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| VHF: Canal 77 |    | ![]() |
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#2
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(Travesía a Melilla - parte 2/3)
Seis nudos de media y ya nos han visitado varias veces los delfines. La tierra del continente europeo se desvanece por la popa y comenzamos a sortear el intenso tráfico de mercantes que, unos van hacia el estrecho de Gibraltar y otros vienen de él. --“¡Tráfico por estribor, tomar marcación y esperar! –Fue la consigna del capitán en aquellos momentos-- ¡Este nos pasa por la proa sin problemas. Este otro por la popa!” -- No tuvimos que maniobrar ante ningún mercante, aunque siempre estuvimos muy atentos a sus derrotas. A medida que nos adentramos en alta mar y se acercan las horas centrales del día, el viento del Este comienza a arreciar. Se cumple la previsión de encontrar áreas de fuerte marejada y el capitán, A.M., decidió enrollar unos metros la mayor (como coger rizos). Después decidió también enrollar unos metros de Génova. Los trapos impulsan al velero con solo 3 ó 4 grados de escora que no resultan incómodos. Después navegamos horas y horas sin ver un solo barco. Cuando comenzó a encabritarse un poco la mar enormes olas comenzaron su baile a nuestro alrededor. Las fuimos sorteando dándoles la aleta de babor, por lo que consideramos más oportuno dejar sin trabajo al piloto automático, que fue relevado por las manos en la rueda. Este velero dispone de dos ruedas gemelas. Vemos multitud de delfines surfear las olas. --¡Habrase visto bichos más juguetones!-- El mar es un espectáculo. Olas rompientes por doquier. Espumarajos de sal por todas partes. Algunas veces una ola más grande que las otras, nos rompe justo al tocar el casco y nos rocía de espuma. Nuestros trajes impermeables chorrean mediterráneo. Hace algo de frío pero no nos molesta. El día va avanzando y nosotros con él nos aproximamos a la costa africana. Seguimos sin ver un solo barco y casi de repente, como un enorme fantasma surgido de entre las olas, divisamos el perfil de la isla de Alborán. Hemos recorrido unas 45 millas desde Almerimar. La isla parece un enorme portaaviones. Yo estoy seguro que, en su día, será un lugar donde se construirá un Parador Nacional y un pequeño puerto desde donde saldrán embarcaciones que sacarán a los turistas a ver cetáceos, tan abundantes en estas aguas. Pero eso será en el futuro. Ahora solo se aprecia en el extremo Oeste de la isla un edificio de figura cuadrada coronado por la torre de un faro. El edificio es una pequeña construcción donde se alojan los militares que la custodian y ejercen nuestra soberanía. La isla bien podríamos recorrerla entera, de norte a sur y de este a oeste en un corto paseo, pues su reducido tamaño lo permite. Su longitud es de 605 metros por 265 de ancho. En total, una superficie de poco más de 71.000 metros cuadrados de roca horadada por el mar. Y lo más sorprendente es que además podríamos recorrer sus entrañas atravesando en barca la isla de punta a punta en un día de mar en calma por uno de sus canales subterráneos llamado "Cueva de las Morenas", denominada así por estar habitada en gran medida por este tipo de peces. Alborán cuenta con otras cuevas que la atraviesas e incluso con un pequeño lago subterráneo. Junto a la isla, al Este, encontramos un pequeño islote formado también por rocas volcánicas y denominado "Isla de Nubes". Continuamos viaje sin acercarnos a la isla, -la meteorología no es propicia-, mientras va cayendo la tarde y la mar se va tranquilizando poco a poco. Más delfines. Estos son pequeños. Juegan en la proa como si le echaran carreras al barco. Algunos saltan con inusitada fuerza y, ya en el aire, golpean con fuerza la superficie del mar, como si quisieran decirnos --¡¡Mira lo que sé hacer!!-- Apreciamos sus miradas desde el agua junto a la proa. Nos observan como nosotros a ellos. Se aprecia que los humanos no estamos muy lejos de ellos en el enorme árbol de la vida. Poco a poco hace acto de presencia la oscuridad y por fin aparecen entre la bruma, las montañas que constituyen el cabo Tres Forcas. A unos metros del barco vemos nadar los enormes lomos negros de otros animales marinos. Estos no vienen a jugar. Pensamos que pueden ser calderones aunque no estamos seguros pues, con la oscuridad reinante, ya no se ven bien. Entramos por la cara Este de la península del cabo Tres Forcas. Llamamos por radio a Puerto Noray en Melilla y nos contestan de inmediato, cosa que nos reconforta. No hay problema de atraque, nos esperan. La luz diurna ha caído y en la oscuridad apreciamos a otras embarcaciones, en su mayoría pequeñas barcas pesqueras alaüitas. De pronto aparecen unas potentes luces frente a nuestra derrota. Al principio nos asustamos, pero conforme nos acercábamos pudimos comprobar que era una barca pequeña con una potente luz de gas y un tipo tumbado dentro. Está pescando, seguramente calamares. Por fin entramos en el puerto de Melilla. En un momento dado, miramos hacia atrás y vemos asombrados como la enorme proa del ferry que une Melilla con la península la tenemos a menos de 30 metros. Hemos tenido suerte de que no nos haya pitado, que si lo hace, nos da un infarto del susto. Entramos en Puerto Noray, un refugio dentro de otro refugio. Nos dan atraque y nos tratan con mucha amabilidad. Son las 12 de la noche y nos vamos inmediatamente a cenar a uno de los muchos restaurantes que, como los demás bares de copas, se encuentra totalmente lleno. La juventud, y no juventud, de Melilla sabe disfrutar de la noche del fin de semana. A mi me parecía que estaban de feria. Conseguimos unir dos mesas y rodearlas de sillas suficientes para nuestra tripulación. Nos sentamos a la mesa cansados, salados, resecos por el viento y algo hambrientos. La mente llena de imágenes de olas. Olas y mar, mucho mar y delfines… Nos miramos y sonreímos con complicidad. Hemos llegado. Durante la cena, sazonada de sonrisas y bromas, cada uno de nosotros supo comentar los mejores momentos de la travesía. Algunas anécdotas quedarán eternas para nuestra biblioteca de recuerdos. No puedo aquí dejar reflejo de todas, pero no quiero dejar en el tintero la que narró M.R., la joven y guapa pareja de A.O. Nos confesó que era la primera vez que embarcaba en un velero, y que su mayor preocupación durante la travesía fue indagar por su cuenta intentando descubrir, dónde escondíamos la fregona, el cepillo de barrer y el tendedero para secar la ropa… ¡Qué ocurrencias! ¡Hay gente para todo! Día tercero. Sábado 1 de marzo. Habíamos dormido en el barco como lirones. A las 10:00 de la mañana desayunamos en tierra y nos dispusimos a recorrer Melilla. Visita a mil tiendas. Compra de regalos y especias. Recorrer el mercado donde compramos fruta fresca para avituallar el barco y curioseamos entre los puestos de pescado, que está a muy buen precio. Esta ciudad tiene un encanto especial, quizás por ser cabeza de puente de un continente a otro. A medio día comemos a base de cervecitas con tapas, reforzadas con algunas raciones. Si visitáis Melilla os aconsejo que pidáis una buena ración de coquinas a la marinera. Es un manjar exquisito. Además de que saben prepararlas muy bien, es que son de un paladar finísimo y de gran tamaño. Después un té moruno, con hierbabuena y mucho azúcar que nos reconforta. Sabia combinación propia de estas latitudes. Por la tarde subimos a la ciudad vieja, fortaleza testimonio de otros tiempos que se conserva como recién construida. Y los museos de armas. Y los aljibes de agua en previsión de asedios… Melilla guarda el encanto de la historia de España en tierras africanas. Inesperadamente nos encontramos con unos buenos amigos, Natacha y Javier. Tienen su puerto base en Almerimar, aunque son de Melilla y se les nota que la morriña les atrae continuamente. Tienen familia en esta ciudad. Nos enseñan su precioso barco velero y después nos llevan a cenar en un todo terreno, con el que dicen que han recorrido medio Marruecos. La conversación es amena. Han tenido experiencias que nos son muy interesantes. Con la promesa de que nos veremos dentro de unos días en Almerimar, nos despedimos, pues zarpamos de nuevo al día siguiente. Ellos y nosotros sabemos que volveremos a encontrarnos y a retomar los temas de conversación tan interesantes que nos describen las tierras marroquíes. Día cuarto. Domingo 2 de marzo. Potente desayuno antes de zarpar. Lo hacemos con cierta tristeza pues nos damos cuenta que quedan con muchas cosas sin ver y sin disfrutar de Melilla… Nos encantó su recinto antiguo amurallado sobre el mar. Los túneles del que fuera antiguo convento, con sus ventanucos de observación al mar. ¡Cuantos piratas desistieron de acercarse creyendo que tras ellos dormían las bocas de fuego de cañones y lombardas! También echaremos de menos su variada y marinera gastronomía. … pero así hay motivo (como si hiciera falta), para regresar a la primera ocasión que tengamos. Navegábamos y pusimos proa a la cara Oeste del cabo/península de Tres Forcas. Buscamos la cala de Tramontana pues nos habían contado que en la cala de al lado, más al Sur, te preparan un pollo a la moruna para chuparse los dedos. Llamamos a Javier por teléfono móvil para que nos dé la meteorología que saca de Internet. Es día de role de levante a poniente y se espera que el viento arrecie sobre las 12 UTC del día siguiente. Decidimos pasar el día bañándonos en la cala de Tramontana y partir rumbo directo al puerto de Málaga al atardecer. Vamos disfrutando de la espectacular vista de la costa marroquí. Pasamos entre el cabo y los islotes que hay a levante de éste. Luego el propio cabo. El paisaje es magnífico. En ciertos aspectos recuerda al de la costa del cabo de Gata. La mar está calmada y nos permite disfrutarlo. Tenemos cuidado con el bajo del Cuchillo, del que ya teníamos noticias y bordeamos poniendo rumbo Sur por la cara occidental del cabo. Vamos descubriendo calitas preciosas, hasta que llegamos a la grandiosa cala de Tramontana cuyo paisaje es sobrecogedor. Montañas desérticas la rodean y cercanas a la playa algunas dunas de arena que casi llegan al mar. No hay construcciones, pero no está desierta. En su orilla Norte algunos toscos embarcaderos para las pequeñas barcas de pesca de los locales. Hay otros barcos, un par de yates a motor que vienen de Melilla como nosotros. Fondeamos y nos damos un baño refrescante. J.E. se coge unas aletas, gafas y tubo y se va de reconocimiento. La cala siguiente a la de Tramontana, alberga una pequeña, muy pequeña aldea. Entramos en la cala por donde nos recomienda la pantalla del Reymarine y fondeamos. Entre nosotros se constituye un equipo que va a tierra a por el pollo a la moruna. Los elegidos cogen los pasaportes, y la radio VHF portátil y salen con la zodiac para la playa. Allí preguntan a un señor que ven tranquilamente sentado bajo una sombrilla y resulta ser de Melilla. Está allí todo el verano con su familia y les ofrece unas cervezas frías. Amabilidad y educación a raudales. Cuenta que podemos estar absolutamente tranquilos, que no hay delincuencia alguna. Indica donde hacen el pollo. J.E. y A.O. se acercan a encargar el pollo, mientras A.M., las medias naranjas y yo, nos quedamos a bordo tomando cerveza. La tasca donde preparan el pollo es del todo auténtica. Al principio del enorme mostrador el esqueleto de un descomunal bogavante te mira con ojos saltones, rodeado de caracolas que aún huelen a la vida marina que albergaron antaño. El dueño saluda cortésmente en español y saca varios pollos vivos para que J.E. y A.O. elijan los que mejor les plazca. El nativo dice que tardará una hora y cuarto en estar cocinados y que añadirá patatas fritas y ensalada. J.E. negocia el precio con el dueño que se da cuenta que le vá el regateo y pronto llegan a un acuerdo. Mientras esperan la preparación de los pollos, el marroquí les invita a té con hierbabuena. Nos informan por radio: --“Carpanta base, aquí carpanta en tierra, los pollos tardarán una hora y quince minutos y vamos a esperar tomando té”-- No se equivocó el dueño en el tiempo, y una hora y quince minutos después, estaban de nuevo a bordo con los pollos guisados, además de un tuper ware lleno de patatas fritas y otro con ensalada. Añadieron dos panes catetos y una bolsa con el contenido de un cubo de hielo picado. Todo por 15 euros. Nos zampamos el excelente manjar que constituía el pollo a la moruna, esto es, guisado con aceitunas, dátiles y ciruelas pasas. Acompañamos al pollo con dos botellas de vino tinto de Rioja. Alguno de nosotros resumió así el momento, al tiempo que levantaba su copa: --¡Vá por nuestras madres!! ¡¡Qué bien se vive en España!!-- Otro bañito corto y zarpamos hacia Málaga. |
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