Cita:
Originalmente publicado por Haize Alde
Hace 20 años, en un viaje a Holanda –de imborrable recuerdo- con mi mujer y mi hija de 5 años, fuimos al museo Van Gogh en Ámsterdam, recuerdo que estábamos ya en la puerta antes de que abrieran, y mi mujer que es una enamorada de la pintura en general y de Van Gogh en particular se olvidó hasta de que tenía familia. Sobre las 2 de la tarde, después de verse varias veces las tres plantas dedicadas al pintor, logré arrancarla de las salas e ir al bar-restaurante –o algo así- a comer algo. En la entrada, a la izquierda había dos grifos de cerveza, autoservicio, como el resto de las salchichas, pasteles, salchichas, pasteles, salchichas, salchichas, …, salchichas, huevos y poco más.
Después de más de 4 horas entreteniendo a la niña, con una sed y un hambre de lobo, tomé una jarra para cerveza, de esas enormes y EMPUJANDO el émbolo me dispuse a llenarla; mi sorpresa fue mayúscula porque sólo salió espuma; aparté la jarra, tomé otra y repetí la operación con el mismo resultado. Allí no había más que una cajera –a lo lejos- así que decidí repetir la operación porque me temía que el barril estaba recién puesto y todo era cuestión de insistir.
Llevaba ya unas 15 jarras llenas de espuma y me dispuse a trasvasar lo licuado como mal menor a una de ellas y conseguir al menos una en condiciones cuando desde una mesa cercana, se levantó un señor muy pausado, cogió una jarra y TIRÓ del émbolo, saliendo un hermoso chorro rubio, rematando la faena con un pequeño EMPUJONCITO para sacar la espuma final y me ofreció la jarra amablemente.
Las carcajadas de mi mujer todavía resuenan en mis oídos y echando una mirada alrededor pude ver las risas contenidas educadamente del personal, así que lo más discretamente que pude teniendo en cuenta que yo estaba en pie y los demás sentados, deseando que me tragase la tierra, escancié otra cerveza para mi mujer y la llevé a la mesa esperando no tener que pagar todas las jarras. Como mi mujer no paraba de reirse, mi hija me pregunto: papá ¿qué le pasa a mamá?; le respondí muy serio: acaba de descubrir que tu padre es tonto, a lo que mi hija con un morrito fruncido contestó; papá, tú no eres tonto ¿verdad? Y en ese momento no sabía si abrazar a mi hija o asesinar a mi mujer. Seguimos casados.
Después, llenamos las bandejas con las salchichas, salchichas, salchichas, huevo y pastelitos y ante la mirada atónita de la gente –que a esas horas comía una salchicha, un pastelito y un café- nos dimos un atracón antes de continuar con la visita. La cerveza me supo a gloria.
Desde entonces a mi mujer cada vez que ve un Van Gogh le da un ataque de risa y de esto hace 20 años.
A mi el bochorno ya se me pasó pero las jarras llenas de espuma y la mirada misericordiosa del alma caritativa es como si las tuviese delante.
No odio la pintura de Van Gogh.
Unicamente pagué dos cervezas.

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Volví de Amsterdam la semana pasada. Y esta vez no me dio tiempo de ir a ver el museo de Van Gogh, pero si pudimos hacer una escapada al rijksmuseum, adonde estábamos impacientes por ver, secundariamente, la "guardia nocturna" restaurada y limpia (¡¡!!), y principalmente, la sala dedicada a Vemeer.
Sabíamos que, a pesar de la interminable obra de reconstrucción de los edificios del museo, habían habilitado una sala para ello...
Todo Vemeer (menos uno) se habia ido "de gira" por otros museos
De todas formas, recuerdo que en el Van Gogh habían obras muy curiosas y que fácilmente podían pasar desapercibidas o no ser atribuidas al autor.
En especial, unos paneles, entre pintura japonesa y art deco, que podrían, perfectamente, haberse pasado años tapando un agujero en un gallinero
(¿Otra

, Haize Alde

)
...Quién esté libre de pasado con extrañas máquinas cerveceras, que tire la primera piedra...
