Reconozco que me gustan todos los barcos, incluso más que el mar.
Cuando he salido a navegar en motora, superadas las primeras emociones de su velocidad sobre el agua y la sensación de un motor o motores potentes, empiezo a observar la racha, las olas, a imaginar cómo las negociaría un velero... y tengo la intuición de que me estoy perdiendo algo mejor.
Cuando en la conversación surgen inevitablemente los puntos de destino concretos a los que nos dirigimos, entonces ya tengo la seguridad de que estoy perdiendo el tiempo, de que lo ideal es que el punto de destino sea el propio mar, y que cuando te apetece te dejes caer en un lugar u otro sobre la marcha.
Tales reflexiones me llevan a deducir que, aunque siempre agradecido de que me inviten a salir a dar una vuelta en un tractor, mi propio barco, mientras el cuerpo aguante, será inevitablemente un velero.
Saludos cordiales
