La cortesía marinera es un bien escaso, pero las estadísticas caseras cantan. No hay más que pasarse una mañana en la bocana de un puerto o en una playa para comprobar quiénes se toman más libertades a la hora de maniobrar con ligereza, derrapes acuáticos incluidos. En los fondeaderos igual. Coincido con “wokr”, tiene que ver con la imagen que se vende de uno mismo y la naturaleza de los barcos: un velero puede molestar por la tozudez de su patrón en no querer perder un bordo, de acuerdo, pero a una embarcación a motor un ligero cambio de rumbo le supone muy poca molestia. Una motora a poca velocidad, admitámoslo, es un barco “capado”, así que toca exhibir motores y, de paso, modales. No todos los patrones, por supuesto, aunque sí una mayoría ruidosa que es la que hace escuela. Somos así y así nos ven los foráneos. En el agua, en los parkings, en los bares o en cualquier otra parte donde la educación, es un decir, tenga que brillar.
