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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

XV. DE NUESTRO MÍSERO ALMUERZO Y LA NATURALEZA DE ALGUNAS COSAS MODERNAS.

En saliendo de este Museo, díjome Don Diego de Torres muchas otras cosas sobre el arte de los tiempos para mí futuros, e interesóme una tendencia que él mentó que llaman surrealismo por estar abajo de lo real, pues estos maestros no pintaban cosas de la realidad sino de los sueños. Y tal como yo fui escritor de sueños, que conté más realidades dormido que despierto, hube de confiar que fuera esto de mi agrado. Así es que vimos un par de cuadros con hormigas por doquier, pan duro, imágenes blandas y figuras obscenas de larga sombra, a modo de Jerónimo Bosco o aún más repugnante. Diome todo esto más espanto que los sueños del Dante, pues no eran estos los sueños decentes ni cabales de un hombre temeroso de Dios, sino acaso los de un lunático de mente apolillada. A mis juicios respondió Don Diego:

-Razón tienes, mi querido muerto, mas no es novedad que se tenga a los lunáticos por genios, pues esto ocurre desde antiguo.

-Mejor es esto –dije yo- a que se tenga a los genios por lunáticos. ¡Mas yo sólo he de admirar a los que me parezcan cabales, vive Christo!

-Pues ándate con ojo que, ya que lo mientes, bien se tuvo a Christo por lunático en su día.

-Demos pues por lunático a él y a todos los bautizados –dije con chiste- y celebrémoslo en alguna taberna, que ando más deshambrido que pícaro en cuaresma.

Salimos en esta conversación a la calle, o al infierno mismo, que yo digo, y nos adentramos por correderas y travesías estrechas para hacer marro a la grande borregada de coches y autobuses. Así, apartados de toda esa bulla, se hacía de menos el Madrid de mis días, con sus bestias atadas en los zaguanes, sus caballeros de espada guarnecida y calzón mal cosido, sus perros ladrones, sus dueñas maledicientes y las aguas sucias corriendo por doquier con su escolta de moscas. Tal fue el efecto que por primera vez sentíame desnudo sin mi capa.

-Vamos, amigo –dije para ahuyentar la añoranza- a aparar algo para el arca del pan, que es como llamaban a la barriga los galopines de mi siglo.

-Vamos pues, que aún no has visto nada. Te he de enseñar algo, pero me has de jurar que no me aborrecerás por mi mal gusto –dijo Don Diego.

-Lo juro, aunque me haces temer.

-No temas.

En esta intriga anduvimos un poco más, hasta una plaza muy grande y bulliciosa, que me dijeron la Puerta del Sol, mas apenas el sol era el que yo conocía, que el mío era límpido y no ahumado. Entramos en una taberna muy luminosa, que sólo se parecía a las de mis días en que había un mendigo a la puerta. Díjome Don Diego que eso era un engendro de la modernidad, uno de los peores, que se llamaba burguerquín o maldonas, que para el caso es lo mismo, y que las gentes plebeyas y no tanto suelen comer las viandas que dan en estos lares, y que se cuentan por millardas estas tabernas infames en el mundo y todas reparten la misma bazofia.

Seguimos una fila de gente, que estaban uno tras otro como si esperaran confesión, para llegar a un bufete donde estaban los taberneros y mesoneras, que eran varios e iban uniformados como de lacayos. Llegados a este sitio nos despachó una dellas, zagala de pocos abriles, leonina de catadura, con una perla en el flanco de la nariz que se diría moco desdeñado, el cabello enrubiado con lejías y sahumerios, tocada la testa de un gorrito bobo que todos lucían. A su solicitud contestó Don Diego que quería papas grandes, cervezas para dos comensales y dos hamburguesas. Al punto la joven mesonera hízole burla, repitiendo sus voces como beata que lanza plegarias al viento, y se fue a sus cosas.

-¡Me turba tanta insolencia –dije airado y corrido-, que no la vide ni en gorronas de burdel! ¿Acaso no le infligen respeto a esta servil mesonera las nobles canas de un anciano caballero?

-No te exaltes, mi amado y sabio amigo, que este es el respeto que se debe en estos tiempos, y no hay ofensa, que ella hablaba por ese micrófono con la cocina y así daba comanda de nuestras viandas.

Era este micrófono que decía Don Diego apenas un palitroque, que a un cuerdo jamás hubiera inspirado conversación ninguna. Púsonos al fin una escudilla de color bermejo en las narices y fue echando en ella todo lo pedido en un abrir y cerrar de ojos. Pagó Don Diego y fuimos, escudilla en mano, a una mesa pringada de salsones. Limpiamos lo manchado con unos pañizuelos que había y sentámosnos a meter el hocico en los manjares.

-Muy delicado no ha de ser el banquete –dije-, pues al punto que lo solicitamos lo cocinaron.

-Bien dices, Quevedo, pues esto es lo que llaman comida rápida. Tanto ha perdido el hombre la razón y el paladar en estos días que en lugar de disfrutar pausadamente de los placeres de la mesa, muchos ven la obligación de comer como una molestia mundana, y dan gusto al estómago sólo a regañadientes, despachándolo en un instante para que no les robe tiempo de seguir en sus asuntos.

-¡Grandísima estupidez –apunté-, que el hombre no coma por atender sus negocios! ¿Pues no son los negocios los que le dan el pan y la longaniza?

-Así es, sabio amigo, y en este círculo a toda prisa vive su sinvivir el hombre moderno.

-Mal me parece. Ríome yo de eso: siga siendo mi corazón antiguo y mi estómago dichoso. Veamos.

Abrimos con pulcritud los estuches que había en la escudilla. En uno, como un sobre, encontramos cuatro astillas de papa y en otro, mayor, estaba la tal hamburguesa, más envuelta que un rorro en pañales. Antojábaseme esta hamburguesa como un pastel de los de mis días, pues había entre mórbido pan un par de pamplinas y un ochavo de libra de carne majada, que igual podía ser de res que de reo, vacuna vieja que canina o gatuna. Puse las narices y no me llegó indicio de aroma ninguno, ni bueno ni malo. Puse la oreja y no le oí maullar. Embestí un bocado pues, mas no con arrebato, pues no daba para muchos y temía que en dos atacadas me quedase sin ello. Así hamburgueséme todas las fauces, y sentí que era esta bazofia más blanda de lo que quise creer, comida de viejas, y sentí que me sabía la carne a vinagre y di con un par de tropezones que acaso tuvieran aún vida. Al ensalivarlo se me ponía la lengua de perro, llamando a la arcada a voces. Viéndome disgustado, ofrecióme Don Diego la cerveza, y no fue más que asir el vaso en el ansia de ayudar el trago, que se me deshizo éste en las manos, pues el cristal era blando de puro falso y no hizo sostén a la fortaleza de mis dedos. Derramóse el líquido por mis ropajes, tal que apenas pude catarlo. Viéndome enojado, brindóme Don Diego de su vaso, asiéndolo él sin peligro, y así tragué el bocado inmundo. Y Dios me libre de repetir la hazaña.

-¡Válame el cielo, Quevedo! –dijo Don Diego, riéndose como un malandrín- ¿Acaso cató Sócrates la cicuta a quijada llena? ¿Y no ves que el vaso es de plástico?

-¡Válate a ti la broma el infierno, Don Diego, y allá te sirvan los diablos hamburguesas por arrobas en menaje de plástico, y sea comida tan rápida que no te dé tiempo a cagarla. Y cuando te pregunten qué pecado purgas, responde que el de marmitón de cabronadas.

Así fui refunfuñando un rato, hasta que pasó el enojo, pues bien había jurado no hacer bilis negra de lo que Don Diego me mostrase. Aplaquéme catando papas, que era cual mascar leña por lo insípido, hasta que Don Diego concibió el proyecto de echarles un adobo malsano que llaman quéchup, que se antoja sangre en cuajo por el aspecto, mas por sabor viene a ser como melaza en vinagre. Hice remilgos y quedé ayunando, mas no por piedad sino por asco.

-No he de hacer encomios de estos alimentos modernos –dijo Don Diego, que no dejó una miga de toda aquella inmundicia- mas uno se hace a las costumbres.

-Dios me libre. Si has de abandonarme, amigo muerto, espero me concedan tus dineros unos puercos para matanza, pues mala ventura son estos aciagos días para mi estómago.

-No temas, -dijo él-, que mis dineros te han de dar la matanza hecha a tu antojo en cualquier mercado, que son como los de tus días y aún mejores que lonjas y alhóndigas. Llaman a algunos supermercados e hipermercados y te digo que en verdad merecen el nombre, que es más de lo que soñó Salomón todo lo que se ofrece al que tiene dineros en estos tiempos.

Con estas esperanzas, ayunado empero, abandonamos este tal maldito maldonas, atravesando unas puertas que me trae sin cuidado fuesen de cristal o de plástico, pues en mi mente sólo cabía el anhelo de salir por ellas. Anduvimos otro poco por calles muy vistosas y atestadas de gentes, regalándonos la vista con los colores de los bazares y aún más con el pasar de las mugeres, que eran algunas dellas muy donosas y muchas dejaban desnudos los hombros y piernas, y las más jóvenes el vientre y la cintura, como para incitar al varón a lujuria. Mas prevínome Don Diego que esto era engañoso, que no osara tocamiento alguno ni quebranto si no quisiera tropezar con un cachete en la jeta, y que las leyes de cortejo y halagos a la hembra para conseguir sus favores seguían tan vigentes o más que en nuestros siglos.

En estas conversaciones estábamos cuando un pálpito del infierno, como si se le saliera el corazón a la tierra de sus entrañas, nos dio sobresalto. Era este sonido como de bombo y bombarda, muy acompasado, y se sentía como martillazo de fragua dentro de la cabeza. Catamos que de un coche venía este tambor faraónico y faltóme calle para huir.

-No temas –dijo Torres-, que música es lo que viene.

-¿Música? Los cuescos de Satanás hacen más regalo al oído en tono y armonía.

-Difunto amigo –me dijo-, has de saber que la música popular ha sufrido grandes mudanzas desde tus días. Esto es lo que bailan las gentes en salones que llaman discotecas, y si esto te parece ensordecedor, colige que no has oído en tu vida trueno ni cañonazo más rabioso que la música que esta gente baila. Pues has de saber que ya no hay jigas ni chaconas ni contrapasos, pues todo sigue el mismo compás, que es este bum bum que oyes y, para más novedad, te diré que no se baila en pareja, con lo cual has de dar por perdido tanto el arte que en ello hubiere como la pícara elegancia en el cortejo de la dama, y al cabo es más afín esta ceremonia a la que hacían los infelices primitivos en sus fiestas paganas.

-Me asombras –dije. ¿Es en verdad tan triste esta mudanza?

-Disculpa si exagero. No es tal la tristeza. Son los cánones del mundo moderno los que dictan estas modas. Pero has de saber que muchas hay a elegir, y no todo es orgía de diablos y afrenta a los sentidos, aunque sí he de decirte que todo viene escrito por los intereses de quienes perfilan el mercado. Lo que quiero decirte, muerto amigo, y seré breve, es que surge un músico, que los hay muy diversos, desde los cantautores, que son como los ciegos de tu siglo, hasta las estrellas del pop o del rock –interpreté yo estas apelaciones a la onomatopeya de los estacazos y rasgaduras que sonaban en tales fanfarrias-, que son tan célebres como los capones y rolandos de otros días, y cada cual vale tanto como vende, y éste es el vicio. Pues igual que un poeta vende sus libros, hoy los músicos venden sus murgas enlatadas, tal que quien lo compra puede oírlo en su casa mil veces si desea, con la misma claridad que lo cantaron, tal y como si tuviera la charanga en su alcoba.

-¡Jesús Christo! ¡No lo adivinara un zahorí! ¿Como por encantamiento?

-Tómalo así. Y te digo que es esto digno de averiguarse, pues ciertamente los músicos se valen de distintas artes, más diversas que esto que agora oyes. Tal es así que cada una tiene su historia, pues unos tañen guitarras, otros dulzainas, otros ingenios electrónicos, que pueden imitar cualquier sonido, y se considera que muchos de estos trovadores estridentes son los poetas de estos tiempos y cada cual tiene sus favoritos.

Yo no entendí mucho de estos prodigios, mas pude desprender destas palabras que ha descubierto el hombre cómo guardar los sonidos y las voces igual que se guardan los pensamientos en el lenguaje escrito. Parecióme esto atroz por lo increíble, mas aún me restaba algo más pasmoso por veer, pues pronto caté con mis proprios ojos cómo podían guardarse imágenes de cosas fabulosas y así lo contaré a quien siguiere leyendo.

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