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Antiguo 03-05-2020, 23:31
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Predeterminado VII Menorca Reserva de la Biosfera. Mi experiencia en la regata.

Ahora que el confinamiento comienza a matizarse y somos muchos los que seguimos sin poder navegar (en mi caso, por tener el barco en distinta ciudad), hay más ganas de mar que nunca. Para ir entrando poco a poco en ambiente, aprovecho para compartir mi experiencia en la última Menorca Reserva de la Biosfera, celebrada entre Mataró (Barcelona) y Fornells en septiembre del año pasado.

Una parte del texto está extraído del artículo que publiqué en la revista “Náutica y Yate” poco después de la regata, si bien lo he completado ligeramente. Y el adverbio es amable, porque me ha salido un “tocho” de aquí te espero, así que aprovecho que parte de la taberna sigue en casa para conseguir que, favorecido por tan especiales circunstancias, alguien llegue a leerlo entero


De alguna manera, algunas regatas comienzan días antes de la señal de salida. Lo anterior se evidencia si hay inestabilidad en la meteo y las consultas a los partes son continuas, como ocurrió en en esta VII Regata Menorca Reserva de la Biosfera, repasando unos modelos que anunciaban una Tramontana establecida, que aumentaba progresivamente de intensidad a partir de cierto meridiano (3ºE, aproximadamente) y caía drásticamente a su oeste, con gran riesgo de encalmadas en las aguas más occidentales de la regata.

El Frescachón, como segundo barco más lento por rating de la flota (Ro-340), tenía un reto importante: conseguir ganar Este y encontrar la Tramontana antes de que el viento cayera, lo que, de suceder, nos rompería posibilidades y esquemas. Reto compartido, por lo que se vio a las pocas millas de la salida, con una flota que rápidamente se separaría en dos grupos: los que forzaban la ceñida en un rumbo casi directo -los más rápidos, como el Hydra, ganador de la última Copa del Rey- y otro grupo que, con rumbo algo más abierto, navegábamos buscando una Tramontana que todavía tardaría en llegar.

Separada en dos, la flota avanza ágil hacia Menorca, con un viento algo mayor del previsto y buen rumbo y velocidad; al atardecer, el viento se vuelve más errático, para ir cayendo y transformarse en encalmada hasta que, ya a medianoche, un chubasco de viento y agua irrumpe sobre una flota que se despereza entre rizos, juegos de luces y alguna orzada; esto permite al Frescachón alcanzar su mejor posición de toda la regata, navegando algunas millas rozando la cabeza de la flota. Poco después y, ya sin tregua, aparecerá la Tramontana, establecida en 20-25’ y que nos acompañará las más de 70 millas que todavía quedan hasta Menorca.

El Norte fresco despeja los sentidos y arranca las máximas prestaciones a la flota, que negocia un mar formado de tres metros con buenas planeadas y registros de velocidad. A bordo del Frescachón, que navega A2, a la noche se la engaña sin dormir, timoneando a mano e intentando no quemar unas energías que serán necesarias más tarde, tras una inesperada ronda de averías que inició, silenciosa, la rotura de uno de los pasamanos de babor. Al pasamanos le sigue el piloto automático y, poco antes del amanecer, un gualdrapeo anormal del primer tercio del pujamen del génova sería la primera señal de una rotura que, con las primeras luces del día, vemos que proviene del arraigo de la vela el enrollador.

Es temprano, comienza a clarear y, tras una noche por mi lado sin soltar el timón, y sin dormir más que media hora por el lado de Miguel Ángel, el cansancio lleva varias horas a bordo. Los primeros colores del amanecer, virados por el cielo y el viento a gris, desvelan un mar formado; más formado, como suele pasar en estos casos, de lo que uno espera por lo que le han ido anticipando las pocas luces de la noche. Miguel Ángel, además de cansado, ha pasado la noche algo mareado; tras una segunda ofrenda a Neptuno, se encuentra algo mejor pero, después de una noche sin dormir, las horas se notan.

Miro preocupado al génova; está claro que hay que ir a proa y arreglarlo. Ahora, yo no puedo soltar el timón, el mar está formado y no tengo claro si debo pedírselo a Miguel Ángel o no. Tras esperar unos quince minutos para ver cómo se va encontrando y tomar algo sólido, le explico qué haremos. Diez minutos más tarde, y gracias a su determinación, un aparejo provisional sustituye el grillete que había fallado y, poco después, estamos de nuevo haciendo un rumbo rápido a un largo, con más de la mitad de la flota por la popa y con planeadas que empiezan a ser continuas; una de las veces que Miguel Ángel baja a la mesa de cartas, me dice que ha visto una cifra superior a los 14 nudos en el GPS mientras planeábamos una ola; el plotter es nuevo y pienso si tendrá función de velocidad máxima, aunque, con la que hay montada arriba, en seguida paso a pensar en otras cosas.

No mucho después, tenemos ya a la vista Menorca. Seguimos defendiendo la posición y, con dos rizos en la mayor y todo el génova, el navegar del Frescachón es estable, o todo lo estable que da de sí la situación. La situación y el patrón, claro; y no necesariamente por ese orden. Porque, de vez en cuando, y alternándose con las planeadas, alguna orzada nos deja atravesados al mar y con la regala debajo del agua. El cansancio pasa factura. Aunque tal vez o, probablemente, sin cansancio tampoco habría conseguido evitar atravesarme en alguna de las ocasiones: sencillamente, no sé hacerlo mejor. A veces, la ola rompe y mete agua en la bañera; como la popa es parcialmente abierta, gran parte del agua desaparece rápido, aunque una pequeña parte siempre se queda y se nota, fría, en los pies. Pese a todo, con Menorca a la vista y una posición digna en la flota, el espíritu está alto y el humor, con una variabilidad propia de quienes llevan día y medio sin dormir, de vez en cuando roza una extraña euforia.

El Frescachón también debe de estar de buen humor; es el segundo barco más lento y pequeño de la flota y, pese a todo e ir A2 y sin piloto automático, vende caro el pellejo y sigue defendiendo su posición. En ese momento, claro está, no pienso en el humor del barco, sino en no romper nada en la siguiente trasluchada –el rumbo ¡teórico! a Fornells se acerca a la popa redonda-, y mi única conexión con el sentir del barco llega de forma abrupta cuando un golpe, que suena seco, indica que algo no va bien. No entiendo qué pasa, no entiendo qué hace la mayor portando tan mal, no entiendo qué *!#nes hace la parte delantera de la botavara suelta. El pinzote. Debe haberse ido el pinzote al carallo. No me creo que tengamos otra avería más. Hay que arriar mayor. No sé si podemos, con este mar y el génova en este estado, atravesarnos para conseguir aproarnos y tirarla abajo; no sé si podemos ni debemos, tras 30 horas sin dormir. El fantasma del abandono entra a bordo. Miro de reojo la radio. Miro la entrada a Fornells, a menos de 10 millas. Miro a Miguel Ángel. Me intento mirar, para pensar, a mí mismo, y no escucho prácticamente nada.

Pregunto a Miguel Ángel qué tal se encuentra. Miguel Ángel vale tres patrones; o cinco, si son como yo. Le explico que vamos a aproarnos, que va a tener que ir cazando génova mientras orzamos en un rumbo que nos va a hacer escorar; que la escora será mayor coincidiendo con el balance de las olas y que el viento aparente irá en aumento; y que, cuando haya subido del todo, deberá ir al palo y arriaremos la mayor. También que, una vez arriada, volverá a la bañera, volveremos a atravesarnos y, ya en un rumbo más razonable, deberá ir a inmovilizar, en la medida de lo posible, la botavara. Y lo conseguimos. En la maniobra nos ha adelantado un velero con el que llevábamos peleando toda la noche, pero ahí estamos. Sólo con el génova y su reparación de fortuna. Pero con Fornells a pocas millas por la proa, y todavía con una posición digna. El fantasma del abandono se ha ido por sotavento.

La siguiente hora pasa rápida, más que las dos trasluchadas. Y si, por lo general, las llegadas saben bien, no conozco regata con mejor sabor que ésta. Llegada bella por el entorno, único, de la bahía de Fornells; y llegada bella en lo deportivo, por las roladas y cambios de intensidad que anticipa cualquier entrada en una bahía acantilada y estrecha. En esta ocasión, con la Tramontana silbando en la jarcia y olas que aumentan su pendiente hasta estrellarse y, por segundos, volver blancos los acantilados que balizan la entrada a la bahía, la belleza del escenario es sobrecogedora. La situación obliga, en cualquier caso, a tirar la lírica por la borda, y emplearse a fondo en hacer una entrada en una bahía estrecha cuyo rumbo –no vaya a resultar todo demasiado fácil- coincide exactamente con el del viento.

A bordo del Frescachón, la euforia por la llegada próxima se matiza con los cálculos de entrada. De todos, recuerdo tener en mente dos. En primer lugar, el rumbo de entrada en la bahía, que apenas tiene unos 150 metros de ancho, es de popa redonda, y las últimas trasluchadas no nos han salido precisamente de libro. En segundo lugar, la línea final de llegada, bahía adentro, está en una zona de calado suficiente, pero éste cae según se avanza más en una bahía que, por sus campos de boyas, no está tampoco sobrada de espacio. Como no tenemos mayor -eso reduce nuestra capacidad de ceñida- y tenemos el enrollador tocado y unido al génova por un aparejo provisional, me preocupa no poder enrollar génova al cruzar la meta; esto, si no fuéramos capaces de arrancar el motor -y las baterías no están en su mejor momento-, nos llevaría hacia la zona de menos calado sin demasiadas opciones. Decido dar tres vueltas al génova; así las trasluchadas serán más sencillas y aprovechamos a probar qué tal responde el enrollador. Y realizo una llamada por radio, en la que anticipo los problemas que tenemos y que, debido a ellos, es posible que no podamos hacer más comunicaciones hasta cruzar la línea. Y aclaro que, por supuesto, continuamos en regata.

Media hora y alguna trasluchada más tarde, estamos bien entrados en la bahía y a punto de alcanzar la línea de llegada; es al cruzarla cuando, sin terminar de saborear el entusiasmo del momento, comenzamos a recoger génova y vemos que algo no va bien: el enrollador está bloqueado y, a la buena velocidad que nos da el viento fresco al largo, nos dirigimos a sotavento, hacia la zona de menor calado. A babor, tierra, la del islote de Sargantanas; a estribor, campos de boyas. Lo que queda de patrón repasa las alternativas que, rápido y mal, pensé unas millas atrás. Enrollado manual. Si no es suficiente, aproarse; o motor; o fondeo. Miguel Ángel ya está en proa enrollando a mano la vela, mientras una auxiliar del puerto nos indica que vamos a una zona sin fondo. Motor. No puede ser, pero sí, sí lo es. Tenemos la escota del génova en la hélice. Sin motor, sin mayor y sin posibilidad de enrollar ni trimar génova, seguimos en rumbo directo a donde no podemos ir. Desde la lancha nos piden que ciñamos (¿?...). El fondeo está preparado por si es necesario. Pero aceptamos la oferta de la lancha de lanzarles un cabo y que ellos lo intenten pasar a una boya. Nos quedan dos o tres brindis al sol, y éste va a ser el primero.


El Frescachón, semioculto por una ola mientras entra en la bahía de Fornells, a una milla de la llegada

Decía una canción que, cuando menos te lo esperas -y en ese momento esperábamos poco-, el diablo va y se pone de tu parte. Y el cabo es bien recibido por la auxiliar, la maniobra de orzar y aproarnos frente a la boya sale mejor de lo que esperábamos y, quince minutos más tarde, estamos fondeados en la boya y empapados tras un chapuzón, navaja en mano, con el que hemos sacado el cabo de la hélice. Tiene gracia que, tras veinte años como patrón, mi primer cabo propio en la hélice se haya producido en un momento tan puñeteramente oportuno. Tras revisar que todo está bien, solicitamos amarre en Fornells y, tras una travesía de cinco minutos mucho más tranquila que la anterior, el Frescachón está amarrado y, al fin, descansando en puerto.

El camarote está oscuro y, sin el reloj a mi alcance, no sé adivinar qué hora es. Por no demasiado tiempo, había pasado la medianoche, y llevábamos siete horas durmiendo tras habernos duchado y comido a conciencia en Fornells. Sí sé que al despertarme y, todavía desorientado, ver en el móvil la imagen con la clasificación, contesté, sin reparar en la hora que era, que mi posición estaba mal, que seguramente había un problema con mi rating. Me costó un día dejar de dudar y mentalizarme de que habíamos ganado la regata. Sí recuerdo que desperté a Miguel Ángel y, sin poder cenar por la hora que era, nos fuimos a celebrarlo junto a parte de la flota en el único local que, a esas horas, seguía abierto. Volvimos con el amanecer, con la sensación extraña de llevar sólo seis horas despiertos.

Al día siguiente vimos, esta vez desde tierra, la regata Port de Fornells –en la que no pudimos tomar parte, nos tocó reparar averías- y participé –ya en solitario, Miguel Ángel tenía que volar de vuelta por trabajo- en la cena y entrega de trofeos en el espectacular entorno del Castell de Sant Antoni. Allí cogí fuerzas en gran compañía para, terminada la cena, hacer la travesía de vuelta al puerto base; travesía que hice en solitario, saboreando la gran experiencia de los últimos días y dándola, al fin, por terminada.


No puedo finalizar este relato sin un agradecimiento honesto a tres personas. En primer lugar, a Miguel Ángel que, siendo una de sus primeras regatas, peleó hasta el final y fue quien, claramente, permitió que el Frescachón ganara la regata. Sin su continuo apoyo y determinación, probablemente me habría retirado, y el Frescachón habría pasado de la primera a la última posición. Así de claro.

En segundo lugar, a Josep Maria, por organizar algunas de las regatas más interesantes del Mediterráneo. Y no sólo por las regatas que organiza sino, sobre todo, por cómo las organiza, desde el más amplio de los sentidos. Si sin Miguel Ángel no hubiera ganado la regata, sin Josep Maria no la habría realizado.

Y, por último, a otra persona a la que no hay manera de citar porque no le gusta nada que le llamemos maestro. Hace diez años dije que, sin haber navegado nunca con él, es la persona de la que más he aprendido de vela. Hoy lo anterior sigue más vigente que nunca y, si sin Miguel Ángel no hubiera ganado la regata y sin JM no hubiera participado, sin él no habría hecho nada de lo anterior porque, probablemente, ni siquiera navegaría en mi propio barco. Lo anterior es poco relevante para el foro, pero deja de serlo en la certeza de que, más allá de mi situación particular, somos decenas de personas las que disfrutamos más de esta afición gracias a su conocimiento y, sobre todo, su gran generosidad y su arrolladora capacidad para contagiar su pasión por esta combinación de ciencia y arte en la que se mezclan la vela y el mar.

Brindo hoy a la salud de todos. Y, cómo no, a la de esta bendita taberna.

Editado por Avante en 09-05-2020 a las 12:30.
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