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Antiguo 11-06-2009, 21:46
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Predeterminado Re: XII Joan Guiu - 2009

¡Jolín! Me habéis hecho reir con algunos comentarios. Al fin y al cabo lo único que hice fue lo mismo que cualquiera que va y vuelve a las islas en solitario (sólo que tuve la desfachatez de hacerlo inscrito en una regata de purasangres).

Bueno. Sigo con el relato de la vuelta, que fue más interesante que la ida. Perdón por adelantado porque es mi primera tormenta y seguro que me enrollo como una persiana.

Bueno, el caso es que tres horas después de pasar la boya de Ciutadella seguía a media milla de ella. Sin viento, el único resultado de mi esfuerzo haciendo bordos luchando contra las olas era evitar que éstas me hicieran derivar a los acantilados. De haber estado lejos de la costa hubiera aprovechado para esperar durmiendo. Pero debajo de los acantilados no era plan pasar así la noche. Y esa calma tenía pinta de durar toda la noche. Así que, puse motor y "cap a casa!". Mala puntería la mía, porque en 15 minutos escasos se levantó un buen viento (como si fuera un potente garbí nocturno) y a la media hora íbamos a 6 nudos en rumbo directo a Barcelona.

Pero entonces, por la amura de estribor empecé a ver los resplandores de una tormenta eléctrica. Por la continuidad de los rayos (rachas de varios segundos seguidos de fuegos artificiales) tenía pinta de potente. ¡Qué miedo! Inmediatamente cogí dos rizos y enrollé el génova a un 100%, más o menos. Y pensando en los rayos, que creo que es lo único que me da miedo de verdad en el mar, preparé una "grab bag" con algo de comida, agua, un neopreno ligero, linterna, pilas para el GPS en un tapper, etc. (curiosamente, ni pensé en las bengalas); me puse la riñonera con la radiobaliza personal y la VHF portátil; y me vestí para la ocasión (forros polares, traje de aguas, botas, etc.). Intenté comer algo pero los nervios de ver cómo se acercaba el castillo de fuegos artificiales no me dejaban tragar nada. Por babor empezó otro espectáculo igual de luces de colores. Apunté al medio, confiando que las dos verbenas se mantuvieran separadas y no se juntaran precisamente sobre mi cabeza...

La noche espléndida de luna llena se volvió negra negra y los dos espectáculos de luces iban creciendo. Sobre las tres de la madrugada cayó el viento hasta una calma total. ¡Qué tensión! Yo cogía la caña esperando un bofetón que, efectivamente, llegó de repente. En unos 5 segundos pasamos de silencio y calma a un rugido furioso y la jarcia silbando como nunca la había oído. No sé decir la velocidad del viento. Una vez, antes de aprender a navegar, estuve de tripusol en una tormenta de gota fría con 40 nudos sostenidos y alguna racha de casi 50 (la de octubre de 2001 frente a Alicante en la que cayó un avión con varios espías americanos que iban o volvían de Argelia). Pero esto me pareció mucho, mucho, mucho, más viento. Aunque, sinceramente, no sabría decir. Supongo que el ir solo me hacía magnificarlo inconscientemente. Del primer bofetón el barco se puso casi plano. Como el viento superaba lo que yo había imaginado, reduje génova todavía más y la dejé en un trapillo. Miré la mayor planteándome si debía bajarla pero ni de coña estaba dispuesto a meterme en esa tarea salvo que se demostrara imprescindible.


Primero intenté mantener un rumbo abierto, pensando que sería más llevadero (aunque me llevaba directo al centro de la tormenta de estribor -la mayor-). Pero la caña iba durísima, cazada a tope a barlovento aguantándola con fuerza con las dos manos, y aun así no pude evitar varias orzadas.

Tras un par de minutos así, sin conseguir un rumbo estable, supuse que la causa de no poder controlar bien el rumbo era que hacía mal intentando ir de largo con menos génova que mayor, por muchos dos rizos que llevara, (esto lo tengo que preguntar al sínodo de sabios). Así que probé a un descuartelar. ¡Qué gustazo de repente! Había ya buenas olas (recuerdo una que me hizo sentir “a su sombra” y que cuando me tumbó exclamé "¡qué bestia!"). Pero, aun con todo ese zarandeo, el barco iba como si eso fuera lo suyo. Era una delicia: con la mayor un pelín abierta y sus dos rizos y con el apoyo del génova, se notaba superestable, pasando olas estupendamente, con escoradas tremendas, pero con una sensación de seguridad absoluta. ¡Y ni un solo pantocazo! La caña a ratos iba suavemente con sólo una mano (supongo que la mayor algo abierta ayudaba, aunque no flameaba en absoluto). Me dio la sensación que la velocidad subía y bajaba muy bruscamente, pero no veía bien el GPS por los rociones. La adrenalina suplió la falta de descanso y comida y en cuanto sentí la seguridad que transmitía el barco iba canturreando con la sensación de poder llegar así a Barcelona la mar de a gusto. Encima, con este rumbo más aproado apuntaba justo al hueco entre las dos tormentas, cada vez más cercanas (ahora los rayos se veían a uno y otro lado con sus ramificaciones cayendo al agua, a unas dos millas la de estribor, y unas tres la de babor –lo digo totalmente a ojo-), pero cada vez más al través, lo cual me tranquilizaba con la esperanza de conseguir dejarlas atrás. Recuerdo que intenté mirar el maretón a mi alrededor y sólo veía crestas de olas rompiendo que me parecían enormes; y me llamó la atención lo agresivo que sonaban algunas de ellas (como si fuera el rugido de una fiera). Me imaginé con tripulación a bordo y pensé en lo absurdo que alguien no se ate a la línea de seguridad en esas condiciones. Miré atrás para hacerme una idea de qué vería en caso de perder a uno por la borda y era evidente que en 2 segundos dejaría de verlo para siempre. Unos minutos antes de las cuatro de la madrugada empezó a amainar y a las cuatro –casi una hora después del bofetón inicial- todo se había calmado y volvíamos a ir un par de nudos o poco más. ¡Qué pena! ¡Con lo bien que iba el barco en medio de ese carajal una vez le había encontrado el rumbo y trimado correcto!

Entonces vi por popa una tercera tormenta eléctrica, que abarcaba un arco de 90º acercándose con las típicas cortinas de agua y rayos sin parar. Puse motor para dejarla atrás y durante casi una hora conseguí mantener la distancia. De repente, recién amanecido, miré atrás para vigilarla y se había disipado por completo. Y el cielo, todavía nublado, se veía sereno en todo el horizonte.

A partir de ahí, el domingo fue muy tranquilo. Pude haber puesto el spi a mediodía y hubiera aguantado bien toda la tarde a 4, 5 o 6 nudos en lugar de los 2, 3, 4 a los que andaba, pero estaba reventado, y con el codo resentido no me atreví. Los cambios habían sido tan repentinos las últimas 24 horas que, a pesar de que el ambiente anticiclónico iba afianzándose y se notaba que se habían acabado los marrones, no podía permitirme ni pensar tener que bajar el spi con prisas. Así que seguí tranquilo y despacito, durmiendo lo que podía, poniendo el motor cuando el viento caía demasiado, para acabar llegando al Náutic a las 2 de la madrugada del lunes, muy cansado, pero un poco más marino que a la salida.

Mis dos lecciones sobre el breve pero intenso temporal: por un lado, quiero comentar con los “sabios del lugar” mis impresiones sobre lo que hice bien y mal con los rumbos y el plano vélico. Y, por otro lado, el gustazo de que el carajal te coja con los deberes hechos y esperándolo: rizos cogidos, génova enrollada, vestido adecuadamente, comida preparada a mano, medidas de seguridad ya dispuestas por si lo peor, etc. (línea de vida ni la menciono porque ya va puesta incluso el 80% del tiempo de las calmas). No quiero ni pensar el mal rato que habría pasado si los rayos no me hubieran avisado desde lejos y me hubiera pillado desprevenido esa brutalidad. Estoy seguro que eso me hubiera machacado 10 o 15 minutos teniendo que salir a cubierta a tomar rizos en esas condiciones, quizá mal vestido, y seguramente eso me hubiera condicionado el resto del tiempo y no me hubiera dejado “disfrutarlo”.

Y ahora miro atrás lo que he leído y me vuelve a salir: "¡qué bestia! ¡menudo rollazo!”.

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3 Cofrades agradecieron a Vint-i-set este mensaje:
Jadarvi (12-06-2009), maka (12-06-2009), Txema (11-06-2009)
 

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