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Antiguo 22-08-2013, 17:35
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Con motivo de la discusión de los rescates de Port de la Selva me he acordado de lo que le pasó a un amigo hace unos años. Será de lo último que escriba, pues marcho unos días de vacaciones y no quiero dar la brasa pues ya he escrito demasiado ultimamente (estoy de guardia). Bueno para no enrollarme mucho hago un copipegui del correo que me envió a los pocos días del suceso:

“Estimado scipio,

No sé si te habrás enterado del penoso accidente/incidente que he sufrido. Estaba fondeado en Cerdeña en una cala de la Madalena. Mi mujer estaba durmiendo en la bañera y mis hijas se bañaban en el mar junto al barco. En eso que me entra un ataque de sed de cultura y decido bajar a tierra para visitar la casa en la que el gran Garibaldi pasó el resto de sus días al mejor estilo Berslusconi (es decir, beneficiándose a todo aquello que no corría lo suficiente para escapar de su ansiedad sexual). Eran las dos de la tarde y soplaba una ligera brisa. Me calzo mis super sandalias keen new fashion con las que uno puede nadar y hacer senderismo y me bebo, nada menos, el almíbar de la lata de piña que habíamos comido de postres y que había guardado en la nevera. Pensé que era mejor que un aquarius y así, ahorrábamos recursos. Ya sabes lo pesado que me resulta ir cargando provisiones en el barco.

Me lanzo al mar y después de un rato llego a un embarcadero privado propiedad de un hotel. Enseguida me sale el vigilante echándome a gritos y diciendo que aquello solo era para los clientes del hotel. Sin hacerle caso me escapo corriendo por la playa hacia un caminito que subía la montaña de la Isola Caprera y que, según la carta náutica, me llevaría a la casa museo Garibaldi. La brisa había desaparecido por completo y el sol picaba de una manera impresionante. El calor era insoportable y a la vera del camino solo crecían pitas, chumberas y algún que otro algarrobo. Un poco más allá subiendo por la colina se veían algunos pinos bajo cuya sombra cantaban los grillos. El camino aquel parecía no acabarse nunca hasta que delante de un pino había el cartel que indicaba el camino hacia la casa de Garibaldi. Llevaba más de una hora caminando bajo el sol cuando detrás de una granja semiabandonada me entró un apretón monumental. El maldito almíbar de la piña, junto con el sol y la carrera que me había pegado me estaban pasando factura. Los retortijones cada vez eran más dolorosos. Primero pensé en pedir a los dueños de la granja si podía usar su lavabo pero por allí no había nadie y luego pensé que lo más fácil era despojarme de esa maldad que tenía en el vientre detrás del primer pino que encontrara. Pero no tuve tiempo de buscar ese pino y me tuve que conformar con la intimidad que puede dar la sombra de una pita. Después de vaciar entre los cantos del grillo y luchar contra abejas, moscas y otros insectos desagradables me levanto de golpe para subirme el bañador, conseguí andar unos metros a tropezones y delante de una roca abrupta sentí un mareo y luego un fuerte golpe en la cabeza.

Lo siguiente que recuerdo es la cara de un miembro de la guardia costera que me estaba echando agua por encima. Un tío delgaducho y feísimo. Según parece me había desmayado por el calor y al caer me había golpeado la cabeza con una piedra quedando inconsciente. Como ya eran las 8 de la tarde y no había llegado al barco mi mujer pidió auxilio a un barco italiano que también estaba fondeado en la cala Garibaldi y con cuyos tripulantes habíamos hablado el día anterior. En realidad les había ayudado a purgar el motor porque no les arrancaba. Estos, sin cortarse ni un pelo llamaron a la guardia costera. A su vez, la guardia costera llamó a la casa museo Garibaldi para preguntar si me habían visto por allí. Ese museo no está muy concurrido y aquella tarde no había ido nadie. La guardia costera decidió buscarme por el camino lógico hasta que me encontraron tirado junto a una roca. Tenía una herida superficial en la cabeza y me querían llevar al hospital. Yo me negué rotundamente y les pedí que me acompañaran al embarcadero. Solo quería ver a mi mujer, ella ya me cuidaría las heridas. La verdad es que también quería salir de allí muy rápido porque a los pocos metros había evacuado y me daba mucha vergüenza. Una vez en el barco, muy mujer me puso unas tiritas de aquellas especiales, me tomé un iboprufeno y dormí toda la noche.

Como ves, esto de la náutica es la ostia y a uno le puede pasar de todo.

Hala, un saludo a todos,

tu querido amigo *****”


salud y libertad

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esimbad (23-08-2013)
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