Del escrito de Mme. Pernoud creo deducir que el mito al que se refiere es el de la existencia de un cinturón de castidad
en el Museo de Cluny y no a que tales cinturones hayan existido o no.
Por lo demás, existen muchas maneras de evitar que el metal entre en contacto prolongado con la piel de la usuaria, pues no se trataba de llevar algo "bonito" sino algo que cumpliera con su función. Podía, por lo tanto, llevarse un camisón por debajo del cinturón e, incluso, suspender el artilugio de alguna especie de tirantes.
Dadas las características del arma potencialmente ofensora masculina y los condicionantes ergonómicos que su uso impone, la presencia de una lámina metálica "ante portas" dificultaría suficientemente la acción aunque el aparato fuese cuatro tallas más grande de lo que sería un moderno tapacoños del tipo tanga. Apoya esta afirmación la considerable traditio que, aunque no es fácil hallar documentación escrita, relata y sostiene sin lugar a dudas la ocurrencia de serias abrasiones causadas por bragas, aún de fino algodón egipcio, que por motivos de urgencias inaplazables fueron hechas a una banda en vez de deslizadas verticalmente y hacia abajo como la prudencia y el savoir vivre recomiendan.
