otro-, vos no sé si habréis de entender mis pesares, pues si tanto padecisteis clavado en el duro leño hasta la séptima palabra, luego de resucitado fue todo alfombra de rosas y al punto ascendisteis a los cielos sin más traba. ¿Cabe en vuestro divino corazón piedad por este resucitado que lleva su cruz después de muerto y no se acuerdan los ángeles de bajar por él? No mires los yerros que hice en vida, que ya pagué por ellos siendo testigo de este porvenir aciago.

-Santo Apóstol de España –dije al tercero-, tampoco a vos quise ofender llevando vuestro signo en el pecho. Sabed que si enseñé a alguien la espada no fue por baladronada ni por codicia, que fue por cortarle la lengua al blasfemo en defensa de vuestro sagrado nombre, dar castigo al infiel y honor al reino que apadrinas, o acaso por torpe embriaguez alguien se recibió un chirlo en evocación de agravios que me hizo. Ladrón no fui, que si a algún infeliz tomé la bolsa a golpes, bien sabes que no fue a golpe dado sino a golpe de dado y de naipe, y bien que hice dispendio en limosnas a tu parroquia con lo ganado. De estas bribonadas de chiquillo hubo perdón, ¿o acaso no hubo tal? ¿No fueron sinceras mis postreras confesiones? Y todos aquellos viciosos, consentidos, corruptos y ahítos de gula que difamé en mis versos, ¿no eran merecedores de ello? ¿No quiere el codicioso adulación?, ¿no desea el impío comprar la vida eterna? Pues en mi pluma tuvo inmortal censura, que de no ser por mi crítica la memoria de su avaricia pasara por el mundo como el viento. Diles al cabo lo que pedían. ¿De qué me acusan? ¿De quien necesito la absolución para que me abrace la muerte digna que se me niega? ¿A quién aún agravio, quién puede darle fin a mi deshora?

En el fragor de mi discurso íntimo se había destemplado el tono de mi voz, que ya era grita, y al hacerse el silencio pude oír mis ecos retumbando en las capillas. Estremecíme, pues creí oír mi propia queja desfigurada diciendo un nombre infausto, voto a los Cielos:

-Luis de Góngora, Luis de Góngora –decía el eco.

-Habla voz vagamunda del mismo demonio, voto a Dios, que es mi propia voz. ¡Qué desdicha! Lo oigo claro como el agua de un arroyo. A él injurié por invidia, por venganza, por mi honor, con pasión y sin vergüenza, a ese engreído ruin, biznieto bastardo de Apolo, nido de bujarrones, almorrana del Parnaso. ¡Maldito mil veces, Góngora!

-¡Mil veces Góngora! –decía el eco y era punzada para mis cansados oídos.

-En la noble Córdoba yace el muy cornudo, que murió privado de seso, desdichado, que por la boca se le fue el celebro en infamarme. ¿Perdón pedirle a don Luis, el muy puto? ¡Antes muerto! ¿Qué digo? Muerto vivo he de ser, penitente en este infierno antes que humillarme en tal medida.

Habíame clavado de hinojos y sollozaba como viuda en lecho de difunto, tal me veía vejado. Llegóse a mi lado el cura Zanca, llamado por mis bramidos, y compadecióse de mi aflicción.

-¿Está usted bien, que le oí gritar en su oración? ¿Tiene alguna culpa de la que dar cuentas ante Dios? Yo puedo confesarle si desea.

-No ante Dios, bien lo sabe el cielo, dómine –dije, prudente-, sino ante un hombre bajo y mezquino al que ofendí a trochimochi, enloquecido de ira, podrido de vanidad y enardecido por su vileza, y agora veo lúcido que por ello estoy penando. Tarde es para el arrepentimiento, pues si no puse en su hora la otra mejilla, Christo ya está vendido y Judas ahorcado.

-No, hijo, no es tarde nunca para pedir perdón –dijo el generoso Zanca-. Búscale y pídele perdón, hombre.

-Tarde llegamos –dije.

-¿Está muerto? –quiso saber.

-Y bien muerto –dije.

-Entonces sólo puedes responder ante Dios, hijo.

-¡Qué demonios! Muerto está, mas no para largo, voto a Santiago. ¿No desperté yo a los ruegos de Don Diego de Torres? ¿No me vomitó la Parca? ¡Pues ha de vomitar también a mis ruegos el desperdicio de su infame huesamenta! Válame que vamos a platicar cara a cara don Luis y yo, aunque le pese. ¡A Córdoba voy!

Resuelto estaba yo, volvíanme las fuerzas vislumbrada la raíz de mis males. Diome Zanca por orate una vez más, y hay que excusarle, que no es natural mi desdicha a los ojos de ningún hombre, muerto o vivo, por muy vivo que sea. Ante mi insistencia, indicóme unas señales para coger el ave a Córdoba. Insistí si no era ya uso ir a caballo, que acaso acudiérame el vértigo al cabalgar los cielos de La Mancha con un ave por montura. Viérame Quijote y ensartárame en su mohosa lanza. Juróme Zanca que esta ave iba por tierra y advertióme con pormenores cómo encontrar la estación donde paraba tal y pagar el viaje. Antes de marchar roguéle que se hiciese cargo de los huesos que se hallarían en la montaña de Príncipe Pío y les diese sepultura en el agujero que yo abriera ayer, dando así paz en mi anónimo lugar a Don Diego. Obligado, hice besamanos, reverencia, di las buenas de Dios y marché escaleras abajo, cojo y todo.

Habidas en cuenta las sabias recomendaciones del clérigo, hice señas a un taxi, que es tal coche con banda de gules en el flanco, el lema taxi en capotillo y un hacha verde encendida. Paróse y díjele que quería ser guiado a la estación del ave, que no tenía fe en llegarme por mi propio pie. Hubo de apearse el cochero impaciente a abrirme la puerta, renegando como un condenado, visto que yo no valía para acertar con el uso del picaporte. Calvo era como puchero vuelto y malcarado a porfía, pues su cara era la crucifixión misma: la tez de palo seco, los ojos clavos, que parecían apostados en las cuencas a martillazos, la nariz colgada y machimuerta, la boca trapillo de calzón desbaratado que cubría la vergüenza de sus dientes, corona de espinas por lo retorcidos, un chirlo en el costado de la mejilla por llaga, el calvario en el gesto y por INRI llevaba un par de cuernos a buen seguro. Iba este taxi con ligereza, bramando en cada punto, deteniéndose acá y allá con otros coches muy bien ordenados, arreando todos luego a bulto, como borregos en manada. Vide yo desde este taxi la villa nocturna, muy bien iluminada de candiles acá y allá. Agucé el oído y no alcancé a oír grillos ni lechuzas, pues de seguro ya no cantaban en la certeza de que siempre era de día. Hízose el viaje corto, arrebatado como estaba por la visión de tanta ostentación de relumbres y destellos. Pagué al crucifijo humano lo que me dijo, que bien lo señalaba una cajilla repiqueteante que hacía de ábaco y mostraba los montos. Sacóme de allá y fuime, obedeciendo los avisos que me saludaban con AVE, instruyéndome de unos y otros gentiles, y pasé por un tinglado que me dijeron era túmulo a casi dos cientos de vecinos que habían asesinado vilmente ha poco unos adoradores del zancajo de Mahoma y del alcorán, que se llaman terroristas, como dije, por ser la peste negra de estos días.

-¡Válame Dios –dije, santígüeme y descubríme-, ardan en los rigores del Hades los infieles autores de tal atrocidad! ¡Por Santiago, hiciérales por la hoja de mi espada captivos en galeras y allá como escarmiento cebárales de tocino a palo seco y zurrapas de mal vino!

Al cabo se acalló mi reavivada indignación por la cobardía y la brutalidad deste mundo moderno, negocié en un torno mi derecho de viajar y me dijeron que guardara unos pliegos que me daban y abordara con ellos antes de las diez y cincuenta y cinco. Yo, que no supe contar nunca las horas por cincuentenas, fui apriesa a la caza del AVE, que no era tal, pues alas no tenía, sino que lo vide como una suerte de gusano o de sierpe enorme, a guisa del metro que antes sufrí a mi pesar. Temeroso iba de hacer viaje a Córdoba, que sin dudar habría de demorar varias jornadas, mal asido a una vara y estrujado entre ciento pasajeros, como era usanza en este metro, mas por fortuna no hubo tal cosa. Subí a ello, me mostraron mi asiento y en él fueron bien recibidas mis ancianas ancas, tal que no me arrancara nadie de él ni a garrotazos.

Arrearon pronto a esta cosa y movióse, aunque por lo callado se hacía la ilusión de que era más bien el mundo por de fuera que se movía y los viajeros éramos quietos viendo todo pasar por las ventanas. Pasó uno que yo creí mercader, mas no lo era, sino despensero, pues iba regalando a todos unas cintas, como las de atar el zapato, que la gente se alojaba en las orejas por un cabo más grueso. Hice yo lo mesmo sin conocimiento dello, obediente del refrán “donde fueres haz lo que vieres”, mas no le encontré gusto ni disgusto. Conmigo iban una niña carihermosa royendo no sé qué escamas de pan duro que sacaba de una talega bigotuda que decía algo como Pringues; una dama morena de escote ambicioso, acaso empreñada, que bien ciñera un cencerro, quien me solicitó la hora cual si yo fuera un oráculo, y hube de contestarla que mas de las cincuenta por mis cuentas, de seguro; y al fin un caballero desgreñado, vestido en mangas cortas y mal barbado, que por la indumentaria era de la Orden de Nike, acaso paganos sicarios de una Minerva alada, y que iba comiéndose un libro con el ojo diestro y el escote de la dama con el siniestro. Agora y luego platicaban con terceros con este artefacto piador omnipresente que llaman móvil, a pesar de que yo nunca lo vide moverse. Aburrido desto, quise dar cabezada para afrontar tan largo viaje y no hube entornado un ojo cuando dijeron que estábamos en Ciudad Real.

-¡Jesús, no es posible! ¡Esta ave vuela asaz!

En otro guiño paró en Córdoba y yo, incrédulo y todo, salté lo más apresurado que pude en cuanto abrió puertas bufando, temiendo que echara a volar a Sevilla, donde me dijeron hacía destino. Partió por unos pasillos de acero sin remontar el vuelo ni poner güevo ni perder pluma. ¡Cuántas maravillas has aún de veer, Quevedo!

.../...


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el siguiente capítulo promete muy mucho!!!
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vALE, PERO HAY ALGUIEN MAS MAS MAS ....MAS
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Atarip!!!

que nos tienes en ascuas, y el hilo se pierde....
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Arriba.
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XIX. DE LA BROMA DE DON LUIS Y EL FINAL DE ESTE SUEÑO

Obscura era la noche y grande el desamparo al pisar suelo cordobés, mas en juicioso lance di en hacer míos los pasos del batallón de viajeros, pues advertí que todos seguían un mesmo camino. Así hice hasta que se dispersaron, cada mochuelo a su olivo, y quedé yo en un desmochuelado paseo, guarnecido de algunos faroles y cuatro matojos. No era esta ciudad muy dispar a la de Madrid, salvo en la altura de los edificios, que era menos, mas no vide signo que me valiere. Anduve pocos pasos y di de narices con un paisano que llevaba un perrillo de falda, enjaezado en un cordel. El canino se afanaba en apostar cacas en el paso, y esto le entretuvo, tal que yo avecineme sin intimidar al amo e hice indagaciones, luego de encarar un par de ladridos.

-Disculpe v. m. mi atrevimiento, le ruego. Llego de la Corte y, como ajeno, no sé el camino a la santa catedral, o a los alcázares, o acaso al río, que me sirviera de seña. ¿Quedo lejos?

-Siga, siga de frente, como veinte minutos –me dijo, y por el deje supe que en Córdoba estaba, que no había mudado el tiempo acá el hablar de sus gentes-. O media hora –dijo el truhán con sorna al veer que con un cojo hablaba.

-Dios le guarde, y entre tanto guárdese v. m. Del estiércol que va sembrando –y fuime, ocupado en no pisar los cagajones, fruto templado del tal perruno vientre y de otros que fueron antes.

Largo fue el camino hasta que vide con gran júbilo para mi apaleada alma una iglesia que a fe mía mostrara uno de los paños tal como se viera en mis tiempos, y de ahí comencé a correr callejas, corrales y plazuelas que con otra guarnición pasaran por las de mis días. No cabía en mí el gozo ¿Quién tal pensara, que por unos lugares pasa el tiempo y no así por otros? Viéndome en tal escenario, silencioso como era a tal hora de la noche, entré en grita.

-¡Góngora! ¡Comparece, bellaco miserable, que traigo cuentas contigo y ya hacen monto!

A estos gritos respondió con gran jolgorio uno que iba alegre de vino, y pregúntele yo por la tumba de don Luis de Góngora. No supo éste que tal hubiera, mas con la linda tajada que se trujía tampoco supiera de cierto si parióle su madre. No fue éste el último, pues pregunté a todos los malnochadores que vide, que fueron decenas y quien no hacía burla dello se hacía el loco. Encontré al sereno una dueña, revieja carantamaulas, pasada cual orejón, su cuna y la de Matusalem ras con ras, más fea que desfile de mandrágulas y cocodrilos, más arrugada que gañote de ahorcado, la quijada huérfana de dientes, la nariz haciendo tijera con ella, los dedos tarascas de huesa, por ademán un rictus y por sonriso un réquiem. Vendía en un chaflán tocinos embuchados en mendrugos de pan y a mi averiguación dijo que acaso en la mezquita, y acaso ello lo recordara de propria vivencia de puro vieja. Reíme yo de que fuera Góngora enterrado en campo de Mahoma cual perro infiel, mas ha de ser agora como en mi tiempo esta mezquita basílica cristiana. Fui y halléla, tal como la vide en mi siglo, acaso más ajados los portones, cerrados por los cuatro flancos, tanto el que miraba a Meca como el que le daba el culo. Grité otros tantos góngoras y no llegó nadie, tal que hice voto de apostarme en los umbrales hasta la amanecida, confiando que vinieren los sacristanes a abrir a maitines. Dormido quedé en un peldaño, cual buscón harto de bota. Ya era poca cualquiera humillación tras lo que soportaba a mis espaldas en este día.

Despertóme la aurora y vide que no estaba solo, que me asediaban pichones y palomos. Espánteles y volaron, aunque de buena gana hubiera hecho presa alguno convidándolo a mi desayuno. A falta dello entré en un palacio que hacía las veces de posada, busqué las necesarias, señaladas como servicios, por el buen servicio que hacen al que se ha acuclillar y darse a pujos, y allá cabalgué una letrina de asiento, orinal descomunal con tapadero, aliviándoseme el vientre con grandes relinchos de las nalgas, lo que dio buen puchero de cámaras, meconio de los siglos. Luego de ciertas maniobras y evoluciones que hube de hacer para no desportillarme el carajo con el tapadero, que era de dos piezas, límpieme lo sucio con un ovillo sin fin de pliego muy oportuno que hallé allá mesmo, ataquéme las calzas y huí apriesa, pues era grande el hedor de la churre que dejé allá untada. Aliviado desto apostéme en una mesa bien guarnecida de las que hallé en el patio y regalé al buche pan con aceite, a falta de manteca, y uno de estos cafés, que es como beber brea, por lo negro, caliente y amargo. Había otras frioleras y enjuagues dispuestos, mas no vide morcillas, ni perdices ni gallinas, ni cosa apetecible ninguna. Pagué en moneda al posadero, con esas piezas tan curiosas que son por el canto de oro y por el principal de plata o lo opuesto, y di por comido a mi triste estómago, que apenas había barrido aún de él las telarañas de tantos siglos.

Salí a la brisa mañanera, llegándome hasta el río de peregrino caudal. Alivió mi alma reseca la visión del agua en su discurso eterno ante la nobleza de esos muros y ablandóse a tal punto la ruindad de mi mumificado corazón que llegué a abrazar la idea de pedir perdón a Góngora. Bien visto, nada que perder en el lace había, pues bien podía salir yo salvado y él verse muerto en vida, que sólo a tal protobastardo se lo deseo por la tirria que le debo, o bien quedaría yo como estaba, desenterrado y escarmentado, y él enterado de que ni muerto le he de dejar tranquilo. Recordé las palabras de la postrera hora de Diego de Torres sobre las aguas del río que habían de llevar las almas al perpetuo descanso y vide en este Gualdalquivir cien Nilos, haciendo de los califas faraones y viendo ya mi espíritu pasajero de su paz, escoltado por blanquísimas garzas rumbo hacia el majestuoso impero del sol poniente.

Desengañóme destas ilusiones el sol de la mañana, clamando a la vida tan contrario a mi anhelo, que ya me quemaba la frente y la nasal. Atrasé mis pasos a la catedral mora y hallé la puerta abierta al fin, tal que entréme en los patios, que guardaban naranjos bien ordenados, y allá vide con pasmo grandes multitudes de extranjeros, los más de las Indias Orientales, juzgando por lo desvaído de la tez, lo chato de las narices y lo sietedurmiente de sus ojos, como henchidos de legaña. Campaban ufanos por doquier mirando las cosas a través de unas arquillas, que acaso la rendija que abrían los párpados no daba para veer las cosas por sí. Con estas cajas, que son las camarillas de que me hablara Don Diego, se lanzaban centellas unos a otros, como por juego, pues en sabiendo que iba la centella a ellos, quedaban muy quietos, aguardándola con grande sonriso y expectación y, en saliendo ésta, hacían mucha fiesta dello.

Esclavos no eran, pues grillos y cadenas no llevaban. Piratas tampoco, pues iban mugeres y niños con ellos. Disimuléme entre ellos, que eran hordas, y parecían gente de paz, pues daban en sonreírme con la boca llena de dientes, que no les cabía ni uno más. Uno era jefe, pues hablaba en su babélica jerga dando muchas disposiciones y todos escuchaban, y les decía dónde debían marchar y dónde detenerse, y yo iba con ellos a rebaño, hasta que vime dentro del edificio y cánseme del juego. Estando ellos entretenidos en una capilla, el patrón hablando y los demás atentos tirándole centellas a un San Ciruelo y San Pito que hubiera, escabullíme con zorras artes y alejéme hasta verme perdido en la soledad del templo.

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